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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Papel

 

Un observación de Pedro Sevilla, en El amor es ahora me llevó de golpe cuarenta años atrás:

 

[Hablando de que saqueó la poesía de Julio Mariscal] No tengo remordimientos, porque nadie es culpable de meter los dedos en la despensa de sus padres. […] Me aproveché de Julio Mariscal en la misma medida que me nutrí con los besos de mi madre, así que mi conciencia está tranquila.

 

Eso que Pedro Sevilla descubrió por cuenta propia a mí me lo tuvo que decir un sacerdote en santa confesión. El sacerdote era don Anastasio, que auxiliaba a los de nuestro colegio, aunque su destino era capellán del Penal del Puerto. Los alumnos preferíamos confesarnos con él que con los jovencísimos sacerdotes, llenos de celo y exigencia. Nos asomábamos por debajo del confesionario para ver, con alivio, los zapatones del viejo cura. En la confesión —suponíamos que influido por el contraste con lo que oiría en la prisión— todo le parecía casi nada, y se hacía lenguas de lo buenos que éramos. Daba gusto.

 

Tendría nueve o diez años cuando pedí confesión muy compungido porque, llevado de una pulsión casi irresistible, entraba en el despacho de mi padre, que era un recinto sacrosanto, donde solía convocarnos para hablar sobre nuestras notas. Entraba en silencio, cuando la casa estaba sosegada, a la hora de la siesta, y me dirigía a su mesa, abría un cajón, y le mangaba unas pocas cuartillas que tenía timbradas con su nombre y apellidos, que eran los míos. Eran de un papel muy bueno, casi de tela. Como lo hacía con gran cargo de conciencia, no trincaba muchas hojas, lo que me hacía tener que volver al poco a por algunas más. Escribía en ellas alguna historia o un pequeño ensayo.

 

Don Anastasio me dijo que, técnicamente, un hijo no puede robar a su padre, porque todo es suyo también, como dice Pedro Sevilla por ciencia infusa. Y que me quedase tranquilo. Y que qué más. Y que qué buenos éramos. Etc. Yo creo que, ya sea por el apuro que pasé, ya sea porque había perdido el encanto de lo prohibido, dejé de robarle papel a mi padre, aunque la semilla ya estaba plantada. Esa obsesión de escribir con mi nombre impreso quizá perviva hoy en el subconsciente de mi vocación literaria. Desde luego, con su dosis incluso de mala conciencia asociada.

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