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Las luces rojas del camino

Dos cafés para abrir los ojos. Remolinos de nata y oro. Vida. Anoche me dormí de pie en el ascensor. Una pequeña epifanía. Dos cafés y la vida cuestas. Azul eléctrico y relámpagos anaranjados. Bonita mañana para llenarse el pecho de aromas de mar y bronceador. El viejo motor de la ambición está gripado. Un año más. Grabo con los dientes otra muesca en el revólver. No creo que pueda impresionarte. Desde que tengo a John Wayne guardándome la espalda en la pared de mi escritorio, no he vuelto a disparar.

Con tantas velas ya no se ve la tarta. He pedido ayuda para soplarlas. Nunca tuve una gran capacidad pulmonar. Si ahora la he ampliado, es solo por la de veces que he tenido que contener la respiración para decidir si cortar el cable azul o el rojo. Un destello de satisfacción: comprobar que aún no he saltado por los aires. Quizá por eso la ciudad se despereza hoy con los ojos brillantes.

«La cara no se ha mantenido inmune al paso del tiempo, sino que lo registra con cicatrices, surcos, arrugas y erosiones», leo a Steinbeck, y me deja con la sensación de que no he vivido, entonces. Frente al espejo, las cicatrices van por dentro. «En China existía una ley no escrita de acuerdo con la cual cuando un hombre le salvaba la vida a otro pasaba a ser responsable de esa vida hasta el final de su existencia», escribe en Viajes con Charley, «el salvador había alterado el curso de los acontecimientos, así que no podía eludir su responsabilidad». De modo que, sospecho, siguiendo el código oriental, también estoy a tu cargo. En la primera doblez de la cuarentena comienza a elevarse a los altares un extenuante sentimiento de agradecimiento. Quizá nos pasamos media vida guerreando y la otra mitad disculpándonos por haber sido tan pesados.

Tengo el desván lleno de discos que me recuerdan cosas que no quiero recordar. Han cerrado casi todos mis santuarios donde servían aquellos brebajes que nos hacían soñar con ser los peterpanes de una generación que se hartó de cumplir años sin crecer. Hay cartas de cuando los WhatsApp los traía el cartero. Pero entre el ruido blanco propio de la melancolía, resuena en las esquinas del alma el diapasón de Los Flechazos: «Nada me retiene en este lugar / mis ojos miran a otra dirección / no lo puedo evitar, no lo puedo evitar / prefiero ir solo con mi corazón».

No alimentan la grisura de la tristeza las ensoñaciones del corazón, que hoy me he levantado con todo lleno de brochazos de color, y tal vez sea el espejismo de algo nuevo. Pero una de las contrapartidas de cumplir años es que lo novedoso no suscita emociones positivas, como mucho, una pereza creciente y densísima. Pese a todo, releo a Frances Mayes y su escapada toscana y busco en el horizonte señales de los buenos tiempos por venir: «Sea como sea, las épocas de alegría llegan siempre con una primitiva inquietud que procede de algún lugar muy hondo». Llevamos en la sangre desde niños un reflejo innato, una añoranza de felicidad, como si antes de arribar al puerto de la vida hubiéramos podido surcar sus aguas a placer.

Contengo cualquier atisbo de vana esperanza con La posibilidad de una isla, obra tan repleta de cinismo que resulta encantadora: «La vida empieza a los cincuenta años, es cierto; con la salvedad de que termina a los cuarenta»; así rebaja el personaje de Houllebecq las aspiraciones románticas de las chicas que sobrepasan los cuarenta, a quienes atribuye la tendencia a interesarse por los tipos con cierto talento para el humor, lo que —añado— les enfrenta al peligro de llevarse puesto a un payaso.  

Al final ha sobrado tarta. Estaremos varios días volviendo a regocijarnos en los festejos, saboreando otro 13 de julio. Volverá a salir a flote el agradecimiento que nos hace encanecer. Y tendré que seguir pensando si acostarme con la insatisfacción nihilista de Houllebecq o con la calma esperanzadora de Frances Mayes. De nuevo, el cable azul y el rojo. Lo que es seguro es que volveré a Los Flechazos y a sus Luces rojas.

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