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Reseñas
literarias
Juan Ramón Jiménez

Platero y yo

por:
Esperanza Ruiz
Editorial
Anaya
Año de Publicación
2021
Categorías
Sinopsis
"Platero y yo" es el mejor conjunto de poemas en prosa de la literatura española. Lectura de niños y adultos en todos los países de habla hispana. Traducido a las más importantes lenguas de cultura. Libro que es, entre otras cosas, elegía andaluza, autobiografía lírica, inmortalización del pueblo natal del autor y creación de un mito imperecedero: el burrillo de Moguer. Michael P. Predmore, especialista en la obra de Juan Ramón, ofrece en este volumen el texto cuidado de la edición alargada (1917), cuatro apéndices y un estudio de esta obra clave de la literatura contemporánea.
Juan Ramón Jiménez

Platero y yo

“Un momento, Platero, vengo a estar con tu muerte”.

El capítulo CXXXVIII, “A Platero, en su tierra”, fue escrito en Moguer en 1916, dos años después de la publicación, el día de Navidad de 1914, de la primera edición de Platero y yo. Se trataba de una selección de los editores de La Lectura que contenía 64 de los 136 capítulos que Juan Ramón Jiménez (provincia de Huelva, 1881) empezó a escribir en 1906, a su regreso a su pueblo natal. ”El recuerdo de otro Moguer, unido a la presencia del nuevo y mi nuevo conocimiento de campo y gente, determinó el libro”.

El poeta no escribe un libro para niños, “qué sé yo para quién escribimos los poetas líricos”, pero cuando se publica con ese fin no le quita ni le pone ni una coma. ¡Qué bien!, exclama. No es un libro escrito para niños, sino escogido para ellos. Juan Ramón Jiménez cree, como creía Cervantes respecto a los hombres, que a los niños no hay que darles disparates sino trasuntos de seres y cosas reales tratados con sentimiento profundo, sencillo y claro,

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”.

Quién no conoce el comienzo de Platero y yo, libro utilizado antaño en los dictados escolares. Quién puede no asombrarse -y descubrirse- con ese “vengo a estar con tu muerte”.

Pero, ¿existió Platero? Platero es el nombre general de los asnos color plata y en la obra de JRJ es una síntesis de todos los burros plateros que el autor tuvo de muchacho. Todos los recuerdos con ellos están en Platero y yo; Jiménez –su infancia, su alma, su campo- está en todos los plateros de Platero. El burrillo es su pretexto, su confidente de emociones y pensamientos.

El poeta explica que en esta obra la alegría y la pena son gemelas, como las orejas de Platero. Ciertamente, es un libro de muerte, de vilezas, de pobreza; pero también de niños, de naturaleza, de colores.

Las mariposas y los colores. La mariposa en la obra de Juan Ramón tiene connotaciones de sobrevida. La Antigüedad clásica ya representaba a Psique (alma) como mariposa y el modernismo –corriente a la que se adscribe Jiménez- actualiza ese mito. En Platero y yo, el poeta va dotándola, con el simbolismo del color, de riqueza espiritual que se trasciende en eternidad. Cuando Platero muere, la mariposa es tricolor porque el burro ha dejado color en el mundo. Goteada de carmín, porque el sufrimiento en la obra de Juan Ramón es de sangre.

El color plata del pollino, el blanco que expresa pureza. El contraste entre el blanco y el negro, para oponer la belleza de la naturaleza y la fealdad humana; o las cabras negras que transmiten el temor de Platero ante la noche y las nubes blancas que lo calman con la cercanía del pueblo. El color amarillo que es el de su esperanza (el que llenaba su infancia en Por el cristal amarillo). Jiménez vivió su niñez, su pasado dichoso tras ese color, donde “todo acababa bien; era un término como el del beso del amor, como el de la gloria verdadera e íntima en el arte”. El color amarillo presente en los capítulos escritos con mayor lirismo es, además, el preferido por los pintores impresionistas. ¡Ah, la pintura!

Desde pequeño, Juan Ramón Jiménez se interesó por las artes y en especial por la pintura. Llegó a trasladarse a Sevilla en 1896 para estudiar bajo la dirección de Salvador Clemente, pintor de luz por el que sentía gran admiración. Su vocación poética eclipsó la pictórica pero la luz es tan importante en su obra, en sus versos en prosa, como para Sorolla en la suya. El pintor valenciano sería una influencia fundamental para el poeta onubense. Los colores y la luz le ayudan a adecuar lirismo y emoción, sensación e idea.

Esta semana está dedicada en Libro sobre libro a la novela rural. En Platero y yo el autor recupera el pueblo de su infancia, al que regresa en 1905, tras su estancia en Madrid, en condiciones muy distintas a las de entonces. Su delicado estado de salud y el empeoramiento de las condiciones económicas familiares por la muerte de su padre le llevan a querer recuperar el Moguer perdido. La prosa poética al servicio de un aljibe, de la hierba, los pájaros, un arroyo, los montes, una iglesia o una vieja plaza de toros.

Romántico y clásico al tiempo, evoca personajes de la vida familiar –con sus motes, y personajes grotescos- y cotidiana. La cabra Diana, el médico, Darbón, el perro Lord, sus sobrinas, las costumbres, tradiciones y fiestas religiosas. La naturaleza. Niños, gitanos, negros, húngaros, vendedores ambulantes. La muerte y la injusticia; la envidia y la crueldad. El lenguaje, el habla vulgar, las expresiones populares. La elegía andaluza que es Platero y yo. La ternura de Juan Ramón Jiménez volcada en un asno.

Tras seis años de estancia en Moguer, es convencido por Gómez de la Serna para que regrese a Madrid. Se aloja en la Residencia de Estudiantes y conoce a Zenobia Camprubí con la que se casaría en 1916 en Nueva York. La publicación de Diario de un recién casado supone un cambio en su obra. Comienza a utilizar el verso libre que relaciona con el mar y con los elementos naturales. De regreso a España funda la revista Índice en la que colaboran autores de la generación del 27 que le reconocen como maestro. En 1936 se exilia a América y, en 1951, fija su residencia definitiva en Puerto Rico. En 1956 recibió, tres días antes de morir Zenobia, el Premio Nobel de Literatura. Él fallecería dos años después, el 29 de mayo de 1958 en Puerto Rico.

Juan Ramón Jiménez dedicó su obra a la  ”inmensa minoría” para la que pretendió “aumentar cada día la calidad general humana, sobre todo en la sensibilidad”.

El autor de Platero y yo entendía el concepto de “pueblo” como una aristocracia intelectual capaz de comprender la poesía.

Platero, tú nos ves, ¿verdad?