X
Nuestros
columnistas

Bendecir la rutina

Esconderte el pelo tras el perfil de la oreja. Así brillan tus ojos. Resplandece tu rostro. Lucerito marinero en la noche sombría de un pub sin nombre. Te recuerdo solo en ese gesto, escuchando, la sonrisa templada, la cabeza ladeada, y la piel en llamas.

Hablábamos de literatura, creo. Nunca vuelvas al lugar donde un día sonreíste ensortijándote un mechón travieso sobre la cara. Te lo dije. Me lo dije. Nunca terminaremos de hacernos caso. La memoria es traidora, como nuestra voluntad. Quizá porque el viaje siempre es demasiado largo. “Cuanto más viajamos, más complejo se vuelve nuestro sentimiento de nostalgia”, escribe Brodsky en Del dolor y la razón, “sin embargo, cuanto más se viaja, más consciente se es de que tampoco sirve acurrucarse en la habitación del hotel con un libro de Flaubert”. Y no hay viaje más intenso que el que conduce a tus manos desde la tiniebla del alma.

Me preguntas si todavía sonrío. No sé qué decirte. Sigo escribiendo versos que ya no son para ti. “Quien escribe un poema lo escribe sobre todo porque la escritura de versos es un extraordinario acelerador de la conciencia, del pensamiento, de la comprensión del universo”, dice Brodsky, “una vez experimentada tal aceleración, ya no se puede renunciar a repetir la experiencia”. Tal vez todo esto no responda a tu pregunta, pero confieso que es exactamente lo que pretendía.

Una vez se abrió la puerta de “las pequeñas y dulces gentilezas de la vida” que reseña en París Laurence Sterne en su Viaje sentimental, “como la gracia y la belleza, que engendran la inclinación hacia el amor a primera vista: sois vosotras las que abrís esa puerta y dejáis entrar al extraño”. Por los poros del dolor hablado, del sinsabor compartido, se filtra también la compresión, la invitación a la complicidad. Y mira hoy, que aunque nadie ha cerrado el viejo portalón de la ilusión primera, solo entra y sale la lluvia a placer. La lluvia y el ruido de la felicidad ajena. Luces de oro en las ciudades, aguacero navideño, nieve en la montaña. Lluvia de una inevitable melancolía. Quizá porque el hielo es hijo del frío, como la nostalgia, que es tiempo congelado.

Una vez estuve así. Frente a tus ojos de cristal trémulo, en aquello que por elegancia se describe aún mejor en Viaje sentimental: “existe un cierto tipo placentero de sonrojo, inducido en parte por la culpa, del que la sangre es más culpable que el hombre: el rojo humor es enviado con ímpetu desde el corazón y la virtud sale volando tras él, no para hacerlo volver al redil, sino para que su sensación resulte más deliciosa a los nervios. Todos son cómplices”. Fue el instante. La calle ya arrasada de madrugada. Las persianas bajadas. La hora de los poetas y los iluminados. De puntillas, me recolocabas el cuello de la chaqueta, podía sentir en el rostro tu suave respiración. Hay una distancia en la cual el llanero solitario se incomoda, se revuelve, acaricia el revólver, y otea discretamente las puertas disponibles para salir huyendo en caso de que en el ambiente pueda olerse el aroma de la pólvora.

Después fue una madrugada de semanas. Y entonces me confundí con aquel personaje de Oakley Hall en el western Warlock: “Parecía asfixiarse en la densa oscuridad. Se sentía viejo, y vacío de toda emoción, salvo de la soledad”. Asomaba el fantasma de esa otra reflexión en la novela de Hall, cuando todo parece encajar, las dudas se abren como flores: “él había creído que Jessie quería a un hombre, pero ahora vio, casi compadeciendo a Blaisedell, que sólo se había enamorado de un nombre, como una colegiala estúpida”. Casi todo en el enamoramiento es estúpido, salvo la indiferencia. También Kate asesta un golpe de despecho al confuso Gannon, el verdadero protagonista de la novela de Hall; su honradez compite siempre con sus dudas, que a menudo le empujan a la inacción: “He sido prostituta profesional. Pero soy capaz de querer, y puedo odiar por naturaleza. Pero tú no. Te limitas a contemplarte a ti mismo, a preocuparte por todo desde todos los ángulos posibles hasta que no te queda tiempo ni sitio para nada más”. El eco de un reproche confunde más aún al titubeante. Yo no conservo ni la excitación del reproche.

Esconderte el pelo tras el perfil de tu oreja. Charlar de los libros que hemos leído. Pensar en otra vida y otro lugar. Apagar la mecha prendida con la frialdad de la ausencia. Entregar los despojos de un recuerdo a los pies de la indiferencia del almanaque. Volver a los libros. Bendecir la rutina.

También te puede interesar