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Cecilia, el verso suelto

Cecilia es el «verso suelto» de la canción pop española. Pionera, con Juan Manuel Serrat y Luis Eduardo Aute, en la búsqueda de una escritura musical con ambición literaria; una escritura que juega con las imágenes, pero también con las historias y las ideas, en busca de una mirada diferente sobre la realidad que ha servido de inspiración a las cantautoras que llegaron después.

La metáfora del «verso suelto» procede del cantante y folclorista Joaquín Díaz, quien la recoge en su prólogo para Cancionero (Visor Poesía), el libro que en 2018 recogió todas las letras de la cantautora madrileña, de cuyo primer disco se cumplen 50 años: «Su vida fue como un verso suelto, libre de métricas impuestas, y su mensaje, una llamada de atención a una sociedad cansada, pero necesitada de cariño». Díaz, que conoció bien a Evangelina Sobredo, su verdadero nombre, y la ayudó a finales de los sesenta, cuando iniciaba su carrera musical, destaca además que «contribuyó con su poesía y su música a dar aliento y sentido a los sueños de varias generaciones».

Y eso que apenas tuvo 5 años, y tres discos —Cecilia (1972), Cecilia 2 (1973) y Un ramito de violetas (1975)— para mostrar su talento, pues un absurdo accidente de tráfico, en agosto de 1976, la obligó a abandonar este mundo prematuramente, con sólo 28 años. Dejó sin rematar decenas de canciones que evidencian su fogosa creatividad; canciones que se han ido dando a conocer paulatinamente, y especialmente en la última década, en discos póstumos como Canciones inéditas (1983), Mi muñeca (2012), Diálogos (2013) y Todo Cecilia (2016).

Hablar de poesía en relación con la música pop es siempre delicado y quizás sea mejor acogerse a la expresión acuñada por Enrique García-Máiquez, popsía, para referirse a esos momentos de destello literario que ocasionalmente se encuentran en la obra de ciertos cantantes. Y es que, en la canción, por importante que pueda ser la letra, raramente se defiende sola, como texto desnudo. También en el caso de Cecilia hay que hablar de eso, de destellos, de notables aciertos aislados, en un conjunto ameno pero generalmente liviano.

Hay ciertamente un puñado de grandes canciones en el repertorio de Cecilia, y quizás la más lograda, en su delicada ambigüedad, sea Un ramito de violetas, una historia de amor y desamor que admite varias lecturas, y a la que se le puede dar más de una vuelta. Por un lado, la canción parece censurar a esos viejos matrimonios cansados, que apenas tienen ya nada que decirse. Como también desnuda el mundo de las falsas ilusiones: ese amante escondido que alienta las fantasías de la mujer es su propio marido, de modo que su esperanza es en vano; nadie distinto vendrá a rescatarla. Pero es imposible no reconocer la misteriosa emoción del gesto de ese hombre que necesita crear una figura ficticia para expresarle a su mujer un amor que realmente le profesa. Podremos criticar su torpeza, sus inhibiciones o, incluso, su cobardía, pero no su sentimiento.

Hay otras canciones-historia en el repertorio de Cecilia, como Dama dama, y no es casualidad que sean las más celebradas. En esos temas, la cantautora mira el mundo desde fuera, como una observadora, y prima lo narrativo sobre lo lírico. Incluso si relata una experiencia personal, como en La Primera Comunión, donde contrapone la devoción de las niñas con el trajín organizativo de la monja que «pasillo arriba, pasillo abajo» se ocupa de que todo esté donde debe.

Pero Cecilia cultivó una segunda veta creativa: las canciones de ideas, tan inhabituales en el pop. El ejemplo más logrado quizás sea Mi querida España, una canción en la que logra trazar un retrato en gris, pero amoroso, de su país. Un retrato con el que, sorprendentemente, los españoles de todos los colores se identifican. La España de Cecilia es una España imperfecta, confusa, contradictoria, pero es suya y nuestra, que es un modo de reconocer la existencia de un vínculo emocional mucho más fuerte que los claroscuros que nos ha ido describiendo. Ese carácter emocional se subraya en los versos finales de la canción: «Mi querida España / (…) quiero ser tu tierra / quiero ser tu hierba / cuando yo me muera».

Pero cabe una tercera Cecilia, más existencial, más volcada a expresarse a sí misma, sus amores gozosos y los frustrados, sus alegrías, sus desesperanzas y sus fragilidades. En estas otras canciones aparece a veces la chispa de lo lírico en forma de imágenes y metáforas con gran capacidad deslumbrante.

En Fui retrata su decepción tras verse usada como amor de una noche con una doble serie de imágenes que va a más. La primera juega con los colores («Sé que me quieres azul, / sé que me quieres verde, /sé que me quieres rosa, / pero al caer la tarde/ sólo me quisiste roja») y le sigue otra con imágenes más físicas, incluso sensuales: «Fui una ola al romper / fui una hoja al caer / una brisa loca / pero al cerrar la noche /sólo fui una copa». “Ser una copa”, algo que se consume y se agota en sí mismo, es una gran metáfora de ese tipo de relación que no busca más que la obtención inmediata de un placer sin aspirar a ningún futuro.

En esta vía emocional, Cecilia destaca como la cantante de la fragilidad. Ahí encuentra muy probablemente una veta que la distingue de otros grandes cantautores de su tiempo. Nada de nada, otra de sus canciones más memorables, recurre nuevamente a la enumeración de imágenes metafóricas para evocar esa pequeñez en la que se reconoce: «La espuma del mar, / un grano de sal, o de arena, /una hebra de pelo / una mano sin dueño/ un instante de miedo / una nota perdida, /una palabra vacía en un poema. /Una luz de mañana, /así de pequeña soy yo, / nada de nada». Y a todo ello añade, en otras dos series menos logradas, al menos, otras tres metáforas más que notables: «una brisa sin aire soy yo», «soy un camino que no tiene destino», y «(soy) una estrella apagada». Una fragilidad que está a medio camino entre lo hermoso y lo terrible, pero que toca hondo.

No es la única canción en la que Cecilia aborda la sensación de liviandad. En Lluvia afirma: «somos plumas leves, somos fuegos lentos», mientras que en Tú y yo, otro de sus temas más populares, expresa la devastación que se siente tras perder a la persona con la que se sentía compenetrada y plena, y con la que todo parecía posible: «Tú y yo, tú y yo, fuimos trigo, fuimos tierra, / tú y yo fuimos luz en las tinieblas, / tú y yo, tú y yo, fuimos sol de madrugada / y ahora, si te vas, ya no seremos nada».

No puede negársele a Cecilia la capacidad para evocar ideas complejas a partir de imágenes comunes que cualquiera podía entender. Ese lenguaje común, por compartido, es la materia prima con la que se construye la cultura popular. Y la creadora de Andar enriqueció el acervo de la música popular española con un abundante puñado de imágenes e historias que todavía resuenan en nuestra memoria colectiva. Y que seguirán haciéndolo.

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