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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Necesidad de adolescencia

El domingo comíamos en casa de mi padre. El rito empieza con una rigurosa puntualidad. Todos sentimos la presión de las manecillas del reloj, casi cuchillas. Como mi hijo Enrique estaba montando a caballo, y para no entretenernos, le encargamos que fuese en bicicleta, que tampoco está mal que  haga algún esfuerzo él, y no sólo el caballo.

 

Pero el niño se retrasaba y eso me extrañó. Pedí permiso, mi riguroso padre me lo concedió porque él habría hecho exactamente lo mismo y cogí el coche para ver qué pasaba. Pensaba encontrarme al niño de camino, subiendo sudoroso alguna cuesta, pero llegué hasta la cuadra sin cruzármelo. Todos seguían montando, gran ambiente ecuestre, menos él, que estaba al fondo tratando de quitarle la montura a su caballo. No podía desabrochar la cincha. Le pesaba el agobio. Se le veía de lejos. Cuando me vio aparecer tuvo una mezcla evidente —también se la noté de lejos— de alivio y susto. No le reñí. Metí la bici en el maletero. Luego quité la cincha. Dejamos el caballo en la cuadra. Y nos subimos al coche. Él se desplomó en el asiento del copiloto, más bien.

 

Dio un suspiro para echar fuera la presión de la angustia de esa media hora peleando con la montura. «Menos mal que has venido… ¡Qué bueno eres, papá!». «Nada que no vayas a hacer tú por tus hijos». «No sé si yo podré ser tan bueno», me dijo. Y entonces, antes de que me derribara la emoción y me empalagase la dulzura, caí en la cuenta de la auténtica necesidad de la adolescencia. Los niños tienen que pasar por una etapa muy crítica con los padres, en que perciban con nitidez de quirófano nuestras miserias y nuestras torpezas. No por masoquismo, sino porque comprendan que somos un modelo asequible, de fácil imitación, incluso capaz de retoques y de mejoras.

 

Mi padre, por su parte, no hizo ni la más mínima mención a la impuntualidad de su nieto.

 

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