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Reseñas
literarias
Washington Irving

Cuentos de la Alhambra

por:
Miguel Ángel Ferreiro
Editorial
Alianza Editorial
Año de Publicación
2014
Categorías
Sinopsis
Washington Irving, un importante autor estadounidense, decide realizar un viaje a España a principios del siglo XIX enamorándose de la ciudad palatina de la Alhambra, que se encuentra en Granada.   Mientras viajaba por Andalucía, Irving describe a los españoles de aquel siglo y región, habla de los duros bandoleros, a los que parecen temer y admirar al mismo tiempo. Cuando llegan a Granada, se le dio la oportunidad de quedarse en la parte habitable de la Alhambra. Irving estaba encantado con el entorno y pasó varios meses en la Alhambra explorando sus muchas salas, jardines, torres y otras características arquitectónicas. También se tomó el tiempo para aprender sobre su historia, recopilando los relatos orales de quienes la habían llamado hogar a lo largo de los siglos y trasladándolos a este libro como parte inseparable de su viaje.
Washington Irving

Cuentos de la Alhambra

¿Qué son los Cuentos de la Alhambra (1832)? ¿Es un diario de viajes, una colección de leyendas o una crónica de sucesos? Pues nadie lo sabe, pero Washington Irving logró combinar todos esos estilos en una sola narración.

Al mismo tiempo, la propia historia vivida por el escritor estadounidense en el transcurso de su viaje por España es un cuento en sí misma. Además de esto, y de los relatos legendarios que recopila durante varias semanas, el autor de La Leyenda de Sleepy Hollow (1820), describe las torres escarlatas, los arabescos de los salones y los jardines interiores tal y como estaban en 1830, añadiendo quizás una etiqueta más a su trabajo: el de guía turística.

El relato está salpicado de descripciones y escenas pintorescas que evocan los paisajes de la Andalucía decimonónica. Cuando Washington Irving llega por fin al palacio nazarí, describe las estancias de la Alhambra con un entusiasmo contagioso que hace que los majestuosos salones, por entonces en ruinas, se reconstruyan sin dificultad ante los ojos del lector. 

Habla con admiración de las muchas características arquitectónicas que componen la Alhambra, incluido el Patio de los Leones y la Sala de los Abencerrajes, precisamente, el balcón de esta Sala es el favorito de Irving que lo considera el mejor lugar para contemplar Granada y sus ajetreados habitantes durante todo el día.

Con tanto humor como poesía, Washington Irving describe los tesoros enterrados por los moros en Andalucía, las desventuras de Boabdil, último sultán de la dinastía, así como las historias de amor y odio entre cristianos y musulmanes.

El libro arranca con el viaje que Irving inicia en 1829 cruzando la distancia que hay de Sevilla a Granada, habiendo ya salido de Madrid. En esta primera parte describe a sus compañeros de viaje y las gentes que encuentra por el camino, llamándole mucho la atención la cantidad de armas que suele portar la gente en España, lo que interpreta como clara señal de la inseguridad que se vive en el país.

También se dedica a describir el paisaje, montañas, arroyos y a escuchar; sobre todo a eso, a escuchar las historias de bandoleros que cuentan sus compañeros en cada posada o alto en el camino.

Una vez llegan a la Alhambra, Irving, queda atrapado por las historia y leyendas de caballeros, reyes, sultanes y princesas que merodean sobre la ciudad palatina. Se queda allí con la guardesa, Antonia Molina y su familia, ganándose la amistad de Mateo Jiménez que se designa a sí mismo como guía del escritor.

Cada uno de los personajes que habitan la Alhambra cuenta al fascinado autor las leyendas que han oído sobre aquel lugar, naciendo así, de la boca de estos granadinos afortunados (por residir en uno de los más bellos lugares del mundo) los verdaderos Cuentos de la Alhambra, eso sí, bastante incongruentes e incompletos, lo que obliga al autor a completar todas esas lagunas con fuentes que pudo consultar en la Biblioteca de los Jesuitas de Granada, tal y como él mismo relata en el texto.

Irving explora junto a Mateo los interiores de la Alhambra y sus alrededores; con las historias y los textos que recopila de la biblioteca se va sumergiendo en la transcripción de los cuentos a los que trata de dar una pátina histórica.

Por todas sus salas, patios y pasillos va inventando escenas sobre sus antiguos habitantes además de tratar de situar las que ya conoce. La insaciable curiosidad de Irving brinda al lector, no solo una sensación de cómo sería visitar la Alhambra en el siglo XIX, si no que también lo lleva a la propia imaginación del escritor y a su visión de cómo sería el pasado de aquellas gloriosas estancias.

Tras varios meses explorando la Alhambra y escuchando las historias de su pasado, Washington Irving tiene que regresar a su hogar. El último capítulo se lo dedica a esta nostálgica despedida, como si describiera el despertar de un sueño:

«Granada, la vega y la Alhambra,(…) se perdieron par mis ojos, dando así fin el sueño más placentero de una vida que acaso crea el amigo lector que tiene demasiado de fantasía y poco de realidad».

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