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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

¿Uno?

 

Los domingos no escribo y mejor para vosotros. Este domingo apenas traigo el aviso de un grandísimo poeta, y amigo, que me advertía que, a pesar de su admiración por Víctor Botas, yo no había puesto su mejor poema. Verdad. Yo había dicho que era «poema excelente para estas ocasiones» del final de curso. Él me proponía un poema de Gerardo Diego que a mí también me parece mucho mejor. Es su famoso brindis:

 

BRINDIS

 

                             A mis amigos de Santander que festejaron
                             mi nombramiento profesional.

 

Debiera hora deciros: «Amigos,
muchas gracias», y sentarme, pero sin ripios.
Permitidme que os lo diga en tono lírico,
en verso, sí, pero libre y de capricho.
Amigos:
dentro de unos días me veré rodeado de chicos,
de chicos torpes y listos,
y dóciles y ariscos,
a muchas leguas de este Santander mío,
en un pueblo antiguo,
tranquilo
y frío,
y les hablaré de versos y de hemistiquios,
y del Dante, y de Shakespeare, y de Moratín (hijo),
y de pluscuamperfectos y de participios,
y el uno bostezará y el otro me hará un guiño.
Y otro, seguramente el más listo,
me pondrá un alias definitivo.
Y así pasarán cursos monótonos y prolijos.
Pero un día tendré un discípulo,
un verdadero discípulo,
y moldearé su alma de niño
y le haré hacerse nuevo y distinto,
distinto de mí y de todos: él mismo.
Y me guardará respeto y cariño.
Y ahora os digo:
amigos,
brindemos por ese niño,
por ese predilecto discípulo,
por que mis dedos rígidos
acierten a moldear su espíritu,
y mi llama lírica prenda en su corazón virgíneo,
y por que siga su camino
intacto y limpio,
y porque este mi discípulo,
que inmortalice mi nombre y mi apellido,
… sea el hijo,
el hijo
de uno de vosotros, amigos.

 

Es un poema al que recurro muchas veces al año, más aún cuando fui jefe de estudios. Al compañero (o compañera) desesperado, le explicaba que su problema era su bondad y sus altas expectativas. Por lo aforístico, recordaba lo que de la enseñanza me decía un sabio profesor: «O te desanimas o lo dejas». Y luego añadía que Gerardo Diego, con ser él quien era, se felicitaba por tener, si lo tenía, un solo discípulo predilecto, uno, en toda su vida profesional. Uno para él, como para Heráclito, era diez mil.

 

¿Por qué entonces no pienso en enviarles este poema a mis alumnos cuando acaba el curso? Porque el de Botas se escribió como una despedida y tiene esa ironía («las cosas que sí importan») que los deja en suerte para la vida, mientras que el de Diego es una esperanza. Una esperanza, además, que luego  termina superando cualquier curso, porque son dos o tres los alumnos interesados y hasta importantes que se tienen cada año por cada curso.

 

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