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Truman Capote: lágrimas por las plegarias atendidas

Hay gente mucho más interesante en persona que por escrito, y viceversa. Cuánta decepción cuando un jovencito admirador conoce en persona al escritor objeto de su admiración, y no tiene nada que ver con la fulgurante imagen que se había formado en su cabeza. El autor de versos que deberían ser cincelados en mármol a lo mejor tiene mal aliento, o una risa ridícula, o está cansado y no es agradable con el admirador. Es decir, es humano. Recuerdo que alguien me contó cuando conoció al poeta Julio Martínez Mesanza en persona. Esperaba, al parecer, que el autor de versos como «Hay espadas que empuña el entusiasmo / y jinetes de luz en la hora oscura» fuera una especie de fornido guerrero, de héroe contemporáneo de anchas espaldas y manos como panes. Y lo que se encontró fue a un humilde funcionario de corbata laborable y maneras educadas. También sucede al contrario: hay escritores a los que todo el mundo quiere conocer porque son el alma de la fiesta. Se cuentan de él, o ella, innumerables anécdotas, a cual más divertida o chocante –si no todas verídicas, todas entretenidas– sobre respuestas afiladas, peleas literarias, boutades proferidas en presencia de alguna autoridad. El problema del escritor-personaje es cuando el personaje se come al escritor. Durante mucho tiempo, aparecer en una columna de Paco Umbral, aunque fuera ridiculizado, era signo de distinción social, en el brilli-brilli de la sociedad madrileña del pelotazo. Pocos, muy pocos de lo que leían en diagonal su columna diaria, para comprobar los nombres destacados en negrita, se habían leído Mortal y rosa. Pero estaban deseando encontrarse con el escritor en un sarao –con sus gafas de gruesa pasta, y la sempiterna bufanda blanca– y ser caricaturizado al día siguiente por su pluma viperina. Hoy día hay muchísima más gente que comparte en redes citas de Oscar Wilde –tomadas de Google, muchas apócrifas–  que lectores de sus libros. Truman Capote es el paradigma de esta figura de escritor-personaje, pasado de copas y otras sustancias, cinico, frívolo, posando ante la cámara, con el que era glamuroso haberse ido de juerga.

Truman Capote

El Capote del cine

En España debieron de pensar que el título de la película Capote sería demasiado taurino, y lo extendieron al nombre completo. La historia no es un biopic, ya que la película ilustra solo los años transcurridos en la concepción, documentación y posterior escritura de A sangre fría. El genial –y llorado– Philip Seymour Hoffman encarna un personaje dolorosamente sensible, envidioso, egoísta, amargado. Con impecable esmoquin y pelo engominado, se convierte en el centro de cualquier fiesta en Manhattan, gracias a su sarcasmo y a su peculiar voz de niño grande. Pese a que lo de poner vocecilla es un recurso fácil, como lo ha sido siempre la discapacidad en Hollywood (Rain Man, Despertares, Yo soy Sam), es esta una de las mejores interpretaciones de Seymour Hoffman, que consigue transmitir la ambigüedad inquietante en la relación entre Capote y el asesino Perry Smith, nervio de la trama. Cómo entiende su manera de ser, el origen de su marginalidad, consiguiendo que se abriese a él en las visitas a la cárcel, y por carta, mientras acompaña todo el proceso hasta la ejecución de los dos culpables. En este viaje al profundo Sur le acompaña su amiga de la infancia Harper Lee, autora de la exitosa novela Matar a un ruiseñor (éxito, por cierto, que despertaría la envidia de Capote, según recoge la propia película). De esta novela también se hizo una excelente película, con Gregory Peck.

El niño sureño

Truman Capote con su padre.

«Comencé a escribir a los ocho años, inesperadamente, sin la inspiración de un modelo. No conocía a nadie que escribiera. En realidad, apenas si conocía a alguien que leyera. El hecho era que sólo cuatro cosas me interesaban: leer, ir al cine, zapatear y dibujar. Luego, un día, empecé a escribir, sin saber que me había encadenado, de por vida, a un amo noble pero despiadado. Cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo tiene por finalidad la autoflagelación». 

Estas palabras, del prefacio de Música para camaleones, me impresionaron mucho tal como las coloca Pedro Almodóvar en el portentoso arranque de Todo sobre mi madre (del final mejor no hablemos). Aunque las citas googleadas de Capote son conocidas y abundantes («La vida es una buena obra de teatro con un tercer acto mal escrito», o “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”), en esta de Música para camaleones se desvela el origen, el epicentro de la buena literatura de Capote. No solo en el hecho vocacional, planteado como trágico (el látigo para la autoflagelación), sino sobre todo en el dibujo rápido que hace del niño Truman Streckfus Persons –García Capote por el segundo marido de la madre, canario–; niño solitario, lector y creativo. 

En el fondo de su copa vacía –vaciada tantas veces– de champán o de bourbon, hay un poso, un lugar, la luminosa Nueva Orleans de su infancia. El mismo escenario que Harper Lee pinta de forma colorida y vivaz, como un Edén purísimo de inocencia, en Capote está enterrado muy al fondo de su frívolo mundo de cócteles y artículos de cotilleo. Pero ahí está, si se mira bien, ese poso melancólico, esa desubicación, ese querer ser siempre algo distinto, como Holly Golightly en Desayuno en Tiffany’s. Ese niño sureño, lleno de deseos y temores, es el que nos habla en el fondo de la prodigiosa literatura de Truman Capote.  

Trapos sucios

En un documental reciente, The Capote Tapes, se ilustra el final de su vida, y el desmoronamiento de su obra. Se enfrascó en la escritura de una novela, Plegarias atendidas, que era, apenas disfrazada como ficción, un retrato realista de la alta sociedad de su época, en que se se iban a airear trapos sucios que nadie quería ver expuestos, y que anunció en entrevistas de televisión, adelantando fragmentos en la revista Esquire, mientras la publicación completa nunca llegaba. Se terminó publicando póstuma e inacabada en 1987, y se ha conjeturado mucho sobre qué pasó con el resto del manuscrito. Parece que este truncado canto de cisne quería ser una revancha. ¿Revancha sobre quién? Quizás Truman siempre supo que la fiesta, las risas y el polvo de hadas –o cocaína– que lo rodearon desde que se hizo rico y famoso, valían nada y menos que nada. Que fue durante mucho tiempo un bufón para la alta sociedad neoyorquina, un freak de voz absurda, homosexual y narcisista y fuente inacabable de cotilleos. Temido, admirado, pero no querido. 

La cita de Santa Teresa que abre el libro, y le da título, tal vez encierra la clave de su final:

«Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que permanecen desatendidas».

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