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Reseñas
literarias

Panza de burro

por:
Hasel Paris Álvarez
Editorial
Año de Publicación
2020
Categorías
Sinopsis
La panza de burro es una expresión para denominar un fenómeno característico del norte de las Islas Canarias consistente en una acumulación de nubes de baja altura que actúa como pantalla solar. Andrea Abreu aparta esa bruma de la panza de burro y observa a la abuela que transmite malos consejos desde la pura inocencia y el puro salvajismo, a la niña prematuramente crecida que domina a su amiga, pero, sobre todo, a la amiga dócil que, con el tiempo, escribe su historia y se siente en deuda con la amiga dominadora.

Panza de burro

Para los críos de los pobres, esos que no se van de campamento a Irlanda ni hacen cursos de vela en Sotogrande, los que ni siquiera van a los scouts o se escapan con sus padres quince días a un apartamento en el Levante, los veranos de la infancia son como balsas temporales, una concatenación de horas y días y semanas prácticamente indistinguibles. Para los críos de los pobres, las vacaciones no significan ni bañarse en la piscina de ningún hotel ni visitar ninguna capital europea sino salirse al pollete de la iglesia con la bici y disfrutar de que todos los días sean un calco, pero un calco sin colegio y con polos de leche. En los últimos 90, si tenías mucha suerte, algún amigo tenía la Game Boy y te la dejaba. O habían abierto una sala de ordenadores en el centro cultural de tu pueblo desde la que podías meterte en el chat de Terra.

De todo esto nos habla Andrea Abreu (1995) en “Panza de burro”, su primera novela, publicada por Barret en 2020. Con una protagonista de la que hábilmente nos oculta el nombre, pues podríamos ser muchos, Abreu nos lleva a un pequeño pueblecito al norte de Tenerife en el que no hay playa pero sí muchísimas cuestas que subir y bajar. Eso y nubes, muchas nubes. En él conoceremos a su abuela, a los perros callejeros del lugar, a Eufracia, la curandera del pueblo, a la abuela de mejor amiga, que tiene un ultramarinos, pero sobre todo a ella, a Isora.

Porque si algo es “Panza de burro” es un canto a las amistades de la infancia, a los enfados entre niñas, a jugar a embarazar Barbies, a las tardes largas inventando juegos, a asumir bien pronto que en las relaciones humanas uno casi siempre manda y el otro obedece y a concebir al amigo un poco como al primer amor. Las escenas de costumbrismo infantil, que seguramente emocionen a cualquiera que haya nacido a partir del 90 por sus referencias -la llegada a España del reguetón, el MSN, los primeros anglicismos- y la narración de las gestas cotidianas de Isora y la protagonista, que meten los pies en una charca para emular que están en la playa, de la que les separan unos pocos kilómetros, se nos narran en su propio lenguaje: el de la infancia, sí. Pero también el canario.

Y es que una de las particularidades de la primera novela de Abreu es su uso del lenguaje, con una puntuación -o, más bien, la ausencia de ella- propia de una generación de escritores que ha pasado más tiempo tecleando que escribiendo en un cuaderno y una presencia constante de localismos del habla canaria. Es probable que, leyendo “Panza de burro”, te ahogues varias veces porque no hay comas y no te suenen varias palabras por párrafo, pero en ello reside buena parte de la magia del libro: en hacernos viajar, a la vez, a una España lejana y tropical, a un lugar en el que no hablan como nosotros y no comen lo que nosotros, pero también a nuestra propia infancia. A nuestros veranos en cualquier pueblo lejos de Tenerife y a nuestras tardes con cualquier mejor amiga de la infancia, se llame o no, y de hecho seguramente no, Isora.