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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Purgatorio

Ayer, dejándome llevar del melodrama, me recité al oído:

 

En mitad del camino de mi vida,

veo que lo he hecho todo sólo a medias.

 

Podríais pensar que el primer verso peca de notorio optimismo, ya, pero es lo que tiene —como sabe Miguel d’Ors— la intertextualidad. Lo malo es lo mío, mío: el segundo verso. Esta sensación de no haber rematado nada. Mi inglés, mi cultura, mi profesión, mi obra, hasta mis matrimonio y mi vida interior, todo a medias. Supongo que es lo que uno tiene que sentir en el Purgatorio, por cierto.

 

Pero esta mañana, al ver las fotos de los Reyes entregando a Francisco Brines el premio Cervantes, he recordado que ya vivía a medias desde mi más lejana juventud.

 

 

En plan lady Marchmain de Retorno a Brideshead, mi padre me impuso, si quería seguir estudiando en Navarra, irme a vivir a un piso con estudiantes que sacasen matrícula de honor. Mis compañeros previos de piso eran inocentes y todo mi despiste se debía a mi impetuosa vocación poética, como Charles Ryder con la pintura, digamos. Estuve, pues, dos semanas buscando por debajo de las piedras estudiantes brillantes que tuviesen una habitación libre para un extraño desconocido. Los encontré, y luego la historia se alarga en meandros inesperados.

 

Pero el caso es que en septiembre llegué a un piso habitado por desconocidos estudiantes de Medicina. Llamé a la puerta y me recibió un chico de Cuenca en bata, fumando, con un bastón de esquí en la mano que usaba con sospechosa pericia para cambiar, de un golpe exacto y seco, los canales de la televisión. Me dijo: «Tú eres el poeta, ¿verdad? Yo no sé nada de poesía, pero amo algunos poemas. Como éste». Y me recitó, en el hall en penumbra, de pie, entre maletas, este poema de Brines, «Los veranos» sin una vacilación, todo seguido:

 

¡Fueron largos y ardientes los veranos!
Estábamos desnudos junto al mar,
y el mar aún más desnudo. Con los ojos,
y en unos cuerpos ágiles, hacíamos
la más dichosa posesión del mundo.
Nos sonaban las voces encendidas de luna,
y era la vida cálida y violenta,
ingratos con el sueño transcurríamos.
El ritmo tan oscuro de las olas
nos abrasaba eternos, y éramos solo tiempo.
Se borraban los astros en el amanecer
y, con la luz que fría regresaba,
furioso y delicado se iniciaba el amor.
Hoy parece un engaño que fuésemos felices
al modo inmerecido de los dioses.
¡Qué extraña y breve fue la juventud!

Quedé deslumbrado y sombrío, todo junto. Por el poema, por supuesto, tan acorde al sentimiento septembrino que me embargaba. Pero también porque yo, con toda mi pose poética, no hubiese podido recitar tan de memoria y tan bien un poema contemporáneo. Me di cuenta que lo que yo creía un absoluto, no era más que una vocación a medias.

 

Y me hice el propósito, muy lejano a las intenciones paternas al redirigirme a ese piso, de redoblar mis lecturas poéticas, y poner toda la carne en el asador. La intención, al menos, la conservo intacta.

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