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Celia, lo que dice: la rebeldía onírica de Elena Fortún

Elena Fortún: Tras este pseudónimo se esconde una gran autora de nuestras letras, se agazapa un espíritu creativo, original, innovador. Una personalidad que puede ofrecernos mucho más que ese carácter contestatario, rebelde, republicano que han destacada tantos críticos, además de una vida que dio mucho más juego que ese oscuro matrimonio dicen que fallido, o las dudas acerca de su sexualidad que ha vuelto a poner sobre la mesa la reciente publicación de Oculto sendero en Renacimiento, un libro presuntamente autobiográfico que la autora sustrajo a la luz pública por respeto a su marido.


Todas estas circunstancias y atributos, aunque verdaderos, no deben empañar la joya más auténtica de esta autora, su alter ego Celia, del que podemos disfrutar gracias a la valiosa labor de la sevillana editorial Renacimiento y su biblioteca Elena Fortún.

Celia es una niña y por eso puede decir lo que se le pase por la cabeza, onírico e irreverente, pero siempre anclado en la realidad más profunda e incómoda, obteniendo como perenne respuesta a sus ideas el ¡Uy, qué niña! propio de una sociedad mojigata que no quiere escuchar. Una sociedad encarnada en una madre tiránica que sufre de los nervios, que “lleva los pantalones” en casa pero perpetua un modo de vida clasista y patriarcal, y un padre amable, pero blando y huidizo, que entiende mucho más a Celia pero no tiene la fuerza ni el empuje para aliarse con su genial hija.

Celia, lo que dice: la rebeldía no llega a través de una confrontación política directa sino de una forma mucho más sutil pero poderosísima: a través de la fantasía. Celia es pensamientos disparatados que siempre cobran vida, porque dicen lo que su dueña piensa, sin filtro, a pesar de haber llegado ya a la edad de la razón, ¡los siete años!, y se sorprende cuando los mayores no le siguen el juego, o le riñen incluso.

A lo largo de la colección la hilarante protagonista va creciendo y, si crecer es en cierto modo perder la inocencia, Fortún conservará siempre una piedad extrema por su criatura y cultivará en ella esa niña interior tan importante en la vida… y en la literatura.

Celia, madrecita: edad casi adulta, de nuevas responsabilidades, madurez…, y también podríamos decir que de claudicación de ideales; pero no: la total insumisión creativa de Celia continúa en deliciosas publicaciones como Los cuentos que Celia cuenta a las niñas (y a los niños, dos entregas exentas que hoy levantarían ampollas al no resultar esta distinción políticamente correcta, pero que en el contexto de la época resulta muy natural).

En El arte de contar cuentos a los niños la autora brinda también al lector una pléyade de cuentos al más puro estilo recolector de folklore que nos hace patente a la Elena Fortún teórica de la Literatura Infantil. En esta entrega, Fortún no sólo regala otro corpus de narraciones con sabor popular sino que aporta pautas para oralizar cuentos que suponen un tesoro para la didáctica de la literatura e iluminan la práctica docente de muchos maestros aún en pleno siglo XXI.

Ese paso a la vida adulta es aún más doloroso y patente al convertirse en cronista del horror de la guerra en Celia en la Revolución, de nuevo contada desde la inocencia, sin maniqueísmos: no sé quién lleva la razón, repetirá una Celia atónita que ve romperse en mil pedazos su luminosa vida de señorita bien en la República, y que tiene la lucidez de narrar barbarie por ambos bandos.

En Celia se casa asistimos a esa visión desencantada del amor romántico, siempre suavizada al estar la voz narrativa en labios infantiles… Esta vez será la hermana pequeña de Celia, Mila, la encargada de contarnos el incomprensible mundo de los adulto a través de unos ojos limpios y a ratos surrealistas.

No quisiera terminar esta panorámica sin recomendar un libro de la saga que me resulta particularmente delicioso: El cuaderno de Celia, que narra la Primera Comunión de su protagonista y evidencia una crisis espiritual y el acercamiento a la religión católica de la autora, ¿o una concesión a la cosmovisión imperante? Hay algo más. Hay una vuelta a la religiosidad interior, sin hipocresías ni beaterías, ni concesiones al nacional catolicismo, que se desvela en el comienzo de los capítulos, siempre con un «Celia descubre…». De la mano de sor Inés, monja joven llena de sentido común, poético y sobrenatural, Celia descrubre la paciencia, el milagro de la vida y la infancia espiritual.

En esta entrega vuelve a destacar esa ternura hacia los más pobres que caracteriza a Fortún: resulta entrañable ese pasaje en el que sor Inés muestra una estampa con la leyenda (adornada con faltas de ortografía) «me la regalaron los Reyes», y relata con sencillez que a su madre no le llegaba el dinero para comprar juguetes…, y dejaba en cada zapato de sus hijos una estampa ilustrada. Se transluce el amor por las cosas pequeñas, que sin dudar es el mejor regalo que pueden hacer los Reyes Magos a los niños… y a los lectores.

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