Redactando el otro día estas líneas sobre Carmen Laforet recordé mis lecturas universitarias. Y eso me llevó a mi años universitarios. Y eso me llevó a mis noches universitarias, y a un garito que solía frecuentar entresemana. Como, total, casi nadie salía, ya no importaba a quién te ibas a encontrar sino detalles que un viernes o un sábado eran irrelevantes: el horario de cierre, el precio y calidad de las copas… y la música.

 

Aquel pub tenía paredes negras, y un pequeño escenario con algunos instrumentos musicales y un micrófono. En la madrugada de un martes o cuando fuera, algún cliente pedía una canción al dueño del sitio -el dueño se encargaba también de tocar el teclado- y se arrancaban los dos. Y podía sonar algo como “Cucurrucucú paloma”, o “Un beso y una flor”, o “María la portuguesa”. Pero yo recuerdo, sobre todo, “Por la blanda arena que lame el mar su pequeña huella no vuelve más. Un sendero solo de pena y silencio llegó hasta el agua profunda”. Y  Alfonsina se iba con su soledad a buscar poemas nuevos, y no volvía.

 

Yo no sabía entonces quién ponía voz a esa canción cuando no era un cliente achispado del pub, ni sabía tampoco quién la había compuesto, ni quién era la tal Alfonsina. Pero me gustaba muchísimo esa canción, y anda que no la habré cantado veces, con la voz ronca de tabaco porque entonces, claro, en los bares se fumaba y en aquel concretamente se fumaba mucho. Luego descubrí que la cantaba Mercedes Sosa y que Alfonsina era una escritora argentina que se apellidaba Storni. Tantísimos años después confieso que no sabía mucho más, pero al recordar esos años y esas noches y ese pub, he decidido ponerle remedio. 

 

Para este artículo he buscado más datos. El primero, en la frente: para su suicidio anunciado, más que avanzar descalza por un sendero lento y horizontal, un adentrarse poco a poco en el agua, Alfonsina Storni se arrojó desde la escollera del Club Argentino de Mujeres en una noche tormentosa. Se dejó un zapato enganchado en un hierro. La verdad, me gusta mucho más la versión cantada, la que compusieron Ariel Ramírez y Félix César Luna. 

 

Según algunas biografías nació en una aldea cerca de Lugano, Suiza; pero otra versión que también me gusta más es la que dice que fue en alta mar, a bordo de un barco. Esa es la que prefiero creerme. Entre esos dos momentos, salir del mar y volver al mar, Alfonsina fue actriz, maestra, feminista, madre soltera, paciente de cáncer, cantante de tangos y una maravillosa poeta.

 

He leído poemas sueltos por aquí y por allá, pero de este mes no pasa que me haga con un libro suyo. Me ha llamado la atención “Alfonsina Storni, poesía completa” (Editorial Losada) porque en la cubierta ella sonríe. Sonríe como si supiera que después de la angustia -las penas mudas y los dolores viejos-, cinco sirenas la llevarían por caminos de algas y coral, y que caballos marinos fosforescentes y otros habitantes del agua jugarían a su lado. Y me gusta pensar que así ocurrió.