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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

La gracia

 

La Vigilia Pascual de anoche en el Convento de las Comendadoras del Espíritu Santo fue extraordinaria. El sacerdote supo combinar la solemnidad, la piedad y la alegría en exactas proporciones desbordantes. Pero no vengo a hablar de religión, sino de la gracia. En un determinado momento, ya con lágrimas en los ojos de las ocurrencias del cura, la desconocida del banco de delante se volvió para preguntarnos de dónde podía salir tanto arte. Mi mujer, que lo sabía porque nos lo había soplado la hermana María, le explicó que el sacerdote era oriundo de Cádiz capital. «Ah», dijo la señora. Eso lo explicaba todo. Y la explicación corrió por los bancos como el fuego por los cirios: «Es de Cádiz-Cádiz». Y esto  a mí también me hizo mucha gracia y me recordó a Pericón de Cádiz.

 

En el Puerto de Santa María estamos a diez minutos de Cádiz, pero asumimos con naturalidad que los graciosos son ellos a una distancia sideral y que nosotros somos unos adustos norteños, gente fría y algo lenta, aunque noblota. Pericón ya lo explicó —porque es inexplicable— recurriendo al mito: el barco de la gracia naufragó en la Caleta y en la ciudad cogieron del cofre que rescataron lo mejor de lo mejor, a partir de Puerta Tierra se tuvieron que conformar con lo siguiente, y en San Fernando, y luego en Puerto Real, luego pasó el cofre por el Puerto y, cuando llegó a Jerez…, ya no quedaba nada. Dudo de que en Sevilla acepten el mito de la fundación de la gracia, pero en el Puerto tenemos asumido, como se vio anoche, que Cádiz es de primera división. Puede que ustedes ahora se extrañen de mi vanidad por nuestra humildad, así que para distraerles de la paradoja les contaré otra anécdota de Pericón que me encanta. Iba con un amigo tranquilamente por Cádiz-Cádiz y vieron la placa conmemorativa de mármol que habían puesto en la casa natal de don José María Pemán. «¿Y qué pondrán en tu casa, Pericón, cuando te mueras?» «Otro cartel, que dirá: ´Se vende´».

 

Entre las cosas que comentó el celebrante es que teníamos que ser alegres y que, para ello, deberíamos aprender de las Madres Comendadoras que habían llenado el altar de oros, de platas y de flores, y el retablo, y los altares. Todos, menos el santo de la mitra roja del final, que estaba el hombre muy serio. Nos volvimos, y era verdad que se les habían acabado los lirios a las monjas o algo. Más risas. Pero luego emoción, porque, a la salida, mi hermana me dijo que era San Blas.

 

¿Y eso qué emoción tiene?, se preguntarán ustedes. Pues que yo paso cada mañana por la vera del monasterio y, entonces, veo arriba en el campanario, de pronto en pleno invierno, a las cigüeñas, y me sobresalto por el cambio climático. Hasta que me acuerdo del refranero: «Por san Blas / la cigüeña verás»; echo mis cuentas con el santoral y suspiro de que todo está en orden. Ahora el suspiro se convirtió en escalofrío, porque todos estos años (lo menos veinte) he estado mentando al santo que estaba justo al pie del campanario muy serio con su mitra roja llevándole la contabilidad a las cigüeñas y a mí el consuelo. Y ahora, aunque no tuviese lirios a sus pies, le vi una sonrisa irónica en los labios. ¿Me guiñó cuando salíamos o fue un efecto de las luces a todo meter en esa noche de gracia?

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