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Desde un castillo medieval

Creo que has vuelto al trabajo. Me gusta a veces el ruido de la ciudad en septiembre. Incluso ese rumor enrabietado de los coches, las conversaciones cortadas de los transeúntes que te cruzas, y el paso firme de los tacones, larguísimas las piernas, saliendo y entrando de oficinas entre urgencias. Te dirán que estás muy morena y que el verano te ha sentado bien, pero descuida, eso se lo dicen a todas.

Alrededor la ciudad se levanta en armas como una afición tras el interminable gol que vale un Mundial. El sudoroso que almuerza una ensalada mientras habla sin descanso por su móvil y consulta una agenda roída, el rugido penetrante de un taladro en la obra —ya nunca silban a Manolo Escobar—, y la marabunta entrando o saliendo de los edificios altos. Me gusta, quizá, porque septiembre es como subirse en marcha al tren de la rutina, y los trenes que nos traen recuerdos bonitos no eran en absoluto silenciosos.

Y, sin embargo, como el mutismo de las cuatro de la tarde en verano es ya un reflejo lejanísimo, a ratos buscamos la pausa del oído durmiente, una cafetería silenciosa, y una historia que nos lleve lejos de este ritual del murmullo de las alcantarillas, porque vivimos escapando de aquello hacia lo que corríamos ayer. En eso todos nos parecemos a ti.

Tiene Larry McMurtry la virtud de convertir a todos los protagonistas de sus libros en diferentes versiones del indio Caballo Loco, de quien escribió una deliciosa biografía. Quizá por esa manera de vivir al margen del rumor del mundo, es fácil subirse a su relato en estos días en que La Tierra parece girar en dirección contraria a nuestra propia órbita. «Caballo Loco fue desde el comienzo indiferente a las normas tribales. No demostró ningún interés, ni de joven ni de adulto, en el rito de la danza del sol que se celebraba anualmente, y no le importaban las ordalías de purificación a que se sometían muchos jóvenes siux», relata McMurtry, «asumió su virilidad como algo que le fue dado, y la demostró en combate a muy temprana edad. Los suyos tal vez lo tuvieron por un bicho raro, pero a pesar de todo se le permitió ir a su aire y hacer las cosas a su manera».

Su muerte fue de una épica tan afilada, que brotó el silencio en amigos y enemigos: «Entonces se diluyó la tensión. No sonó ni un disparo, y Caballo Loco —un hombre que había perdido a su hermano, a su hija, a la mujer que amaba, a varios amigos, su natural manera de vivir e incluso a su propio pueblo— inició su despedida de la condición humana y su entrada a la condición de mito».

En las horas muertas, ahora que anochece más temprano, me cae tu recuerdo, ácido y dulce, como una sábana negra sobre la cara, y eso me hace tropezar a veces con las esquinas de la madrugada. Pero, después de todo, de Caballo Loco he aprendido que hay que medir las fuerzas de los enemigos contra los que luchas, y batallar contra la memoria de un corazón conduce inevitablemente a la melancolía.

Si piensas en la alegría de vivir de espaldas a la primera plana de los periódicos, sin duda, terminas complacido en el mismo rincón que habitó Julio Camba. Tan cerca y tan lejos. La lentitud. Camba asumía la lentitud con literatura de oro. «¿Hay algo en el mundo que valga la pena ir a buscarlo de prisa? Esta diligencia marcha camino de Cambados», escribe, donde «recobraremos nuestro tedio o nuestra alegría, nuestro amor o nuestra infelicidad, nuestra estupidez o nuestro ingenio, según una providencia en la que nuestra prisa no puede ejercer la menor influencia. La fusta de este mayoral hará saltar la sangre sobre los lomos de las mulas; pero toda la sangre que en ellos brote será estéril para nosotros».

Y al fin mañana serán otra vez los días y los ruidos, las rosas y el bramido de los motores, y los vendedores ambulantes, y el terremoto del teléfono, que ya no excita tanto mi curiosidad, porque casi nunca aparece tu voz al otro lado, que a menudo es una señorita con la que nunca iré a cenar, sospecho, a menos que le compre su paquete de operador móvil tan ventajoso, y me cambie de compañía, y ligue mi permanencia de varios lustros a su sueldo de hoy.

Y si el tiempo es el juez, buscaré otra vez contigo el Abril encantado que hace un par de días evocábamos, para cuando el ruido de la calle ya no me parezca sugerente, y septiembre arrastre su pesada panza otoñal, viendo ya caer las primeras hojas del calendario desde lo alto de la espina de los árboles. Y, como a Lady Caroline, nos asaltará la «sospecha realmente desagradable» de que nuestra «vida hasta ahora había sido no solo ruidosa, sino vacía». Junto a las protagonistas que ideó Elizabeth von Armin, tan divertidas, tan soñadoras, y tan humanas, abrazaremos las viejas piedras de un castillo medieval, y elevaremos el puente que conduce a la gran ciudad, y apoyaremos nuestra espalda contra el portalón, para que la histeria de la cercana urbe no ose colapsar nuestro templo de las paces, los versos y los besos, y los sueños.

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