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Reseñas
literarias
Herman Melville

Moby Dick

por:
Carlos Marín-Blázquez
Editorial
Alma Europa
Año de Publicación
2020
Categorías
Sinopsis

Moby Dick, la gran obra maestra de Herman Melville, viajero incansable que se inició en la literatura narrando sus aventuras por los mares del Sur. El épico duelo entre la ballena blanca y el capitán Ahab simboliza la eterna lucha entre el bien y el mal y constituye el ejemplo más logrado de algo que muchos otros autores estadounidenses han perseguido desde entonces: la Gran Novela Americana.

Herman Melville

Moby Dick

Escribir sobre un clásico comporta el peligro de que todo pueda estar dicho de antemano. Sin embargo, el clásico es inagotable. Uno lo lee y cuando, al cabo de un tiempo, regresa a sus páginas, siempre descubre algún tesoro nuevo. La trascendencia del clásico estriba ahí, en ese aporte inesperado. Es a lo que se refería Borges cuando afirmaba que releer es más importante que leer («salvo que para releer —añadía, haciendo discreta ostentación de ese deje irónico que le era tan característico— es necesario haber leído»).

Releer Moby Dick al cabo de los años ayuda a tomar conciencia de lo que supone el surgimiento de un nuevo mito en el seno de una cultura, la occidental, consagrada a dar testimonio de su ocaso. La primera lectura suele arrojarnos al rostro el olor a salitre de una novela de aventuras marítimas. La épica de los balleneros en busca del cachalote blanco encierra esos momentos de enfrentamiento directo del hombre con una fuerza de la naturaleza incomparablemente superior que los actuales adelantos de la técnica han reducido a los límites de una lucha desigual.   

Pero hay mucho más en Moby Dick. Ya se ha mencionado antes: la creación de un mito. Es algo que, a una escala más modesta en lo que a su extensión se refiere, Melville consiguió con Bartleby, el escribiente. Su logro indiscutible, desde un punto de vista literario, tiene que ver con la configuración de un arquetipo que cartografía los ángulos más oscuros del alma moderna. En el caso de Moby Dick, el elemento mítico reside no tanto en la gran ballena blanca como en su antagonista máximo, el capitán Acab, y en la desmesura de su empeño por dar caza a la descomunal criatura.

La persecución obedece al cumplimiento de una venganza. Como es sabido, en un lance anterior, la ballena le había cercenado a Acab una pierna. Sin embargo, Melville consigue que comprendamos que el proceso de enajenación del protagonista, lejos de obedecer a una reacción instintiva, es lento, gradual, tortuoso, como una fuerza sobrenatural que se estuviera infiltrando en su alma para corroerla hasta en sus recovecos más íntimos: «Posiblemente semejante monomanía no surgió en el preciso instante de su amputación corporal —relata el narrador—. Pero cuando aquel choque le obligó a poner proa hacia casa, y durante largos meses el dolor y Acab yacieron juntos en la litera mientras doblaba en pleno invierno el ceñudo y ululante Cabo de la Patagonia, entonces fue cuando su cuerpo desgarrado y su alma lacerada, sangrando el uno con la otra y confundiéndose, le habían vuelto loco».

Se trata de una locura —y esto es lo que fascina— latente, perseverante, calculadora. Una locura que no implica la pérdida de un ápice de su inteligencia para los asuntos materiales. Y tampoco para la reflexión acerca de su misma condición caída: «Estoy tan sumergido en la parte sombría de la tierra –se dirá de sí mismo-, que la otra, la parte teóricamente alegre no me parece más que incierta luz crepuscular». 

Al hilo de reflexiones como la anterior, que ahondan en los abismos del protagonista, la trama avanza en pos de lo inevitable. Los personajes que rodean a Acab también viven atrapados en sus propios conflictos espirituales y observan, con una mezcla de perplejidad, horror y admiración, el proceder de su capitán. Al mismo tiempo, la novela es un homenaje a una raza de hombres, los balleneros, extraordinariamente curtidos en una vida plagada de peligros y que por aquella época se embarcaban durante períodos que podían durar años. Hay decenas de páginas dedicadas a describir las labores propias de la vida en alta mar, llenas de un vocabulario especializado que puede desalentar al lector y provocarle un cierto hastío. No obstante, el esfuerzo de perseverar en la lectura queda compensado con creces cuando nos descubrimos frente a pasajes de una belleza y una hondura como sólo es posible encontrar en este género de libros. Así, frente a la inmensidad de un mar en calma, leemos: «¡Oh, eternos paisajes estivales en el alma, aunque agotados por la mortal sequía de la vida terrena, aún puede el hombre retozar en vosotros como potros en el trébol nuevo y sentir por unos momentos el fresco rocío de la vida inmortal en ellos!»

Se confirma de esta manera que en cada página de la obra, en cada anécdota en apariencia trivial late el trasfondo metafísico hacia el que apunta toda la novela. Porque Moby Dick constituye una reflexión acerca del sentido moral de la existencia, de la naturaleza como algo capaz de erigirse en una estremecedora representación del mal, de la necesidad de una justicia superior y de la materia incandescente con que se templa el espíritu humano.

El simbolismo de la ballena trasciende cualquier expectativa meramente racional: «Para mí –reflexiona Acab- la Ballena Blanca es una muralla que me rodea. A veces pienso que no hay nada detrás, pero hay mucho; me hostiga, me aplasta. Veo en ella una fuerza insultante, animada de inescrutable malicia». A criterio del lector quedará siempre dilucidar si esa encarnación del mal, esa “fuerza insultante” a la que parece impulsar algo más que un instinto ciego, proviene de un agente externo al hombre o del interior de un alma que destila palabras tan sombrías como éstas: «Un buitre te roe eternamente el corazón, un buitre que no es sino el ser que tú creaste».

TEMÁTICA
La venganza como manifestación de una locura autodestructiva
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