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Por aplacar la soledad

Camino por los estrechos caminos de Little Hintock en el rural inglés. Salpicadas casonas de piedra y mil tonos de verde en los árboles y arbustos que estrechan la ruta. Me ha arrojado allí Los habitantes del bosque. En estos días de convalecencia otoñal, el día irrumpe de puntillas en la penumbra, saluda, y se marcha en silencio. También las calles de la ciudad del mar se han vuelto húmedas y no me cuesta imaginar los pueblos reverdecidos de las montañas próximas, con sus silencios entre las fincas, las chimeneas humeando aromas de niñez, y los pájaros inmunes a la lluvia como único testigo de lo que allí sucede. “Allí los árboles, ya sean maderables o frutales”, las bellísimas descripciones de Hardy, “proyectan luces y sombras sobre los arbustos que flanquean la vía convirtiéndolos en jirones. Sus ramas bajas se extienden por encima del camino, en cómoda horizontalidad, como si pudieran tenderse sobre el aire frágil”.

Tras sus años de exquisita educación lejos de Little Hintock, a la bella y delicada Grace Melburny, de vuelta al pueblo, ya no le seduce la idea de casarse con quien siempre pensó que lo haría, Giles Winterbone, que la recibió con honores, pero con su rudeza, que de pronto se le había vuelto decepcionante. En cambio, el aristocrático, solitario, y misterioso Edred Fitzpiers, nuevo médico de la región que acaba de instalarse en el bosque, cautiva sus sentidos en un arrobo de novedad, enigmas, y elegancia. Hay pocos secretos que pueda ofrecer la sencilla vida de Giles. Edred, en cambio, es un amor incipiente, porque Grace siente el impulso de penetrar en su halo de misterio.

Todo amor naciente es un cielo raso. Los días previos, los primeros días, un observatorio, como dos aves raras se contemplan con extrañeza y felicidad. Los remiendos de la piel irán saltando a medida que la proximidad enfoque lo que el corazón ensanchado desenfoca para hacernos creer que es solo una belleza de impresionismo. Grace convierte a Giles en un querido animal de compañía, pero con el desprecio de la que sabe que ahora jamás le dejará entrar en el umbral de su nueva alma, que ella ha alcanzado otro merecer lejos del pueblo, y levanta un edificio enorme sobre Edred, que el viento de la realidad hará tambalear.

“La gente que vive aislada, como yo”, confiesa el doctor a un receloso Giles, “en la soledad de este lugar, se carga del fluido emocional como una botella de Leyden se carga de electricidad, pues no tiene a mano un conductor que le permita dispersarlo”. “El amor humano es algo subjetivo”, prosigue, “se trata de una dicha acompañada de una idea que proyectamos sobre cualquier objeto pertinente que se encuentre en nuestro campo de visión”. Giles lo traduce a su sencillo idioma: “eso es lo que por estos lares conocemos como enamorarse”. Y el doctor apostilla: “le doy la razón si usted admite que estoy enamorado de algo que está en mi cabeza y no de algo que existe por sí mismo fuera de ella”.

La subjetividad del enamoramiento es quizá la mayor de todas. El solitario, como el tímido, siempre se enamora en su cabeza. Llega a palpar el amor real, alzado por su imaginación, se alimenta de los breves instantes de camaradería con el corazón ajeno, aún ausente, a veces definitivamente lejano. En otro momento Hardy pone en boca del doctor: “¡Cómo recuerdo esos momentos! La noche, la mañana, el rocío, el lugar. Cuando supe que se había marchado fue como si un hierro helado me recorriera la espalda. Fui al lugar donde la había visto por última vez, me tumbé en el césped y, como no era más que un crío, los ojos se me llenaron de lágrimas. Aunque usted no tenía nombre y me era desconocida, no pude olvidar su voz”.

En el fondo, la soledad del doctor no es diferente a la de otro médico, cirujano, Fredrik Welin, protagonista de Zapatos italianos y Botas de lluvia suecas. Encanecido y retirado del mundo, avanza por los senderos de la vida en el refugio de su pequeña y gélida isla del archipiélago de Estocolmo, en la que es el único habitante; rompen la monotonía del lugar las visitas del cartero Jansson, que no le hacen especialmente feliz. Welin, sin embargo, va muchas estaciones de aislamiento por delante del Edred de Hardy, por eso a veces responde con indiferencia y naturalidad ante un hecho sobrecogedor: “Estoy bastante hecho a la tristeza”. Y al igual que en la novela de Hardy y en la vida, el paisaje es catalizador de sentimientos: “Las aves migratorias inspiran con su partida hacia el sur una clase de melancolía de especial naturaleza. Del mismo modo que su regreso infunde alegría”. Y empuja a la propia contemplación: “Buscaba un lugar resguardado y me sentaba a meditar sobre por qué había elegido convertirme en el que era”, “pero ¿por qué me había convertido en una persona siempre a la búsqueda de escondites, en lugar de aspirar a la compañía?”.

En Botas de lluvia suecas parece vislumbrarse toda la decadencia de un tiempo y una sociedad, la nórdica, que se apresura al declive. Allí la soledad ya no es un estado transitorio, algo sobre lo que reflexionar, sino una estación término: “la hora siguiente jugué al póquer conmigo mismo. Esa es la expresión más triste que conozco de la soledad. Por otra parte, me siento tan derrotado por el aburrimiento y el cansancio como cuando intento ganarme dinero a mí mismo. No se puede caer más hondo en la soledad”. Quizá por eso, poco antes, se había entregado a la ensoñación con una periodista que le visitaba a menudo, tras acercarse para cubrir el incendio que destrozó su casa y casi todo cuanto poseía en la isla. “Dentro de mí aún añoraba ese amor que ella no podía darme. Pero yo estaba cada vez más agradecido por su compañía. Yo era un hombre viejo que tenía una amiga. Ella hacía que me sublevara contra mi presente desánimo. Soportaba ver mi cara en el espejo. Me afeitaba bien, no hacía concesiones. Gracias a ella tenía algo por lo que seguir adelante”.

No sería para siempre su compañía. Pero ese estado irreal del enamoramiento no necesita la fidelidad de la presencia, a veces respira mejor en la enigmática quimera de las ausencias. Fredrik no es más que cualquiera; presente o ausente, quimérico o real, ese latido del corazón, siempre es lo mismo: como norma, si te hace mejor, merece la pena.

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