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Reseñas
literarias
Nicolas Wiseman

Fabiola

por:
Esperanza Ruiz
Editorial
Homo Legens
Año de Publicación
2021
Categorías
Sinopsis
Roma, inicios del siglo IV d.C. Fabiola, una joven patricia insatisfecha, posee todo lo que, en apariencia, da la felicidad: belleza, fortuna e inteligencia. Las conversaciones con su esclava Syra y su prima Inés, y el ejemplo modélico del soldado Sebastián, permiten a Fabiola descubrir la respuesta que busca. Muy a su pesar, esta parece estar en esa doctrina que, sin conocerla, detesta; la misma que el emperador persigue, y que se llama Cristianismo. “Cualquiera que lea Fabiola con la sensibilidad despierta apreciará ahí un amor, un deleite curioso y sorprendente en la descripción de la campiña italiana, de las ruinas romanas, de un país sureño, luminoso, exaltado y bello. Han sido muchos los años en que Fabiola ha estado arrinconada en la trasera de las bibliotecas, olvidada en el cajón de los libros viejos y los viejos devocionarios, como el pecio que queda de otra época con otra educación sentimental. Lejos de los postulados del arte por el arte y de la exclusión de toda trascencencia, la Fabiola del Cardenal Wiseman aún nos habla de la literatura y la moral, que no es sino otra manera de conjugar la literatura con la vida, sin que aquí o allá se encuentre todavía para el arte otro propósito más alto”.
Nicolas Wiseman

Fabiola

El cardenal Nicholas Patrick Wiseman tuvo un sueño. Con motivo de la fundación de una Biblioteca Católica Popular intuyó la conveniencia de que ésta albergara narraciones de las distintas etapas de la Iglesia en el devenir de los tiempos. Él se haría cargo de la primera, naciendo de este modo Fabiola o la Iglesia de las catacumbas. Así pues, no pretendió un tratado sobre la antigüedad clásica sino un retrato del modo de vida, vicisitudes y sentir de los primeros cristianos. Para ello tomó el Breviario Romano e introdujo en la escena el martirio de Cecilia -las Actas de los primeros mártires también fueron su fuente-, a la que luego llamaríamos santa; el de san Pancracio, san Sebastián, san Tarsicio y santa Inés, joven patricia que murió defendiendo su virginidad. El edicto de Diocleciano y Maximiano (año 303) en el que se abolían los derechos legales de los cristianos y se exigía el cumplimiento de las prácticas religiosas tradicionales desencadenó la más sangrienta y pavorosa persecución a cristianos en el Imperio Romano.

La imaginería de la Semana Santa, el Rosario, quizá el Via Crucis… muchas devociones nacen de una necesidad catequética. Fabiola es una de ellas. Pese a casi “coincidir” con una generación que muestra interés por los temas clásicos –y para ello usan de soporte las Escrituras- la labor de Wiseman no tiene las motivaciones de Lewis Wallace con Ben Hur (1880) o del Quo Vadis? de Henryck Sienkiewicz (1896). El cardenal practica el apostolado de la época: imparte charlas de universidad en universidad, de escuela en escuela, de catedral en catedral. Y en cada lugar forma a los más valiosos para que continúen su labor cuando él parta. La novela, por tanto, es usada como un método más.

Fabiola es la joven hija de un rico procónsul romano que no encuentra la felicidad pese a poseer todo lo que el mundo ofrece. Sin embargo, detecta que su esclava Syra, su prima Inés o el soldado Sebastián tienen lo que ella anhela. Y acaban muriendo por ello. La conversión de la mayoría de los paganos que aparecen en la obra, incluido Fulvio, perseguidor de cristianos que llega a atentar contra la vida de Fabiola, cuyas riquezas pretender obtener, culmina el propósito revulsivo frente a nuestra fe lánguida, nuestras prácticas escuetas y nuestro titubeante credo.

Wiseman va guiando al lector en la moral a través del arte. Le sumerge en la trascendencia y en el propósito de la vida mientras le introduce en una casa frente al Campo de Marte y describe un patio de mármol en el que se oye correr cristalinas aguas traídas de las colinas Tusculanas por el acueducto de Claudio.

No me resisto a traer aquí las palabras de Ignacio Peyró (gran) prologuista y traductor de la obra para la feliz reedición de Biblioteca Homo Legens: “Cualquiera que lea Fabiola con la sensibilidad despierta apreciará ahí un amor, un deleite curioso y sorprendente en la descripción de la campiña inglesa, de las ruinas romanas, de un país sureño, exaltado y bello.”

Nicholas Patrick Stephen Wiseman nació en Sevilla, la Roma andaluza, en 1802, por motivos laborales de su familia anglo-irlandesa. La católica Irlanda y la católica España -ambas finadas en la actualidad- configuran el genotipo y el ambiente en un hombre celoso del rito, cultísimo orientalista e inteligente hombre de Iglesia. Se empeñó en la conversión de la élite de Albión y se dice que tuvo que ver en la de John Henry Newman. Cuando escribió Fabiola, Wiseman era ya el primer cardenal arzobispo en la sede católica de Westminster en Londres. Murió en esa misma ciudad el 15 de febrero de 1865.

La belleza narrativa y descriptiva en Fabiola o la Iglesia de las catacumbas contrasta con la persecución cruenta; la fe de aquellos con la nuestra. El autor no pretende un tratado académico, y aún así, cartografía la época y las costumbres de los cristianos a las faldas del Quirinal. La reedición de la novela de Wiseman, publicada por primera vez de manera anónima en 1854, parece más que oportuna en estos tiempos. No sólo es pertinente porque se trate de una obra que no merece ser relegada de las bibliotecas contemporáneas para dar paso a otras -seguro- menos edificantes. Es que debemos colocarla en un lugar preferente, junto a estas palabras de Joseph Ratzinger en un discurso radiofónico del año 1968 y posteriormente recopiladas en Fe y futuro:”Pronto tendremos sacerdotes reducidos al papel de trabajadores sociales y el mensaje de fe reducido a una visión política. Todo parecerá perdido, pero en el momento oportuno, precisamente en la fase más dramática de la crisis, la Iglesia renacerá. Será más pequeña, más pobre, casi en catacumba, pero también más santa. Porque ya no será la Iglesia de los que buscan agradar al mundo […] El renacimiento será obra de un pequeño remanente, aparentemente insignificante pero indomable. Porque así es como obra Dios. Contra el mal, un pequeño rebaño resiste.”

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