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La promesa de brillar en todas partes

Enfrente han puesto un salón de té. No es fácil distinguir los pasteles de colores de la silueta de las niñas, tan rubias y transparentes, que se agolpan para contarse secretos en esas mesas diminutas que también parecen de caramelo. De mi lado está la oscuridad, los tonos ocres y el viejo piano lleno de polvo, expuesto como un altar a un tiempo pasado. Donde allá se comen dulces para olvidar, aquí se dispensan cócteles para soñar. Donde allá se habla de las dudas del ayer y del mañana, acá solo cuenta la ilusión del presente. Supongo que las dudas las despeja el sol de la mañana, o aquel libro que perdí en el tren, o tus ojos claros iluminando este antro. Las dudas vienen y van. Como tus ojos de cuarto creciente.

Aquí y en Villa Vitoria, el amor es mercancía de cristal. Débil y silencioso, si no lo agitas. “No era la primera vez que se enamoraba, pero nunca de un hombre al que pudiera respetar y admirar”, quizá por eso “tenía fama de fría, de corazón de piedra”. “En el fondo”, prosigue D. E. Stevenson, “era sumamente sensata; sabía que el amor estaba muy bien pero no duraba si no había otras cosas además, si no se compartían valores, si no hacían gracia los mismos chistes y se disfrutaba haciendo las mismas cosas”. De la sima del vaso asoma una piedra de hielo enferma de melancolía, la extraña mueca de una sonrisa.

La preciosa villa romántica, la joven y encantadora viuda Caroline, y su nuevo amigo, el apuesto señor Shepperton, que llega al plácido pueblo de Ashbridge para dejar atrás los sufrimientos de su vida anterior. Todo fluye en un mar de sosiego, cariño, y certidumbre, hasta que alguien agita los cristales y su ruido nos ensordece, la actriz Harriet, hermana de Caroline, instalándose por sorpresa en Villa Vitoria.

Nuestras vidas son un poco como la villa de Ashbridge. Lo pienso al mirarte, un poco cansado por el tiempo, tú tan de cristal y yo tan de madera; tú te rompes en más pedazos, a mi me quedan las huellas en cada hachazo. Todos intentamos ser como Harriet en La máquina del amor sagrado y profano antes de saber que su relación se levanta sobre una mentira: “Ella tenía sus problemas, especialmente David, y a veces la dolorosa sensación de un pequeño talento desperdiciado, pero era amada y amaba, tenía la conciencia tranquila y eso era suficiente, para alguien de su temperamento, para alcanzar la felicidad, esa profunda, confiada, y lenta relación con el tiempo. La suya era una felicidad triste, pero siempre sonriente”. Más tarde, la Harriet doliente fue otra: “Había asumido un tono de frialdad que era nuevo para ella. Qué grande era la armadura que se había visto obligada a forjar para protegerse”.

Amar después de doler. Se trata de que alguien te perfore la armadura, supongo. Se ha puesto a llover al otro lado de la cristalera. Tus manos son una hoguera de hielo. Hay algo inquietante en todos los libros de Iris Murdoch; no dejan reposar el alma en paz, pero no hablan de nada que resulte ajeno a cualquier corazón. Si en esta tarde otoñal suspiramos por un paraguas, en la zozobra de lo sagrado y lo profano deseamos ser Un caballero en Moscú, vivir ajenos al tiempo y al lugar en la idílica prisión de un hotel Metropol, no temblar ya con los horrores que se despliegan al otro lado de la cristalera y en la vitrina de los corazones que deambulan la calleja ciega, bajarnos a ratos de la gran ficción cotidiana. “Y entonces, una noche de primavera, a las cuatro de la madrugada, sin poder dormir, sale a la calle y acaba en Nevski Prospekt, recorriendo la misma ruta que recorrió con Katerina el día que ella le dio la mano por primera vez”, escribe Amor Towles, “y allí, cuando empieza a salir el sol, le sobrecogen pensamientos de una afirmación, una proclama, una promesa: la promesa de brillar en todas partes, siempre hasta el mismo final de los días, lo que, al fin y al cabo, es lo único que siempre le hemos pedido al amor”. La promesa de brillar en todas partes. No creo que haya un deseo más puro. Apuran el paso dos novios recientes, a los que examinamos descreídos como al borde de la jaula de un zoo. Pero en seguida nos resulta más sugerente la jaula propia. “Nuestra congoja”, concluye el conde, “es lo único que al final desmiente todo lo que es efímero en el amor”. También Diego Vasallo lo cantó a su manera: “todas mis canciones están hechas / de miedo a perderte / todas mis respuestas se han perdido / en algún lugar oscuro”. Escucho su canción de temor en el viento, mientras me pierdo por la ciudad bajo el paraguas, la madrugada, y el aguacero, contemplando la diagonal de fulgor de las gotas en las farolas, y mirando el reloj que, una vez más, he olvidado ponerme. Tu estarás brillando.

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