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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

No acostumbrado

 

Me asaltó un saludado del que no sabía ni el nombre para preguntarme si tenía sitio en mi coche para llevarle a la misa conmemorativa de san Josemaría Escrivá de Balaguer en Jerez de la Frontera. Por supuesto. Aunque me entró la inquietud de no saber cómo llamar al caballero. Son las cosas que pasan en los pueblos (grandes). Te puedes pasar la vida saludando calurosamente a un anónimo, que sabe hasta que tú eres del Opus Dei, entre otras cosas.

 

El viaje en coche fue de lo más animado. Me enteré muy discretamente del nombre, que ya no se me olvida. Pero lo mejor fue un recuerdo suyo que también lo era mío. Me contó que una vez mi padre le llamó muy de mañana para ver si, aprovechando algún contacto suyo con la policía, podían hacer algo para sacar del calabozo a un chaval que en la feria del Puerto había tenido un altercado con la policía y le había arreado dos patadas en el pecho a un agente de la autoridad. Llevaba toda la noche preso.

 

Fue una magdalena (borracha) de Proust. Me acuerdo perfectamente de aquel día. El chaval en cuestión estaba en mi clase en el colegio y en mi universidad en el campus y era hijo de unos íntimos amigos de mis padres. Era y es un compañero muy querido. Recuerdo a mi padre al teléfono, y lo contento que estuvo conmigo unos días después a cuenta de que yo al menos no me metiese en esos líos. Pero me dio pocos detalles. El compañero me dio menos aún. Y ahí quedó todo.

 

Ahora el saludado ya ascendido a conocido precisó más de la historia. Lo ejemplarmente que se portó el amigo de mi padre y padre de mi amigo, que pidió disculpas a todo el cuerpo de policía por la pésima educación que ahora veía que había dado a su hijo. Se sentía culpable de todo, aquel señor de los pies a la cabeza. Aquello ablandó al inspector y al jefe de la policía.

 

Con todo, lo mejor viene ahora. Para poder soltar al muchacho, que tenía que ser puesto a disposición judicial, arguyeron una treta. En el informe policial dirían a la jueza que el joven no estaba acostumbrado a beber y que la novedad de la ingesta de vinos había dado lugar a ese desagradable incidente. Si se le condenaba, se estaba condenando de alguna manera su ingenuidad y una adolescencia tan sana que no había criado anticuerpos. Aquel informe policial, por lo visto, convenció a la jueza y ahí acabó todo. Fuese y no hubo nada.

 

Pero no para nosotros, lectores fanáticos de Retorno a Brideshead. ¿No les ha conmocionado profundamente el parecido de esta historia con la del juicio a Sebastian Flyte, tras su malhadada juerga londinense? La maniobra de argumentar que el hijo del marqués y estudiante en Oxford no estaba acostumbrado a beber vino es idéntica. Porque mi compañero de toda la vida era un caso similar. No sólo lo que él se había bebido por su cuenta, sino que venía de bodegueros de no sé cuántas generaciones, con un apellido vitivinícola que se olía a distancia, además del puesto de su padre en otra bodega. Era igual de irónico que lo de Evelyn Waugh. No sé quién imita a quién, si el arte a la naturaleza (Aristóteles) o la naturaleza al arte (Wilde), pero lo evidente es que confluyen (Máiquez).

 

El saludado que había sido ascendido ya a conocido y que terminó de amigo del alma tuvo que extrañarse mucho de que yo ya no dejase de reírme en todo el viaje de ida y de contarle lo de Brideshead y Sebastian Flyte. Como cuando conocí a Diego de Mora-Figueroa y no paré de hablarle de Charles Ryder con una insistencia que parecía etílica y ojalá no resultase impertinente.

 

 

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