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Los anillos demediados

Ya resultaba sospechoso que el propio título oficial de la serie pusiera tanto énfasis en citar la obra magna de Tolkien, hasta el punto de caer en la repetición literal: El señor de los anillos: los anillos de poder. La vulgaridad de la anáfora tenía como misión gritar a los cuatro vientos el reclamo, una especie de “ey, que no somos un universo nuevo, sino el de hobbits, magos, elfos y enanos de toda la vida. Siéntase usted como en casa”. Que ningún espectador albergara dudas sobre los referentes a la hora de pasar por caja.

Sin embargo, el tiro les ha salido por la culata a los creadores de la mayor apuesta creativa que Amazon Prime ha desarrollado a lo largo de su historia. Porque Los anillos de poder (empleemos la versión corta del título) ha traicionado su promesa, cayendo en algo inevitable siempre que se parte de un texto literario: la modificación del original para trasladarlo a un lenguaje distinto.

La mayor trampa venía descrita en los sosetes créditos iniciales. Según se nos recuerda en cada episodio, la serie televisiva bebe tanto en El señor de los anillos como de los apéndices de Tolkien. Por eso uno se rasca la cabeza con la insistencia del largo título inicial. ¿Una serie basada en un libro del que ya existe una celebérrima adaptación fílmica? ¿Unos apéndices y no El Silmarillion? Sobre el papel se entiende la operación creativa: amplificar cánticos, leyendas e historias narradas por los personajes en El señor de los anillos en los que reseñan sucesos de épocas anteriores. Emplear los apéndices para complementar esos referentes creativos y cementar las elipsis. Es decir, a pesar de la insistencia machacona del extenso título, El señor de los anillos es tan solo un marco narrativo y mitológico; unas reglas para el partido.

En consecuencia, los creadores han tenido que desarrollar historias que andaban implícitas y añadir multitud de personajes para configurar todo un mundo del que solo existían pinceladas. Y ahí es donde la promesa se ha convertido en maldición y la insistencia con el cordón umbilical de Tolkien en paradoja. Porque a Los anillos de poder les ha faltado frescura narrativa, complejidad dramática, caracteres de carne y hueso… y la fascinación épica del escritor inglés. Tanto insistir en la continuidad de la serie con El señor de los anillos ha evidenciado más aún las gigantescas diferencias entre ambas.

Así, los guionistas han combinado un puñado de personajes bien conocidos por la parroquia (Galadriel, Elrond, Sauron), otro capazo de personajes citados en los libros pero sin amplio desarrollo en el canon y, en tercer lugar, una pléyade de caracteres creados ex novo para la serie. ¿El resultado? Un popurrí, un conjunto de retales cosidos sin armonía y a los que se les veían las costuras desde Minas Tirith.

Como es lógico, mucho tolkiniano de pro seducido por la promesa explícita del título ha hecho bola con las variaciones sobre el material original, como esa Galadriel unidimensionalmente guerrera, ese universo élfico falto de majestuosidad o esos pelosos migrantes capaz de dejar a uno de los suyos en la estacada. Para quienes venían al encuentro televisivo con menos conocimiento literario de la Tierra Media (la gran mayoría de los espectadores), los problemas han radicado en la debilidad dramática: las discutibles decisiones estratégicas de Míriel, los difícilmente creíbles manejos psicológicos de Halbrand, la falta de cuajo de Isildur, la torpeza de las encapuchadas para identificar villanos o el heroísmo forzado de Brownwyn, por citar los más llamativos, por inconsistentes.

Tras acabar los ocho episodios de la primera temporada, la sensación que deja la serie es más agria que dulce, a pesar de la espectacularidad evidente de algunas secuencias de acción (¡certero Arondir, acrobática Galadriel!) y del despampanante nivel de producción. Mucha pasta y mucho artificio, sí, pero fallos sangrantes en una narración tan dispersa y un dramatismo tan grandilocuente. La ejecución de la historia ha patinado, pero intuyo que los problemas parten de una adaptación que jamás tuvo muy claro su grado de fidelidad al material original. Y no, no necesariamente es mejor la adaptación más fiel; hay decenas de ejemplos que han brillado cuanto más se han alejado de su semilla (la genial Watchmen de HBO, por citar un ejemplo reciente). No. El problema de Los anillos de poder ha sido de foco, de no ser ni chichá ni limoná, que se dice en castizo. Ha querido obtener todos los beneficios de la fama de su predecesor y todas las ventajas de innovar y modernizar.

Y, así, se ha quedado en tierra de nadie, en un tedioso medio camino. Los anillos de poder propone una adaptación demediada, en el doble sentido que recuerda la RAE: es una traslación que, ante la falta de derechos, andaba necesariamente limitada. Al mismo tiempo, ha sido una adaptación que ha gastado el universo de Tolkien, haciéndole perder parte de su valor. Porque las franquicias adoradas por el gran público no soportan bien pasos en falso tan aparatosos como este de Amazon.

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