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Adela Turín: a favor de la variedad

Hace unos meses murió la italiana Adela Turin, creadora de la colección A favor de las niñas que en España publicó Lumen de la mano de Esther Tusquets. Yo crecí con sus cuentos, que me encantaban –y siguen estando entre mis favoritos–, pero si entrase hoy en las descripciones que hacen de ellos la mayoría de sus reseñas, centradas nada más que en la importancia de su mensaje de igualdad, no se me ocurriría comprarlos ni por un momento. 

Reducir un libro a su mensaje es el modo más rápido de meter en el mismo saco libros buenos y malos, y los libros de Turin eran fantásticos en sí mismos: contaban unas historias estupendas con unas ilustraciones maravillosas. Además, tenían un mensaje feminista, pero dejarlos en eso es hacerles una gran injusticia. Por un lado, estás dirigiéndolos en exclusiva a un público al que iban a llegar de todos modos. Y por otro, estás echando atrás a mucha gente que probablemente no sea contraria a lo que intentan transmitir, pero que está cansada de que le intenten dar gato por liebre, aburrida de que ciertas editoriales, apoyándose en una serie de valores –a veces bastante subjetivos– se olviden de todo lo demás: que la historia sea buena, que tenga matices, que esté bien escrita. 

Hace un par de años que Kalandraka recuperó cuatro de sus obras, para mi alegría, y me gustaría compartirlas con ustedes porque creo que merecen la pena de verdad. Las ilustraciones de Nella Bosnia, que a alguno puede parecerle que han envejecido regular, me parecen estupendas, entre otras cosas porque cambian bastante de un libro a otro y eso siempre me gusta mucho.

Rosa caramelo siempre fue mi favorito. Narra la historia de Margarita, una elefantita que llevaba regular estar encerrada en un vallado con las demás, alimentándose de peonías y anémonas para mantener la piel rosa y los ojos brillantes, mientras los elefantitos se revolcaban por el barro y se lo pasaban pipa. Aunque también podría decirse que cuenta la historia de cómo los elefantes acabaron siendo todos de color gris. El título no podía estar mejor buscado, porque realmente me daban ganas de pegarle un bocado, y fue el regalo que le hice a mi ahijada cuando cumplió un año.

La historia de los bonobos con gafas me hacía muchísima gracia, y me fascinaban las ilustraciones de las gafas oscuras con ese cristal azul un poco violáceo. Un par de bonobos llegan de un viaje a Londres con dos maletines llenos de gafas de sol. Al bonobo que se sepa las tres o cuatro palabras en inglés que han aprendido en su viaje, le regalan unas gafas. Las bonobas, mientras tanto, siguen encargándose de todo, pero de tanto oírlos se han aprendido las palabras y también quieren conseguir su par de gafas. El problema es que llevan unos pañuelos que les cubren las orejas, así que aunque las consiguen, se les caen cuando intentan ponérselas. Los bonobos, que son bastante lelos, se tiran de risa hasta que ellas se largan con las crías a otra parte y se encuentran con que ahora los que tienen que encargarse de todo son ellos. A mí esos bonobos repitiendo las tres palabras y creyéndose la bomba me parecían muy totales.

Una feliz catástrofe. De este es del que menos me acuerdo, pero me lo leí muchas veces y también le guardo cariño. La vida de una familia de ratones se pone patas arriba tras una inundación que hace que todos se replanteen su papel en la familia. Como dice en la página web de Kalandraka, a veces no hay mal que por bien no venga. 

Arturo y Clementina nunca lo tuve y llegué a él ya de mayor, pero me pareció estupendo igualmente. La historia que cuenta, de esa pareja de tortugas en la que ella no tiene nada de que preocuparse porque ya él se encarga de todo y la va colmando de regalos que en realidad no lo son tanto, porque tiene que ir cargando con su peso a todas partes, era de las favoritas de su autora. Yo creo que la moraleja de la historia sirve tanto para un matrimonio desigual como para el apego desmesurado a las cosas o la relaciones algo tóxicas en las que a veces nos encontramos envueltos, de pareja o no. Cada uno puede leer en ella lo que quiera, y yo creo que por eso funciona. En cuanto a los niños, creo que la disfrutarán porque es una buena historia. Igual que las anteriores. 

No creo que los libros tengan que estar al servicio de las nuevas sensibilidades de cada época, pero me parece inevitable –y fantástico– que reflejen la sociedad en la que nacen. Pero no es lo mismo readaptar un clásico para que encaje con los valores actuales que escribir algo nuevo que cuente las cosas desde otra perspectiva. Lo que me parece fundamental es que la historia sea buena, porque los ladrillos tienen poco recorrido; afortunadamente, la policía moral escribe regular, y por ahí nos vamos librando. Pero cuando el cuento aguanta el mensaje, quizá sea que el mensaje no está tan mal. En cualquier caso, es bueno que haya de todo, igual que hay niñas felices de comer peonías y anémonas y las hay que prefieren mancharse de barro y hacer el mono, o personas que prefieren la seguridad a la libertad mientras que otras disfrutan teniendo menos, pero haciendo lo que les parece. Imagino que lo que estoy intentando decirles es que les den una oportunidad a estos cuentos (a pesar de que tengan mensaje). 

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