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Reseñas
literarias
Jorge Feire

Hazte quien eres

por:
José María Contreras
Editorial
DEUSTO
Año de Publicación
2022
Categorías
Sinopsis
¿Te bastas y sobras? ¿Eres por ti y a nadie debes nada? ¿Te han convencido de tu carácter único y de tu falta de ataduras? Según el filósofo Jorge Freire, has de renunciar cuanto antes a tales disparates. Hazte quien eres constituye una demolición de las consignas sobre las que, erradamente, sociedades como la nuestra construyen un modelo de vida buena. A partir de la máxima de Píndaro «hazte el que eres, como aprendido tienes», Freire nos anima a cultivar provechosamente las circunstancias que nos condicionan. Afianzándose en la filosofía y sabiduría antiguas, el filósofo reniega de fantasmagorías como la del self-made man. ¿Quién es el único artífice de su ventura? Uno se las tiene que haber con su propia circunstancia, nunca contra ella. Jorge Freire, el ensayista más perspicaz y afilado de su generación, pone en solfa uno de los mitos de nuestro tiempo, la dichosa «identidad». No importa lo que somos, sino lo que hacemos, pues al hacer cosas nos hacemos a nosotros. Por eso el identitarismo no es más que una variante del narcisismo: Peor que creer que no se tiene ombligo es pasar la vida mirándoselo. ¿Cómo convertirnos en aquello que deseamos parecer? Mediante el ejercicio de las buenas costumbres. Se equivocan, a su juicio, quienes toman la nobleza del hábito por la vileza mecánica de la repetición. La costumbre, cuando es buena, nos empuja a la virtud.
Jorge Feire

Hazte quien eres

Buenos tiempos nunca los hubo; todos fueron malos, aunque, depende de para qué, unos más malos que otros. Para la moral, al menos para la moral objetiva –si es que tal cosa existe–, llevamos una racha mejorable desde hace mucho. No lo digo yo, sino Alasdair MacIntyre en su libro Tras la virtud. En las conclusiones, el filósofo escocés dice percibir innegables paralelismos entre los coletazos del Imperio romano y la actualidad. Como entonces, atravesaríamos una época marcada por la desorientación, sin base objetiva para casi nada y con los bárbaros, temidos –anhelados–, a las puertas de la ciudad.

A dicha época se refiere también Flaubert en una carta fechada en 1861. Escribe: «Al no haber ya dioses y al no existir aún Cristo, hubo, de Cicerón a Marco Aurelio, un momento único en el que el hombre estuvo solo». Aunque con la boca pequeña, diría que estamos en una situación parecida: lo antiguo agoniza y lo nuevo no acaba de nacer, que más o menos dijo Gramsci. Y siguiendo con el italiano, puede que estos crepúsculos sean propicios para el surgimiento de los monstruos, por qué no; sin embargo, a la espera de la monstruosidad, son también tiempos para las palabras en minúsculas, la filosofía práctica y la hegemonía de lo posible. Cuando ya no hay templos en los que derramar la vida ni dioses que dictaminen lo correcto; cuando el cielo no es más que cielo, y el hombre, esto que vemos y basta, cada cual tendrá que averiguársela como Dios… no, perdón, como él mismo se dé a entender. Es un tiempo favorable para la sabiduría enteramente humana, para los hortelanos del yo que, a fuerza de costumbre, es decir, de moral, cosechan lo que pueden.

Admito que la situación ha sido pintada con brocha gorda, también que a cada afirmación cabe una espuerta de matizaciones. Dicho queda. Pero yo tengo que escribir esta reseña y, además, por más que esté cogido con pinzas, le veo cierto sentido a lo anterior. Pues bien, aquello quería desembocar en el último libro de Jorge Freire: Hazte quien eres (Deusto, 2022). El título proviene de Píndaro y encabeza, como avisa el subtítulo, un código de costumbres, una serie de mandamientos en imperativo cortés. Se explica en la introducción: «Son, ante todo, sugerencias de amigo. Confirman mi código de buenas costumbres y a mí, sobra decirlo, me van bien. Quizá a ti no». Se entiende que, al seguirlas, uno no acaba pareciéndose al propio Freire –cosa que tendría su gracia; sería como reproducirse, pero por infestación–, sino a uno mismo, aunque en versión mejorada, desbastada de ciertas rugosidades o singularidades que creemos nos definen cuando, con demasiada frecuencia, nos emborronan.

Hazte quien eres está emparentado con la autoayuda porque comparten ancestros: la literatura sapiencial y los frutos más prácticos de la filosofía. La diferencia estriba en que Freire es un descendiente legítimo, mientras que la autoayuda, o lo que se vende como tal, es un bastardo que le debe al cinismo la mitad de su genética. De hecho, Hazte quien eres arremete contra la criatura paradigmática de aquella: el self-made man, el perfecto engranaje del turbocapitalismo, el hombre cada vez más visible, solo y musculado. Pero Freire no se limita a la demolición; su crítica está basada en una alternativa que busca devolver la cordura a conceptos que han perdido la chaveta. Por ejemplo, frente a la vida frenética –creo que se dice “proactiva”–, la alegría de la vida hacendosa.

Quizá por mi condición de homo academicus, no puedo resistirme a señalar que Freire tiene mucho de estoico; aunque no todo, entre otras cosas porque en su celebración del ocio no embrutecedor tiene algo de epicúreo. Se podrían traer a colación las palabras de Marc Fumaroli a propósito de Séneca, otro estoico con salvedades: «otium y negotium pueden y deben reconciliarse y ennoblecerse mutuamente, presentando el distanciamiento y la distención del otium su desapego a un trabajo tanto más fecundo cuanto que la virtud que exigen los negotia presta su propia fecundidad y dignidad a los ejercicios del reposo».

En definitiva, Hazte quien eres ofrece un conjunto de verdades de campaña por parte de alguien que ha vivido algo, leído muchísimo y pensado todavía más. Son una serie de consejos morales que a su autor le han servido para llevar hasta ahora, con traspiés suponemos, una buena vida.

Y no puedo acabar sin señalar una particularidad estética. Al igual que Agitación, este libro muestra una precisión léxica prodigiosa, quirúrgica, casi enfermiza. Ni la más recóndita de las palabras puede despistarse, pues el filósofo madrileño echa mano hasta de los vocablos reservistas, obligando al idioma a desplegarse por completo. Cuando Freire escribe, a nuestra lengua no le basta con cumplir, tiene que arremangarse y darlo todo, funcionar a plena máquina. Algunos lectores lo agradecerán; el idioma, seguro.

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