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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Sermo humilis

 

Un joven y admirado amigo me confiesa sus dudas sobre si retuitear un elogio encendido de un lector suyo. Quiere ser humilde por encima de todas las cosas. Yo le empujo al tuiteo, que ayudará a su libro. Mi experiencia me ha convencido de que la humildad no es algo que uno se tenga que empeñar en conseguir. Buscarla es un esfuerzo admirable, inútil y, en última instancia, vanidoso. La humildad la regala la realidad en cuanto encuentra un resquicio, que lo encuentra enseguida.

 

Hace unos meses, un caballero declaró en público que yo era uno de los mejores (¿o dijo «el mejor»?) poeta español vivo. Me entró la risa tripartita. 1) Porque no lo soy. 2) Porque no creo en el escalafón poético, sino en la ontología: ser o no ser, ésa es la cuestión. Y 3) porque con ser un poeta español más le basta y le sobra a mi orgullo. Por supuesto, no refuté al amable lector. Yo jamás desdigo un elogio ajeno. Porque o es discutirle su inteligencia crítica o es poner en un aprieto su amabilidad o ambas cosas a la vez, si no una espantosa acusación implícita de hipocresía o adulación, que yo ni haría ni pienso nunca. Quien escribe ha de estar a la intemperie de las críticas y de los aplausos, con la curiosa paradoja de que las críticas exageradas hacen menos daño que los aplausos hiperbólicos. Las críticas y los elogios justos, en cambio, son maravillosos por igual. La némesis de ambos es la indiferencia, que es la que escuece.

 

Cuando el lector descubra que había exagerado es probable que piense que yo fui tan vanidoso como para no desdecirle en público y tajantemente. Hasta puede que inconscientemente me culpe de su entusiasmo. Es un precio que estoy dispuesto a pagar. Prefiero pasar a posteriori por un fatuo que a priori por un falso humilde. La humildad es una cosa muy seria y, al final, siempre vuelve.

 

¡Y tanto que vuelve! Hace unos días ese mismo señor me escribió para pedirme nombres de poetas españoles actuales, porque —exceptuando lo presente— no había leído nada de nada de poesía contemporánea. Ah, claro.

 

Le aplaudí el propósito. Además de un puñado de nombres propios, le aconsejé antologías, porque cada lector ha de encontrar a sus poetas por sí mismo. En especial, le recomendé Treinta años de poesía española  de José Luis García Martín, en bellísima edición de A. Trapiello y A. Linares. Allí, además, observará que yo no salgo, con lo que podrá ir desengañándose como el hombre rana que hace la descompresión.

 

Aunque igual que la humildad viene sola, la vanidad no se rinde fácilmente. Ahora estoy muy orgulloso de que mi poesía le haya insuflado el ferviente deseo de conocer otros mejores poetas españoles vivos. No es moco de pavo.

 

 

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