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Reseñas
literarias
Lawrence Osborne

Beber o no beber: Una odisea etílica

por:
José María Contreras
Editorial
Gatopardo ediciones
Año de Publicación
2020
Categorías
Sinopsis
Dime cómo bebes y te diré a qué Dios te debes: a través de los siglos, las religiones y las culturas, la ingesta de alcohol se ha visto como una tradición venerable, un ritual divino, un irrenunciable placer mundano, una peligrosa adicción e incluso una enfermedad del alma. En Beber o no beber, Lawrence Osborne, nómada ilustre, gentleman dionisíaco y excrítico de vinos de la revista Vogue, recorre varios países de Oriente y Occidente con un único propósito: hacerse con un trago a todo trance, ya sea en un glamuroso hotel de Milán o en un tugurio de mala muerte en Pakistán, donde desafiar la prohibición islámica del alcohol puede acarrear consecuencias mucho más graves que una mala resaca. De copa en copa, nuestro turista beodo entra en contacto con culturas etílicas radicalmente opuestas, y se pregunta: ¿es el consumo de alcohol un signo de civilización y de cordura, o lo contrario? ¿En qué punto del espectro que va de la celebración del alcohol a su condena más absoluta se encuentra cada sociedad?, ¿y qué nos dice eso acerca de su ética y su estética? En estas crónicas irreverentes, desopilantes y políticamente incorrectas, Osborne logra la proeza de brindar agudas reflexiones sobre la siempre controvertida relación entre Oriente y Occidente..., sin dejar de empinar el codo.
Lawrence Osborne

Beber o no beber: Una odisea etílica

Cuando en la página 18 de Beber o no beber; Una odisea etílica, leí «un musulmán alcohólico me ayuda a no perder la esperanza en la salvación de la raza humana», cerré el libro, pasé la mano por la cubierta y me detuve en el nombre del autor: Lawrence Osborne… tú y yo nos vamos a entender. Y así ha sido, a pesar de los desacuerdos.

         Supongo que todos tendrán al señor Osborne leído y releído ―la Wikipedia asegura que varias de sus ficciones van camino del cine―, pero yo me he estrenado con este libro, al que llegué por otro libro de otro autor. Lo de siempre: un libro lleva a otro que lleva a otro que lleva a otro… y así hasta que, como Mallarmé, un día se descubre que la carne es triste. Porque al parecer la carne es triste. El mismo Osborne sugiere en este libro que la carne es triste. Qué se le va a hacer.

         Lo que me atrajo de Beber o no beber fue el título, pues lo único que me gusta más que las cosas que me gustan son los libros que hablan sobre las cosas que me gustan. Sin embargo, iba con cierta precaución por un desengaño reciente en ese sentido. Me refiero a Bebo, luego existo de Roger Scruton, un libro sobre el vino de una cargante sobriedad, de boca chica, de sorbitos y chasquidos de lengua. El libro de un turista muy, pero que muy entendido. De hecho, para quitarme el sabor de boca tuve que releerme el panfleto de Béla Hamvas, este sí dionisiaco, como también ha resultado serlo el señor Osborne.

         El autor es un sileno declinante que concibe el loco plan de ir de curda en curda, como de oca en oca, por países donde gobierna, o está en vías de hacerlo, el fundamentalismo islámico: champán en Omán, tinto en Islamabad, aguardiente en Beirut. Y son los segundos, es decir, aquellos países en los que el salafismo está alcanzando una fuerza que antes no tenía, donde la crónica resulta más descorazonadora. Es el caso del Líbano, Egipto o Turquía, cuyo presidente ha llegado a preguntarse en voz alta quién querría beber vino cuando es posible comer uvas.

         Así, el libro es un retrato de Oriente Medio a través de sus prohibiciones, lo que no parece mal criterio. Osborne insiste en que la actual animadversión hacia el alcohol ―del árabe al-kuḥl― no es tan antigua ni tan indiscutiblemente coránica. De hecho se recrea en ciertos versos de la tradición árabe y en alguna que otra borrachera califal. Sucede que «la hostilidad musulmana hacia el estilo de vida occidental se ha centrado en el alcohol, símbolo de corrupción. Pero al mismo tiempo los extremistas toleran decapitaciones, drogas, heroína, secuestro y cultivan adormidera». De modo que cuando rechazan el alcohol, en realidad nos rechazan a nosotros, a los occidentales, o a lo que quiera que seamos a estas alturas.

         No obstante, el libro está lejos de idealizar el alcohol. Osborne es un Ulises que, aquejado de síndrome de abstinencia, avanza allá donde esté en busca de su verdadera patria, la bebida. Y si después de algunas palabras a media voz, miradas cómplices e indicaciones ambiguas, alcanza una barra y un camarero solícito en un rincón de alguna ciudad sarracena, lo que sucede tiene más de sórdido que de triunfal. Se bebe un vaso, dos, tres, «haciendo lo que se hace en un bar: pensar en la muerte y en las cosas intrascendentes que la preceden». Lo habíamos avisado: al final, la carne es triste.

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