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Bécquer, gigante y extraño

Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida nació en Sevilla en 1836, justo un siglo antes de la última guerra civil española, y murió en Madrid en 1870, dos años después de la revolución llamada La Gloriosa. Vivió, pues, el nervio central de un siglo convulso en un país desasosegado, abarcando en su vida los treinta y cinco años del reinado de Isabel II, durante el cual se sucedieron hasta treinta y tres gobiernos diferentes. Si el primer tercio del siglo XX fue un desastre que acabó en tragedia, no podemos decir que nuestros antepasados decimonónicos se aburrieran. Gustavo Adolfo, años después de hacer llegado a Madrid con su maleta de cartón –«cargada de sueños», que diría un cansautor–, le debe en parte su supervivencia a aquel hervidero de partidos: al llegar a Madrid, y tras unos años de pasar más hambre que un caracol en un cristal, encontró empleo en el brazo propagandístico del ala conservadora del partido moderado: el periódico El Contemporáneo, de las filas de cuya redacción saldrían varios ministros pocos años después. Gracias a esta labor en la prensa –no siempre «periodística» strictu sensu– pudo pagar lecho y techo (y garbanzos) el autor de las Rimas y de las Leyendas. Y contraer matrimonio con Casta Esteban. Por supuesto, todo esto nos importaría nada y menos que nada, sería solo quincalla memorística para concursantes de Saber y ganar, si no fuera porque el joven Gustavo Adolfo escribió lo siguiente:

Yo sé un himno gigante y extraño

que anuncia en la noche del alma una aurora,

y estas páginas son de ese himno

cadencias que el aire dilata en las sombras.

Yo quisiera escribirlo, del hombre

domando el rebelde, mezquino idioma,

con palabras, que fuesen a un tiempo

suspiros y risas, colores y notas.

Pero en vano es luchar; que no hay cifra

capaz de encerrarlo, y apenas, ¡oh, hermosa!

si, teniendo en mis manos las tuyas,

pudiera al oído, cantártelo a solas.

(Rima I)

Y por haber escrito esto otro:

Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.

Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatadon sus últimos ecos. A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y suave que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.

Era la voz de los ángeles que, atravesando los espacios, llegaba al mundo… Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines; mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo, que no obstante, era no más el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de misteriosos ecos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar.

(«Maese Pérez, el organista», frag.)

Sucede, sin embargo, que sentimos interés por las vidas de los artistas a quienes admiramos –es algo humano, y no nos es ajeno–, en una escala que va desde la mera curiosidad del cotilleo hasta la veneración idolátrica. Así que ¿cuál es el origen de la imagen que Bécquer proyecta en el imaginario colectivo?

Gustavo Adolfo no era tan golfo

La mayor operación de marketing de la Historia de la Literatura comienza con una adecuada elección de imagen de perfil para las redes sociales de la leyenda: el retrato que hizo Valeriano Bécquer de su hermano Gustavo Adolfo, y que se puede contemplar en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. En esa imagen tan conocida por todos Bécquer sale guapo, con pómulos marcados, mejillas sonrosadas, bucles caprichosos y cutis rasurado excepto por la bohemia perillita. Ese retrato es el anticipo y emblema de una operación de imagen que comenzaría nueve años después, con la publicación de su poesía reunida por medio de una colecta entre amigos, al poco de fallecer el poeta. En los panegíricos se le desvincula del conservadurismo monárquico al que fue siempre afín, se insiste en su carácter soñador y de literato, y en su desafección por toda contienda política. Nada más lejos de la realidad, pero así pensaban preservar su figura en una época en que la veleta social había girado hacia la revolución. Comienza así la andadura de la leyenda bohemia, romántica, misteriosa, que se ha extendido como una pátina sobre el rostro de Gustavo Adolfo y que estremece a las suspirantes adolescentes desde entonces. Sin embargo, cualquiera que ve una foto de Bécquer –con tupida barba de aparcero de finca, peinado con raya enmedio y pinta de primo del pueblo que viene de visita a la capital– piensa de inmediato que el retrato de marras es un poco engañifa. Un fake. Una elaboración de la Inteligencia Artificial. Como aquellos que se citan con su ligue del Tinder y resulta que el otro había abusado del retoque digital y de los filtros. Emosido engañado. Por otro lado, el retrato de Valeriano crea algo que es mejor que la realidad, así como el Cid de la Literatura y la leyenda es superior al guerrero mercenario de la Historia. Ya siempre Bécquer será ese anémico guapetón en su buhardilla con libros, que suspira sus desamores en versos encendidos, olvidado por un mundo que no le comprende. Ese rostro se suma a otros iconos como el Pessoa de bigotito y gabardina, el Quevedo con los quevedos, el Neruda con la gorra, Cernuda fumando en pipa o el Shakespeare de cabellos leoninos y pendientito en la oreja. Pero también al Lennon de Imagine, la Frida Kahlo de las totebag o los Principitos de las fundas de gafas. Es un símbolo, un estandarte contra el mundo. La Literatura es algo que extiende la realidad, que la enriquece, que crea más belleza de la que el mundo puede ofrecer. Enarbolar la bandera del retrato guapetón de Bécquer es estar en el bando de la verdad poética. El Bécquer de verdad es el de la leyenda, el otro es el histórico. Aunque este otro, como hemos dicho, también nos interesa mucho.

El Bécquer histórico

José María Jurado García-Posada –sobrino del escritor y crítico Miguel García Posada, y fecundo escritor él mismo– ha aportado recientemente a la ciencia becqueriana su estudio Bécquer 1862. Un paseo literario por Sevilla. Se trata de un descubrimiento que, sin embargo, ha estado todo el tiempo a la vista, como La cruz azul del Padre Brown de Chesterton. Nada más conservador –como Bécquer– que hallar la novedad en lo antiguo. No se trata de la aparición milagrosa de un cofre con manuscritos inéditos (como sucedió con Celine, hace poco) ni de un heredero que haya legado documentación hasta ahora secreta, ni nada peliculero. Jurado toma como punto de partida unas cartas literarias publicadas de forma anónima en El Contemporáneo. Hoy día es más accesible este tipo de publicaciones navegando por Internet, cuando antes había que zambullirse en los mohosos montones de los libreros de viejo o en polvorientos archivos municipales: «Resulta estimulante este carácter provisional y fugaz de los estudios becquerianos siempre dispuestos a depararnos nuevas sorpresas según nos adentramos más, gracias a la digitalización de inmensas fuentes bibliográficas, en esa selva boscosa y dispersa que fue la prensa española del siglo XIX» (p.67).

El autor ha ido cotejando esos textos de El Contemporáneo sobre la Feria de Sevilla, la Semana Santa, los toros, el origen del flamenco… con otros firmados por el propio Bécquer, como las Cartas literarias a una mujer, Cartas desde mi celda o su leyenda La Venta de los Gatos, comparando tonos y motivos, omisiones y repeticiones, aspectos incluso tipográficos, hasta llegar a una razonable certeza sobre su autoría. Y este hecho abonaría la tesis de que Bécquer, contrariamente a lo que afirman sus biógrafos, sí volvió a Sevilla durante una época en los que no hay constancia de su paradero. No obstante, el autor deja abierta la cuestión sin que por ello el libro pierda interés en ningún momento. Y, de paso, sigue intacto el misterio que envuelve al autor de las Rimas: «Nos gusta imaginar a Gustavo Adolfo sentado en la Maestranza, incardinado en su tiempo y en su ciudad. En las notas con las que Rica Brown resume el año 1862 en su biografía de Bécquer leemos: “Fuma mucho; va al Café Suizo; le encanta estar al lado de una mujer hermosa; va al teatro, asiste a los toros”. ¡Qué lejos esta imagen del angelical y evanescente retrato que la memoria colectiva ha asignado al poeta!» (p.115).

La ordenación urbana de una Sevilla en transformación industrial, la vida de los arrabales y las tascas flamencas (aún no llamadas así), la nómina de contemporáneos de Bécquer, los asuntos familiares, cuestiones de estilo literario, así como más de cien ilustraciones entre grabados, fotos y dibujos… Con todo ello compone José María Jurado un collage de gran formato en el que vemos bullir la vida, los menudos quehaceres humanos, y en el que un amante de la Historia y la Literatura de España puede embarcarse en un viaje en el tiempo. Lástima que que Jurado no haya sido guionista de El Ministerio del Tiempo, serie de RTVE que, si bien dedicó un capítulo a una leyenda becqueriana, no hizo una aproximación biográfica como aquí se nos dibuja.

Algo divino

Hay autores cuya verdad honda nos resulta inaprehensible. O, mejor dicho, inagotable. Por muchos avances historiográficos o filológicos que se produzcan –con los que, sin duda, aprendemos–,  siguen teniendo un aura de misterio, una cara oculta de leyenda que continúa estimulando a generaciones de escritores y de lectores. En el caso de Bécquer, cuanto más tiempo pasa y más se escribe sobre él, más grande es su figura y más influyente su obra. Creemos que la veta de su poesía –y de su prosa, que también es poesía– es honda y verdadera, incluso, o especialmente, entre las nieblas de la incertidumbre:

(…) «En el mar de la duda en que bogo

ni aun sé lo que creo;

sin embargo estas ansias me dicen

que yo llevo algo

divino aquí dentro».

(Rima VIII)

Pienso que esto último –el origen sagrado de la Poesía y del Hombre–  es lo que nos quiere decir con la mirada, desde su retrato. En 1862 y en 2023. Tan solo hemos de escucharlo.

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