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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Lección de mis libros

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Como hoy he escrito en el Diario sobre las lecturas de verano y los hijos, he recordado mis lecturas de adolescente. Podría enumerar bastantes libros. Pero me he dado cuenta de la lección que a mí me dejaron entre todos: fue una.

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Entonces lo guay era ser malote. Esto es, chicos bien que se portaban mal. Porritos, peleas, noches en claro (y en turbio), etc. En principio, la alternativa era o ser bastante pringado o, como mucho, plano, o intentar ser malote a medias, que resultaba completamente ridículo y contraproducente. No sé si ahora los adolescentes se dividirán así o serán todos malotes o todos pringados u otras cosas. Pero los de mi edad recordarán el tono.

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Pero yo leía mis libros, a Carmen de Icaza, a Agatha Christie, a P. G. Wodehouse sobre todo, a Stevenson, a Louis de Wolh, a Walter Scott, a Oscar Wilde, etc., y me fueron grabando algo a fuego: la bondad era una aventura superior —lo único capaz de sostener una historia—, y el humor estaba por encima (a años luz) de las malas caras y de los gruñidos resacosos. Los libros no me encerraron en su esquina, qué va, me lanzaron a mi mundo. Me llevaba bastante bien con los malotes porque ni los adulaba ni los temía ni, mucho menos, los envidiaba. Yo estaba instalado en la certeza inconmovible de que había escogido la mejor parte, la más divertida, la más aventurera, la más apasionante, la más excitante, la más exigente. Lo decían mis libros y lo comprobaba a diario.

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Y en eso sigo.

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