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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Patente de corso

 

En el tren es donde se lee bien poesía. Lo dijo JRJ: el traqueteo tiene acentuación endecasilábica y los rieles son un correlato objetivo de los versos que te llevan tan rápido, tan bien, tan lejos. Ayer, de vuelta, leyendo a Aquilino, di con el poema suyo que más quisiera que fuese mío. Me asaltó la tentación de reunir en un libro otros esenciales que rapiñaría y titularlo Patente de corso. Porque el lector tiene derecho a ese abordaje. Me cubriría las espaldas Miguel d’Ors: «Lo que siempre he sabido: que los versos más míos / los han escrito siempre otros poetas».

 

De hecho, no lo haré porque todo lector de poesía es un corsario, con privilegio real. Sería redundante hacer un libro con lo que hacemos todos. Pero aquí no me resisto a poner el poema que le abordé, paradójicamente para soltarlo a navegar por esos mares de internet, donde he comprobado que no estaba y era una pena.

 

DÍAS DE SUERTE

 

No tienes más remedio

que salir a la calle ciertos días

en los que todo lo que emprendes

te sale bien por fuerza.

No te quedes en casa; no defraudes

a la vida que espera que la tomes

por la cintura para desmayarse

con los ojos cerrados y la boca entreabierta.

Mira que días así no se dan cada día.

Que el don del beso y la palabra

sólo en esos instantes

es cuando prevalece contra el tiempo.

Oh ciudades lavadas por la lluvia,

casas doradas por el sol caído

entre las hojas húmedas y trémulas.

Enamorados que bajo los arcos

de las plazas mayores y los puentes

hacen pequeño el mundo, con el fin

de que por su extensión no se pierdan sus sueños.

Tardes celestes y oro pálido, jardines

cerrados a las ocho en punto, bancos

de piedra, alambres del telégrafo

donde de dos en dos se posan los deseos.

No tienes más remedio 

que salir a la calle. Entre los tilos

del paseo, por la esquina

del torreón violeta,

tomando cuerpo de mujer

surge la vida y te sonríe.

Le hablas. Te contesta. Las palabras

son un juego de tenis.

Le preguntas su nombre. Ella replica

con una adivinanza. Y tú te ves

de tal modo en la cumbre de los años,

tan señor de las cosas, tan seguro,

que, cuando ella, intrigada, te pregunta

a su vez tu nombre,

tú te lo callas por modestia.

 

 

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