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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Paciencia materna

 

La nostalgia se parece a la caja de Pandora, pero al revés, porque nada se escapa, todo regresa, igual de impetuoso. He recordado mis tiempos de capa al viento adolescente en un artículo. Y me han vuelto de golpe muchas cosas que no cabían en el artículo y un sentimiento muy retratado por Rafael Alberti en la «Canción 8», de esa delicia de libro que es Baladas y canciones del Paraná.

 

 

En aquellos años que yo di por ir con capa, mi hermano Nicolás dio por ir de surfero. Y yo le decía a mi madre que cómo permitía que el niño fuese con esas pintas californianas. Mi madre, que me veía salir con la capa de mi bisabuelo (que ni siquiera era su abuelo, sino el de su familia política), no me dijo que cómo me atrevía yo a criticar las pintas de nadie, eh. Era lo más lógico, pero ella qué va. Me explicaba con una sonrisa (ahora sospecho a través de los años que veladamente irónica) que había que respetar la libertad de los hijos en todo aquello que no ofendiese a Dios, como era el caso de los dobladillos de mariscador y las bambas de colores. Una madre no pensaba quemar su reserva de buenos consejos en cuestiones intrascendentes.

 

La lección se me quedó y la vergüenza de lo ridículo de mi postura ide entonces me sonroja cada dos por tres. Aunque Nicolás ya lleva los dobladillos comme il faut, sigue, con cincuenta tacos, montando en tabla, como se ve en la foto de ayer. Su fidelidad a su afición quizá tenga algo que ver por la protección indumentaria que le prestó nuestra madre.

 

Aunque he hablado de paciencia en el título de esta entrada y luego de ironía, ahora que la estoy acabando he empezado a entender, treinta años después, que era orgullo. Tanto como la libertad, a mi madre le gustaba la pasión, la de un hijo por la vela, la del otro por la capa.

 

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