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Volver hacia la felicidad

La línea del final del mar. Hay una soledad singularísima en estas horas muertas de una mañana de verano. Una tristeza sosegada, mis huellas señeras en la arena, las olas acarician con cuidado la playa, en su finura caldosa ni siquiera llegan a romper. En la autobiografía de juventud que es el No está mal la soledad de Los Limones, las estrofas se suceden al ritmo en que bombeamos los corazones errantes: «Cierto que una vez una mujer casi me hace enloquecer / me conoció y se fue». No te he preguntado dónde estarás.

El corazón de Lily, del Río revuelto de Joan Didion, también es un tanto nómada: «No estaba segura de que su relación fuera a ir bien, ni aunque pudieran volver a aquella mañana en el río y empezar de nuevo; como no sabía exactamente qué iba mal, era inevitable que la segunda vez saliera mal también». A la mujer, confundida por el vaho de la memoria, todavía le cabía la esperanza de volver a la primera vez; aún no sabía que es imposible. Le golpeaban bien hondo las palabras que memorizó en la muerte de su padre: «porque a tus ojos un millar de años son como un ayer ya pasado y como una vigilia en la noche». Todo amor debilitado por el tiempo crepuscular, el de aquella América del 59 lo parecía, termina por ser un lejanísimo ocaso. Un ocaso matizado por Gil de Biedma: «Volver, pasados los años, / hacia la felicidad / – para verse y recordar / que yo también he cambiado».

Está el cielo gris brumoso y el ambiente cargado de electricidad. Un extraño impulso me lleva a la acción. Tiempo de hacer. Tiempo de saltar. Tiempo de quemar las cajas vacías de Trankimazin. Al doblar la curva, donde la ría se abre en un paisaje de luz, una actividad náutica inusitada. En estos días sin barco me embriago en el recuerdo del placer de leer bajo las aceñas, en un remanso de las corrientes, con la proa danzando al son de la marea y el risón poniendo pie a tierra. Quizá porque lejos del puerto se comprende mejor el trajín del corazón de tierra. De nuevo, la canción: «voy a donde llegan mis pies / piso el suelo desde el cielo y ya me ves / las cosas me van bien / aún puedo soportar mi estupidez». Hay días de verano, hay momentos de mar y brisa, hay horas perezosas que caen en saco roto, en que aspiramos nada más que a eso, a soportar nuestra estupidez.

De un tiempo a esta parte me conmueven las novelas de llaneros solitarios, perdedores enrarecidos a golpes, bohemios que vivieron al otro lado de la muchedumbre feliz. Vuelvo entonces a la melancolía de sangre y fuego de Lonesome Dove: «Dormía en la cocina; las ratas se habían comido las camas. Se sintió solitario y acabó sin poder recordar quién era. Pero todas las noches cogía la vieja barra y golpeaba la campana. El sonido resonaba por el pueblo y a través de Río Grande». Y me llevo también los poemas de aquellos que vivieron sin tocar el suelo que pisan los demás, como Emily Dickinson, como el Hölderlin más enloquecido, y como tantas veces Alfonsina Stormi: «Pude amar esta noche con piedad infinita / pude amar al primero que acertara a llegar. / Nadie llega. Están solos los floridos senderos. / La caricia perdida, rodará… rodará…».

Las caricias rodantes. Quizá sea una soledad contemplativa. Tan queda, que a ratos parece un regalo de Dios, por más que en la noche los monstruos dibujen en la ventana la sonrisa de una mujer embriagadora, rasgando las entretelas de todas las melancolías. Pero de día, fulgor y vitamina D, veo en los ojos de las rocas la piel del mar. La costra de salitre está invadida de huellas que son historias por contar. Pero el escritor está siempre ausente, como el poema de César Vallejo que viaja en mi cuaderno, tomado de Los heraldos negros: «Ausente. La mañana en que la playa / del mar de sombra y del callado imperio / como un pájaro lúgubre me vaya / será el blanco panteón tu cautiverio».

Todo en la bajamar, hasta la soledad, parece un homenaje a la literatura. La pleamar no, porque es un relámpago de exuberancia, un reflejo del placer, una alegoría de la plenitud y belleza; el cartel fluorescente de una discoteca de Ibiza repleta de tops, pastillas y minifaldas. Papel celofán es la pleamar.

Con la marea baja, en cambio, el mar escribe en cirílico sobre las rocas y la arena, tan tenue como la firma del viento en la arena seca, y todos sus cuentos, conmovedores, parecen estar aguardando la llegada del poeta, del novelista, o del borracho que los sepa transcribir al idioma de la sal, que los logre vivir y soñar en su mundo interior, y tejer para otros desde la madeja de un hilo de palabras de fuego y posteridad.

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