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En el almuerzo del domingo, mi padre regaló a Nicolás una caña de pescar vieja. Nicolás la quiere colgar, como un trofeo, en el descansillo de la escalera de su casa nueva. Yo recordaba de mi infancia esa caña, forrada de corcho, tan alcornoque como junco. Quizá aprendí a pescar en ella. No conocía su historia. La contó mi padre.
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Se la regaló su padre, el abuelo Pepe, al que nosotros no conocimos. Murió cuando mi padre tenía 19 años y conocemos pocas historias suyas. Antes, nos contaban a menudo los favores que él, nacional acérrimo, había hecho a los vencidos en la guerra civil; pero ya todo eso se está olvidando.
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Lo de la caña no lo voy a olvidar. Mi padre, que era un niño, se había aficionado a la pesca. Mi abuelo fue a Cádiz, a la tienda de enseres de pesca de la capital y pidió: «La mejor caña que haya». Se la dieron y él se la regaló a su hijo.
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Si hubiese sido para él, eso de pedir «la mejor» en la tienda buena de la capital habría sido algo pretencioso y pueblerino; pero, siendo para su hijo, es magnífico, a mi entender. No pidió una cosita pasable para alguien que empieza a aficionarse y quién sabe si le va durar la pasión. No. Tampoco mi padre por entonces era muy buen estudiante. O sea, no era un premio. Mi padre se las tenía tiesas con mi abuela, que era la que le exigía que estudiase a punta de zapatilla. La caña también tendría un punto de rebelión silenciosa ante lo estricta que era mi abuela del Puerto.
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Luego vino el destino. Nadie sabía que mi abuelo se iba a morir tan pronto, sólo cinco años después. Como la caña era tan buena ha durado 60 años, como la afición de mi padre, y ahora va a durar más, colgada de la escalera de Nicolás, que ha heredado la afición a la pesca. En la escalera es donde se merece estar.
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