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Las lluvias que no llegan

De los últimos días de arena y salitre conservo aún la música de fondo de El Paseo de Robert Walser. Dios ha querido que mi oficio consista en caminar por la vida con los ojos entornados, pero siempre abiertos, para aspirar bien fuerte el mundo y sus temblores, y contarlo en diferido en cualquier renglón, ya sean intrigas políticas, desamores y tristezas, promesas incumplidas, bellezas de rubias melenas, o sueños robados a pie de calle. De modo que en El paseo no he sentido tanto el solaz del paseante, sino el recio día a día del escritor saliendo a cazar las emociones que dan vida a la vida.

Walser, a quien a menudo se le aparece la poesía en la prosa, se mueve en un divertido cinismo: «Los escritores que conocen su oficio se lo toman con la mayor tranquilidad posible. Con gusto sueltan un poco la pluma de vez en cuando». Y añade, tal vez como golpe de humor: «El continuo escribir cansa como el trabajo de la tierra». Lo cierto es que no cansa igual, porque donde allá te sudan las manos, acá te suda el alma. En todo caso, no profundizaré: comparar penurias es inútil, aburrido, y de una grosería infinita.

Para los días de colorear de sueños la grisura de la cabeza cansada, para los días de los últimos amaneceres soleados de septiembre, me guardo mi generosa aportación al multiculturalismo y a la extravagancia del armazón literario, que es el disfrute de la prosa colorida y detenida en el tiempo de Hiromi Kawakami. De pronto oigo la voz del agua es un remanso de esa sutileza literaria tan embriagadora que solo podría encontrarse en una novela japonesa. Contiene además la mejor definición accidental de la resaca emocional que nos queda al terminar un libro, por más que Kawakami no quería hablar de literatura sino de viajar: «El final de un viaje es siempre triste. Estaba un poco aburrida de su compañía, pero cuando comprendí que nuestra aventura se acababa me resistí a aceptarlo».

En el limbo entre el moreno que no se va, el calor nublado que asfixia, y las lluvias que no llegan, he encontrado también la falta de tiempo suficiente como para terminar la Aniquilación de Houellebecq. No escribe el francés para calmar conciencias y no hay razón alguna para leerlo tumbado en una playa mientras el mundo, su mundo al menos, se cae en pedazos. No hay dos opiniones iguales sobre cada uno de sus libros y tal vez parte de su éxito consista en desconcertar por completo a los críticos literarios.

Lo he leído en casa, claro, en el diván, en la gresca del tren, en los cafés y en esas terrazas de septiembre donde chicas morenísimas que marcan mucho las eses al hablar relatan con elevada excitación sus lujosas vacaciones ibicencas a otras que no le están prestando ninguna atención, pero que envidian en silencio el tono que ha adquirido su piel, meditando incluso la opción del atentado personal para satisfacer al demonio interno de la competencia y el odio ancestral. Es decir, lo he leído en el entorno ideal para ver cómo Houellebecq, sus luces y sombras, sigue siendo el gran cronista del nihilismo posmoderno, de la estupidez contemporánea, de la frivolidad buenista y, al fin, de la insatisfacción personal.  

Como en un ultramarinos de 1970. Tienes lo que quieras. Los niños por encargo, la eutanasia, el enjuague de la política, y la hipocresía de la inmigración. Es cierto que en la extensión y los recovecos de Aniquilación he sentido en algunos momentos algo inédito en la prosa del francés, la tentación del tedio, pero también lo es que los dardos que vuelan aquí y allá caen exactamente en las costuras rasgadas de Occidente, allá por donde la moral se disuelve y la vida sin brújula nos hace personajes infelices en sus novelas.

Que sea esta una gran novela o una obra menor es juicio particular del lector, y juicio abiertamente innecesario que quizá empieza a ser de buen gusto ahorrarse, por más que la afición al etiquetaje cultural nunca termina de apaciguarse. A fin de cuentas, incluso si Aniquilación no estuviera a la altura –que no lo creo-, sirve también para volver a demostrar a los críticos que un poco de Houellebecq es mucho.

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