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Les debemos tanto a Los cinco de Enid Blyton

Toca romper una lanza por Enid Blyton. Sí, por la prolífica escritora londinense de cuya muerte se cumplieron 50 años en 2018, en pleno éxtasis correcto-político. Esa autora que surca los ríos de tinta publicados en los últimos meses sobre ella a cuenta de la cultura de la cancelación y del movimiento Black Lives Matter. En España, sus personajes no han sobrevivido a la censura woke y, desde el año pasado, sus novelas ya no son las mismas que las que leyeron nuestros padres y nos dieron a leer a nosotros. Ahora, Los cinco, nuestros preferidos, se distribuyen equitativamente los roles de género, se ha terminado eso de que la pequeña Ana se ocupe de la colada y los malos de las historias ya no están racializados. Sólo falta que Tim imite a su ama y pase a llamarse Timotea. Tiempo al tiempo.

Pero ningún autor merecería que sus novelas fueran reescritas, por muy buena voluntad que tengamos sus lectores de las navidades futuras. Tampoco Blyton. ¿Aunque fuera una hipócrita que odiaba a sus hijas? ¿Una alcohólica que chantajeó cruelmente a su marido cuando pidió el divorcio? ¿Una equidistante con el nazismo? Aunque todo esto fuera verdad, que lo fue, y aunque alguna de las leyendas que pululan en torno a ella también fueran ciertas, desde las más divertidas hasta las más escabrosas, Blyton no se merecería ese revisionismo de sus libros. Tampoco pese a que, según una de sus hijas, fuera una mujer arrogante, insegura y pretenciosa. Negamos la mayor.

¿Por qué? La principal razón es literaria, claro. Si toca romper una lanza por Enid Blyton es porque le debemos mucho. Las aventuras de Julián, Dick, Ana, Jorge y Tim no sólo nos entretuvieron tantas tardes y noches. Conforme íbamos perdiendo los dientes de leche, los nacidos en los noventa disfrutábamos, sí, pero también íbamos comprendiendo un poco más a nuestros padres. Nos acercábamos a ese momento en el que se acaba la necesidad de que nos atiendan y empezamos a entender a los mayores. Porque la infancia de Los cinco fue la suya, la vuestra.

A nosotros nos encantaban sus historias porque nos llevaban a otro mundo, uno donde no había tele y los chavales campaban a sus anchas por la isla de Kirrin, lejos de sus despreocupados padres y disfrutando del aire libre. A vosotros, a los niños de treinta años de los payasos de la tele, os encantaba escucharnos leer las aventuras de Los cinco en voz alta, dramatizando. Imitábamos a Blyton e inventábamos rocambolescas historias con los primos cuando íbamos al campo; historias llenas de contrabandistas, zíngaros, ladrones y estafadores. El mayor siempre hacía de Julián y a la más llorona le tocaba Ana. Y eso os gustaba, porque revivíamos, a nuestra manera, lo que habías leído y, sobre todo, lo que habíais sido.

Como ocurre con tantos libros de aventuras, Los cinco, tienen, además, mucho de didácticos. Todos ellos son nobles, incluido Tim, el perro. Blyton podría ser todo lo retorcida posible, pero ni una de sus novelas, dirigidas a un público infantil (hoy juvenil), abandona la inocencia en un solo momento. Y eso que hay malos. La escritora no ahorró a sus bajitos lectores los horrores de la condición humana, ya que herida está. ¿Qué necesidad hay de ocultarlo?

Y, sin embargo, ninguno de sus personajes, ni siquiera la áspera e incorregible Jorge, son retorcidos. Su carácter y su ánimo son sencillos y amables. Dejan un poso esperanzador en el niño que se mete en sus historias como uno más. Le llevan hacia la grandeza de alma, la fortaleza, la entrega, el amor a los mayores, por mucha rebeldía que bulla en la sangre; la perseverancia en el bien, el cariño por el campo y por la curiosa investigación de sus secretos. Las supuestas maldades que la rencorosa de Blyton plasmó en las páginas de Los cinco son salvables, de verdad. También el innegable esquema repetitivo de la saga. Quedémonos con lo importante, que es mucho y muy bueno. Un mundo generoso, bello y valiente, al que acompañan bellísimos paisajes de la campiña inglesa, les espera a los niños de la generación TikTok en las páginas de Los cinco. No les privemos de ellos.

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