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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Propongo un propósito

Ayer fue un día más de lo liado que de lo leído. Tenía que optar entre quedarme en casa trabajando mi conferencia sobre el conservadurismo o ir con mi familia y otras familias amigas a la Sierra de Grazalema. O sea, era un conflicto entre el conservadurismo teórico y el conservadurismo práctico. Naturalmente, ganó el práctico, porque el conservadurismo, como nos ha enseñado Scruton,  no es una ideología.

 

El día me dio, además, el ciento por uno.

 

Vi claro el título de un libro futuro del que  no tengo más que el título, aunque esa es la métafora esencial (Sábato dixit) de cualquier obra. Y una amiga me contó una historia preciosa. Empecemos poniéndonos en situación. Íbamos sendereando cuando nos encontramos con un bolso muy lleno, de ante, con flecos de cuero, abandonado al borde del camino. Nos preguntamos qué hacer. ¿Abrirlo para ver si había un teléfono desde el que llamar o algún indicio de la identidad de la dueña? Llevarlo en depósito para evitar que nadie lo robase. (Hay que decir que el conservadurismo práctico implicaba no sólo el plan familiar, la convivencia con la little platoon de nuestros amigos de toda la vida y el conservacionismo conservador de amar a la naturaleza en vivo y  en directo, sino también un populismo intenso, porque la Sierra estaba hasta los bordes de gente.) Como deastrado oficial y perdedor de cosas nivel máximo, se impuso mi autoridad. Era mejor dejar el bolso donde estaba, porque nada nos irrita más a los desordenados que nos desordenen nuestro desorden. Era probable que la chica desanduviese sus pasos y recordase dónde se dejó el bolso. No debíamos desconcertarla… más. Todo el mundo se rindió a la voz de la experiencia, y allí dejamos el bolso, entre los matorrales.

 

Fue entonces cuando mi amiga contó su historia. Una prima suya perdió, olvidó o le robaron el bolso. Llevaba dinero en metálico, tarjetas, carnets, y todo el surtido inimaginable que puede ir en el bolso de una señorita, ese arcano. A los diez días le llegó un sobre a su casa sin remite. Lo abrió. Era el diario que ella llevaba (en el bolso y en la vida) y traía una nota manuscrita. Decía el ladrón (ya sin duda, porque no devolvía más que el diario) que le hacía llegar su cuaderno porque había disfrutado muchísimo leyéndolo y  le rogaba que no dejase de escribir jamás. La lectura había alegrado sus días incluso más que el dinerillo que tanto le había aliviado, por otra parte.

 

Siendo el 3 de enero, me pareció una anécdota maravillosa para adjuntar yo también una nota. Pocos propósitos mejores para un año nuevo que llevar un diario. La vida es mucho mejor de lo que percibimos sobre la marcha. Reposar cada noche o al día siguiente lo acontecido es una sorprendente fuente de sorpresas, incluso para el que ha sido el desapercibido protagonista. Más tarde, además, remedia la pérdida de memoria y nos regala nuestra biografía insospechada. Vivimos el doble. Andrés Trapiello analizó el género aquí, aunque, como con el conservadurismo, es mucho mejor la práctica. Los diarios del mismo Trapiello son un ejemplo que incita a la (imposible) emulación.

 

Pero no importa si no logramos una cumbre literaria. Un diario siempre es una lectura apasionante para el que lo vivió y  lo escribió, lo escrivivió. Y así nos aseguraremos de que, al menos, nos devolverán algo cuando nos roben el bolso o la mochila. Y que, incluso, cuando optemos por la vida o la excursión antes que por el estudio o l o la escritura, también tendremos, al final, nuestra porción de literatura legítima.

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