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Cuando el mundo se apaga

En un segundo, el gris vence al color. En un segundo, todo se desvanece. El flujo del calendario se enquista. El tiempo nos ignora. Parte médico: la incertidumbre. Despojado de toda vida como un árbol de invierno. Lacios los brazos, ocre el espíritu, escarcha en la cabeza, nieve a los pies. Los aromas vivos de la gran ciudad siguen ahí fuera, pero nada importa. El bullicio de vivir, se vuelve ajeno. El mar es el mismo mar. Las gentes a sus afanes, sorteando las inclemencias del reloj. Pero plomo, mucho plomo en las alforjas del corazón. La vida boca abajo demuestra lo poco que importa lo que importa.

Camino entre la muchedumbre como una sombra extranjera. En un segundo, todo en un segundo, todo en un segundo. Parte médico: la mala sospecha. Martilleo de palabras en el eco de la imaginación. El sol no es vida, es un fulgor de alegría que entristece al corazón compungido. La luz radiante siempre molesta en la oscuridad. Y paseo entre negrísimas sombras. Tan solo una pregunta, la vana esperanza de estar viviendo una pesadilla. Y unos ojos que te invitan a sonreír para siempre. El intento tembloroso de silbar una oración. En un segundo. No más. Las batas blancas. La mano purísima cruzada de agujas. La confusión del sueño y el café. El tintineo de las cuentas del rosario en el bolsillo por los pasillos de un sanatorio. La vida real, también esta.

Joan Didion lo sabe, porque lo esculpió para el panteón de las letras sangrantes. “La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante”. Los años del pensamiento mágico, la constatación de que la fe en el poder de los “números de teléfono” y del “propio talento directivo” es endeble, muy endeble: “Desde el día en que nos la habíamos traído a casa desde el Saint John’s Hospital de Santa Mónica: que no me marcharía. Que cuidaría de ella. Que no le iba a pasar nada. También se me ocurrió que era una promesa que yo no podía cumplir. Yo no podía cuidar de ella siempre. No podía no marcharme nunca”. Porque, a fin de cuentas, “en la vida pasan cosas que las madres no podemos impedir ni arreglar”. 

Y el tiempo no está nunca en nuestra mano. “El crepúsculo avanzaba rápidamente”, escribe Thomas Mann en el viaje sin reloj por la enfermedad y el dolor que es La montaña mágica, “Un suave manto rojizo, que en un instante había animado el cielo cubierto, había palidecido, y en la naturaleza reinaba ese estado de transición descolorido, inanimado y triste, que precede a la entrada definitiva de la noche”. Ahí se sume también el alma en incertidumbre. Herida en su flanco más débil. Lo que de verdad quieres. Cristal delicadísimo reventado por armamento nuclear.

“Un día estamos enfrascados en vestir bien, en seguir las noticias, en mantenernos al día, en bregar, en lo que podríamos llamar seguir vivos; y al día siguiente dejamos de estarlo”, escribe la autora en Noches azules, “un día estamos pasando con verdadero entusiasmo las páginas de lo que sea que nos ha llegado en el correo —puede que sea Vogue, puede que sea Foreign Affairs, sea lo que sea estamos enormemente interesados, contentos de tener ese manual para seguir vivos—, y al día siguiente vamos andando hacia el norte por Madison Avenue, pasando por delante de Barney’s y de Armani, o bien por Park Avenue, pasando por delante del Consejo de Relaciones Exteriores, y ni siquiera les echamos un vistazo al pasar”. Todo se vuelve insípido. Hasta el aroma del mar, hasta la luz del sol, hasta los abrazos.

Es un segundo. No es más que un segundo. Te mira a los ojos en su rutina, la bata blanca roída de lavados, las gafas caídas. Y expide la cuenta que la vida pretende cobrarse en la piel de tu piel. No hay silencio más hueco que el sucede después. No hay vacío en el alma mayor. El asedio de las preguntas vanas en la antecámara de los oídos. La sed de oxígeno. El desconcierto mayor. Como ya hice en Todo iba bien, vuelvo a Lewis: “Gran parte de una desgracia cualquiera consiste, por así decirlo, en la sombra de la desgracia, en la reflexión sobre ella. Es decir, en el hecho de que no se limite uno a sufrir, sino que se vea obligado a seguir considerando el hecho de que sufre”.

Los días, Dios mediante, y la alegre compañía de los libros, nos marcarán el camino a seguir, por más que la niebla se vuelva densa ahora. Y los días sean de terror como la boca de un lobo. Sigue ahí la sonrisa que te lleva. Como a Joan Didion. Como a Lewis. Porque las almas ansían la belleza, la primavera y la luz. Porque puede más la esperanza, supongo, después de todo. Y porque, nunca estamos solos, como cantaban los 091, “Sigue estando Dios de nuestro lado”.  

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