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Reseñas
literarias
Fiodor M. Dostoievski

Los Demonios

por:
Carlos Marín-Blázquez
Editorial
Alianza
Año de Publicación
2011
Categorías
Sinopsis
El horrible crimen perpetrado en Moscú a finales de1869 siguiendo órdenes del nihilista Necháyev, seguidor de Bakunin, fue la fuente de inspiración que sirvió a Fiódor Dostoyevski (1821-1881) para construir la trama argumental y perfilar los caracteres de los principales personajes de "Los demonios". Entre ellos destaca con fuerza Nikolai Stavrogin, figura atormentada que casi un siglo después habría de fascinar a Albert Camus y que introduce en la novela una dimensión teológica y metafísica que la lleva mucho más allá de la mera reconstrucción de la historia o de la diatriba política, propiciando el salto cualitativo que hace de esta obra sin duda una las más destacadas del gran autor ruso. Traducción de Juan López-Morillas
Fiodor M. Dostoievski

Los Demonios

Cuando Rodrigo Gómez, el responsable de esta estupenda web literaria, me sugirió a mediados del mes de julio la posibilidad de escribir una reseña sobre Los demonios, no puedo decir que su invitación me resultara particularmente atrayente. Había leído la novela hacía ya un número considerable de años y no guardaba de ella una impresión demasiado vívida. Con todo, me pareció que alentaba una suerte de reto detrás de la propuesta de Rodrigo y, en caso de afrontarlo, agosto se perfilaba como el momento ideal para hacerlo. Siempre era posible que de la frustración de haber sido desbordado por una obra tan extensa en mi primer acercamiento a la novela me fuera dado resarcirme ahora a través de una lectura más atenta y pausada. En eso consistía el reto. De modo que me dispuse a encararlo con todas las prevenciones a mi alcance, incluida la que, desde las primeras páginas, debe observarse cuando uno va a enfrentarse a una novela rusa de las dimensiones colosales de la que se trata aquí: evitar toda confusión con los nombres.

El resultado me ha deparado una felicidad inesperada. Un siglo y medio después de su publicación, se antoja plenamente justificada la fascinación que Los demonios ejerció, y sigue ejerciendo, sobre algunas de las inteligencias más lúcidas de nuestro tiempo. Lo que nos ofrece Dostoyevski a través de esta historia no es sólo un retrato de la sociedad de su época, la Rusia sometida a reformas incipientes que a la postre no iban a servir para cauterizar la herida por la que aquella inmensa nación llevaba tiempo desangrándose; lo que hace su autor -y en ello estriba su mérito más perdurable- es sumergirnos en el ambiente intelectual y moral de su entorno y hacernos descubrir allí el origen de buena parte de los males que han venido afligiendo con posterioridad a nuestra época.

¿Y dónde detecta Dostoyevski la raíz de dichos males? Fundamentalmente, en la propagación de una serie de ideas cuya capacidad disolvente, con el paso de los años, se iba a revelar epidémica. El propio autor, que no vivió para ver el triunfo de la Revolución bolchevique, sí que fue capaz de entender que en el seno de la sociedad rusa ya se daban las condiciones para una transformación radical de las conciencias que había de culminar en el comienzo de una nueva era. Dostoyevski, sin embargo, asimilaba el fenómeno, antes que a un proceso de naturaleza política, a un acontecimiento de índole religiosa. De ahí el título de la novela, Los demonios (o Los endemoniados), que remite a un supuesto de patología espiritual llegada desde más allá de las fronteras de Rusia con el fin de corromper los cimientos sobre los que se asentaba la esencia de un pueblo que, pese a las durísimas condiciones de vida que debía soportar, continuaba apegado a su identidad y sus tradiciones.

A través de una trama circunscrita al modesto ámbito de una ciudad de provincias, la novela pone de relieve cómo los principios revolucionarios que justifican el asesinato en nombre del bien se iban a convertir en el fermento de algunas de las mayores atrocidades que haya conocido la historia. La profundidad del análisis de Dostoyevski se revela en este punto portentoso. El pequeño grupo de sediciosos que conspira para desestabilizar el orden establecido representa, a una escala infinitesimal, el anticipo del triunfo de un nutrido catálogo de aberraciones intelectuales, algunas de las cuales, a día de hoy, continúan socavando lo que queda en pie de nuestra maltrecha civilización. Además, y como acostumbra a hacer en el resto de su narrativa, el autor conecta los aspectos sociológicos y políticos presentes en el relato con una problemática metafísica que aborda, bajo la especie de intensísimos diálogos, los temas del suicidio, Dios, el sentido de la existencia o el destino de la propia nación rusa.

El impulso de destrucción como principio creativo y génesis de un nuevo orden ocupa también un lugar central en la novela. No en vano, se trata de uno de los elementos medulares de toda acción revolucionaria que se precie. Sin embargo, es precisamente ese iluminismo totalitario que desprenden los conjurados, ese fanatismo sin matices tan presente en Europa después de 1789 lo que aboca a la deshumanización y al vacío moral más desoladores. Bajo el prisma de los asesinos, todo queda justificado en virtud de su entrega a un bien incuestionable que sólo ellos han sido llamados a imponer. Se trata, en definitiva, de la idea de progreso como legitimación de todas las arbitrariedades y abusos; del amor a la humanidad en abstracto como modo de solapar el odio al hombre concreto; del desprecio por las creencias del pueblo en tanto vía de ensalzamiento de una nueva religión que promete traer el paraíso a la tierra.

Este cúmulo de contradicciones sólo podía desembocar donde lo hizo, a saber, en una nueva forma de tiranía más férrea si cabe que aquella a la que venía a derribar. En el plano filosófico, la degradación sistemática de lo humano en aras del triunfo de una ideología radical condujo inevitablemente al nihilismo. En este sentido, algunos de los pasajes de la novela estremecen por su preclaro sentido de la anticipación: «El maestro que se ríe con los niños del Dios de ellos es ya uno de los nuestros». «De momento, son indispensable una o dos generaciones de libertinaje. De libertinaje monstruoso, procaz, del género que hace del hombre un bellaco asqueroso, cobarde, cruel y egoísta». «En cuanto un hombre se enamora o funda una familia siente el deseo de propiedad privada. Nosotros acabaremos con ese deseo (…). Reduciremos todo a un común denominador: la igualdad completa». Y por lo que hace al procedimiento destinado a sembrar el caos que debe preceder al asalto al poder por parte de los revolucionarios, se habla de una propaganda sistemática orientada a «sembrar la confusión, promover el cinismo y el escándalo, el descreimiento en todo lo habido y por haber, el ansia de algo mejor y, por último, recurriendo a los incendios como medio especialmente eficaz para impresionar al pueblo, lanzar el país a la desesperación, si ello es necesario».

Para concluir, y contra lo que pueda deducirse de lo expuesto hasta estas líneas, Los demonios no es una novela de tesis. La fuerza de la historia deriva del temple vital con que están forjados sus personajes. Stavrogin, Shatov, Kirillov, Varvara Petrovna, Piotr Stepanovich no son arquetipos creados para servir de soporte a determinadas ideas, sino creaciones vivas, singularidades rebosantes de energía impotente (valga la paradoja) y de sentimientos encontrados. En la descripción de su dramática peripecia acertó Dostoyevski a cifrar una parte del destino sombrío hacia el que se encaminaba Europa. Al cabo de los años, y luego de tantas lecciones como nos hemos negado a aprender, no nos queda aquí sino testimoniar nuestra admiración y nuestro asombro.

Temática
Un crimen real perpetrado por un seguidor de Bakunin fue lo que dio pie a Dostoyevsky para escribir esta obra en torno a las nuevas ideas que ya estaban difundiéndose por Occidente.
Te gustará si
Compartes la idea de que sin las novelas de Dostoyevsky difícilmente se puede llegar a comprender el signo de nuestro tiempo.
Léelo mientras escuchas
Canciones tradicionales rusas.
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Un té (a ser posible, preparado en un samovar).
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