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Tom y Huck, censurados

Hay encuentros tan importantes en los libros que parecen haber ocurrido en nuestras vidas. Cuando Sancho parte con Alonso Quijano hacia un viaje de aprendizaje y metamorfosis. Cuando el señor Darcy llega a Netherfield, y conoce el amor que resquebrajará el duro hielo de su altivo corazón. Cuando Gandalf llama a cierta puerta redonda y verde, de la que parte un camino hacia montañas y dragones. Cuando Harry conoce a Hermione y a Ron, y sabe que ya nunca estará solo. En las cálidas orillas del río Mississippi –o, como se decía antaño, Mississipí– entre bandadas de mosquitos, altos maizales, y perros vagabundos, dos muchachitos, uno pelirrojo y otro moreno, se encontrarán un día y estarán ya juntos para siempre.

El profundo Sur

Una novela puede ser buena por muchos motivos: estar escrita en un lenguaje ágil, divertido, o poético; incluir diálogos estimulantes y verosímiles; conducir la trama de tal manera que el lector se quede enganchado… y muchas otras virtudes técnicas. Pero cuando cerramos un libro y sentimos tristeza por la separación, por dejar de estar con esos personajes, que se nos han hecho íntimos. Cuando nos deja un sabor nostálgico, de añorar algo que no hemos vivido. Cuando eso sucede, estamos ante un libro que siempre nos acompañará, que será importante y defenderemos de los pedantes que lo critiquen. Tendrá un sitio fijo, no en nuestra antología académica, sino en nuestra vida.

Cuando Tom Sawyer, castigado, pinta la valla y consigue engatusar a otros para que le paguen por liberarle de trabajo, estamos ante una escena ciertamente divertida, al estilo de Mark Twain ,el acerado aforista, el humorista ácido. Sin embargo, está convertida en un sainete, en un lance tierno y humorístico a un tiempo, que nos sitúa de inmediato frente al decorado y a los personajes sureños de la época, que se muestran vivísimos en la escena (que, como todos los momentos clave de la Historia y Literatura usamericanas, ha sido versionado por Los Simpson).

Pero cuando conoce a Huck, y se escapan, y duermen en la isla del río, y fuman hojas de tabaco enteras en sus pipas de maíz, ahí surge un vínculo entre ellos, entre nosotros y el libro, que es más fuerte que muchos otros que no son de papel. Porque Mark Twain, que tenía fama de crítico y mordaz –y lo era– está yendo más lejos de otro modo con estas pinceladas aparentemente ingenuas de infancia a la intemperie: está tocando el tesoro escondido en una tierra más profunda y más fértil dentro de nosotros. El centro de esa época en que todo era posible, y éramos eternos. Y el verano era infinito. Ese cálido aire bajo los grandes árboles, mientras se oye a lo lejos girar las palas del vapor en el río, y el zumbido de un moscardón perezoso nos mece y nos acuna, y dormimos una siesta en la que no tememos nada, bajo el arrullo de la cigarra y de la orilla. Hasta que llega el indio Joe.

Melodrama y eucatástrofe

Ambas novelas nos llevan a ese ambiente de felicidad pre-púber, que será pionero y tendrá continuación en otras obras de diferente textura, calidad y género (El Club de los Cinco, Los Goonies, Harry Potter, Stranger Things), porque seguimos añorando la mezcla entre ingenuidad y picardía, entre seguridad y aventura, que se da cuando ya no somos niños pero todavía no hemos dejado de serlo. Es un punto exacto del tiempo, efímero y valioso, y que se nos graba a fuego para siempre, aunque lo olvidemos. Suele ocurrir en el pueblo de la abuela o en una vacaciones playeras o campestres.

Tanto Tom Sawyer como Huckleberry Finn se desarrollan en un momento así, miran con los ojos de esa edad, cuando el mundo es enorme, peligroso a la vez que atrayente, bullendo de promesas y amenazas. Pero, además, las tramas son sugerentes, con intriga y riesgo, y se pueden ver como libros de aventuras que derivan en melodrama (la relación con la viuda, la llorada desaparición de los niños), crítica social (la esclavitud, el afecto hacia el negro Jim), el amor juvenil por la hija del juez, y que concluyen en eucatástrofe. Este es un concepto manejado por el profesor Tolkien, fundamental en El Señor de los Anillos, y que se refiere al happy ending desde una perspectiva universal y cósmica. Al final todo sale bien, todos los cabos sueltos se anudan, aunque los momentos de angustia hicieran presagiar la desgracia total. En este sentido de page turner, de trama que engancha, ambas novelas son eficaces y emocionantes. Pero es muy superior aún su cualidad poética, el ambiente, la magia –si no hay más remedio que ponernos cursis–, de estos zagales en un pueblo perdido de la mano de Dios, alejado de los vaivenes de la Historia con mayúscula.

La Inquisición PC

Lo PCpolitical correctness– ha pasado de ser negociado de los escritores de discursos de senadores a ser una asfixiante dictadura, omnipresente en todo el mundo. Empezando por los U.S.A. Los no estadounidenses asistimos con pasmo –aunque la ola de lo PC se acerca más y más– ante el hecho de que haya palabras prohibidas. Nosotros podemos considerar que está mal usar la palabra «maricón», como insulto. Pero la podemos pronunciar para nombrarla, como tal palabra: «en el año X, era común la palabra «maricón»». En E.E.U.U. no es posible, so pena de destierro de la vida pública, de muerte civil.

La más prohibida de todas es la palabra «nigger», forma despectiva de referirse a las personas de raza negra. Pero es que ni siquiera para dar las noticias en la tele, si fuera parte de la información. Hay que decir «the «N» word». Así, nos encontramos ahora con bibliotecas universitarias que han prohibido Las aventuras de Huckleberry Finn porque su compañero de aventuras es «Jim the Nigger». Pero es que se decía así entonces, por el racismo de una sociedad esclavista, y como tal lo recoge Mark Twain al inventar sus personajes y el lenguaje que utilizan. Otro tanto sucede con «el Indio Joe», que es un personaje malvado. Además, el lenguaje procaz de los niños se ha considerado inapropiado para que lo lean en muchas escuelas usamericanas. Amén (nunca mejor dicho) de la coña marinera, con socarronería o fina guasa, que se trae Twain con los personajes «respetables», con el sentido público de decencia, y con la Biblia.

A este paso, nos desharemos de Platero y yo por el especismo poetizado de Juan Ramón Jiménez, de Lolita por su cruda exposición de la pedofilia, o de Harry Potter porque su autora piensa que los hombres tienen pene. Es un mundo de locos, y es el que estamos dejando a nuestros hijos. Al menos, los míos tendrán aquí escrito lo que pienso. Y conservarán un ejemplar de Huckleberry Finn y otro de Tom Sawyer escondidos en una guarida secreta de casa, para cuando vengan las hordas de neocensores a acabar con la libertad y la alegría.

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