En 2015 se estrenaba en Estados Unidos la película La chica danesa, dirigida por Tom Hooper, basada en la historia de Lili Elbe (Dinamarca, 1882). El nombre de nacimiento de Elbe era Einar Wegener y se casó con una compañera de la Escuela de Arte de Copenhague cuando contaba con 22 años. El matrimonio trabajaba como ilustradores y parece ser que mientras Wegener posaba, ataviada con ropas de mujer en sustitución de una modelo, para su esposa, se percató de que se identificaba con la feminidad. Entre 1920 y 1930, viviría como una mujer transgénero y posteriormente se sometería en Alemania a cinco intervenciones quirúrgicas de transición de sexo. En 1930 su matrimonio fue anulado por el rey de Dinamarca y Lili obtuvo legalmente el cambio de sexo y nombre. Falleció por una septicemia tras una de las operaciones en las que se le trataba de implantar un útero para ser madre. Parece ser que los médicos encontraron en su organismo vestigios de órganos sexuales masculinos y femeninos.

Durante la revolución de Mayo del 68 la pregunta asamblearia por excelencia era: ¿desde dónde hablas, camarada? Con ella se pretendía conocer la posición social de quien pedía la palabra y así legitimar o no su discurso.

Los credenciales, por tanto, de Abigail Shrier son los siguientes: mujer de origen judío perteneciente a la generación X, feminista, progresista y columnista de opinión del Wall Street Journal. El prólogo de la edición española corre a cargo de Soto Ivars, por si se necesitan más pistas.

Nada de esto ha impedido que ni ella ni su libro, Un daño irreversible, hayan sufrido los más furibundos ataques por parte del lobby trans. Por no mencionar los afortunadamente infructuosos intentos de censura y “cancelación”. 

 

 

El precoz y esclarecedor artículo de nuestra compañera Marisa de Toro en Revista Centinela da cuenta de ello.

Y no se entiende. O sí. Shrier no niega que exista la transexualidad y, como no podía ser de otra forma, no es “transfoba”. De hecho, a medida que se avanza en la lectura del libro, se entiende que las personas transexuales, muchas de ellas entrevistadas por la autora, están de acuerdo con lo expuesto. ¿El problema? El problema con el acoso y el sinsentido de coartar la libertad de expresión son los activistas radicales, valga la redundancia. El problema real, el relatado en Un daño irreparable, tiene muchos factores que actúan sinérgicamente.

El punto de partida es el siguiente: la disforia de género es un trastorno sufrido por menos del 0.01% de la población. Se define por la grave incomodidad que siente una persona respecto a su sexo biológico. Generalmente, aparece durante los primeros 2 – 4 años de vida y afecta a los chicos casi en exclusiva. ¿Puede haber excepciones? Claro. ¿Es lógico que en la década pasada se cuadriplicara la cifra de mujeres que solicitaran cirugía de género, que ocurriera en adolescentes, en lugar de en niñas, que nunca antes habían mostrado disforia, y que en grupos de amigas hubiera varias que “salían del armario” como trans? Epidemiológicamente es un cambio demográfico notable que en ningún caso se explica por razones como que “la sociedad es más tolerante” (además del caso expuesto de Lili Elbe, Shrier aporta el de Christine Jorgensen, ex soldado de la IIGM que se sometió a una cirugía de reasignación de sexo y recibió una cálida acogida mediática en los años 50). Valía la pena averiguarlo, y eso es lo que hace la periodista Shrier en esta obra. Durante la investigación, además, constató cómo toda disidencia del relato oficial, todo intento por mejorar la atención a las adolescentes y toda negativa a participar en prácticas médicas deontológicamente dudosas, eran reprimidas con el despido laboral del profesional que cuestionaba si lo que estaba ocurriendo no era un “contagio entre pares” potenciado por la administración y catalizado por las redes sociales.

Por hacer un resumen poco exhaustivo, lo que Abigail Shrier encuentra tras hablar con decenas de jóvenes afectadas, YouTubers, adultos transexuales, terapeutas de género, padres, cirujanos, educadores y activistas, es lo siguiente: Adolescentes que nunca habían manifestado disconformidad con el propio sexo, comienzan a pedir en los institutos que se cambie su nombre y su pronombre, a vestir como chicos y a fajarse el pecho. Las circunstancias que rodean a este fenómeno creciente son una larga exposición a redes sociales –y en particular una fascinación por los vídeos donde influencers transgénero explican detalladamente los pormenores de su vida-, patologías mentales previas (muchas sufrían trastornos como anorexia, depresión, ansiedad o se autolesionaban) y la facilidad con que las instituciones acceden –sin comunicarlo a los padres- a las peticiones de las chicas. Éstas van desde el cambio de nombre y pronombres en el ámbito académico hasta el acceso gratuito a la testosterona. Todos y cada uno de los centros oficiales escolares y sanitarios ha adoptado la llamada “terapia afirmativa”, que consiste en aceptar lo que el paciente dice que tiene. En la mayoría de los casos, se valida el autodiagnóstico en un par de visitas y, respondiendo a pocas preguntas en cuyas respuestas las adolescentes están convenientemente aleccionadas, se les extiende una receta para inyectarse testosterona. Si las chicas aún no han entrado en la pubertad, se les suministran bloqueadores hormonales. Ambos tratamientos tienen graves consecuencias en la salud de, no lo olvidemos, jóvenes que, en muchos casos, sólo creen que la transición de género aliviara un sufrimiento psicológico y social que puede tener otras causas pero que nadie se va a detener en averiguar.

Sin embargo, y como dice la autora, esto es solo el comienzo de un puzle. De un engranaje perfectamente engrasado en el que leyes y lobbies actúan sobre los más pequeños expulsando del mecanismo a padres y personal sanitario que no comulga con la praxis intervencionista sin la adecuada atención psicológica. 

En una reciente entrevista para El Español a la autora de Un daño irreversible, el periodista Jorge Raya comentaba que, en ocasiones, hay que detener la lectura porque resulta abrumadora. Yo añadiría que escalofriante. El sufrimiento por el que toda persona transexual ha pasado merece que nadie se oponga a que los diagnósticos sean lo más cuidadosos posibles. A la verdad, en definitiva. Aunque ésta pueda estropear su ideología.

 

Abigail Shrier es consciente de que contar que el emperador va desnudo a día de hoy te puede costar el empleo, las amistades y la reputación. En el libro cita ejemplos, pero lo estamos viendo con nuestros ojos. Basta un vistazo a las redes sociales de la editorial del libro para ver llamadas al boicot por parte de influencers y activistas. Simultáneamente, otra publicación que narra la historia de una chica trans está teniendo una difusión y una comercialización pacífica.

 

Abigail Shrier, sospechosa de nada, hace un ejercicio de honestidad en Un daño irreversible. Alerta de lo que puede pasar en nuestro país si vamos cediendo espacio a la corrección política y a leyes que restringen la libertad y la autoridad de los padres. El acoso, de haberlo, se combate como todo acoso  -dice Shrier- no haciendo leyes que permitan a niñas de 12 o 13 años tomar medidas que comprometan su función reproductora y su salud en general. 

 No es transfobia, son los hechos.