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ENTREVISTA

Francisco Martorell: «Solemos olvidar que los derechos hoy consolidados fueron utopías en su día»

Francisco Martorell Campos es Doctor en Filosofía, Catedrático de Filosofía en Educación Secundaria y miembro del grupo de investigación “Histopía”. Lleva casi dos décadas estudiando, desde una óptica cercana a la crítica cultural, el estatuto de la utopía y la distopía en el mundo contemporáneo, cuestión ahora en alza a la que Martorell ha dedicado más de veinte artículos y dos libros: Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla (La Caja Books, 2019) y Contra la distopía. La cara B de un género de masas (La Caja Books, 2021). Este último trabajo fue objeto de un avance editorial en la revista Babelia y logró meterse en las listas de los mejores ensayos españoles de 2021 efectuadas por El cultural y El español.

¿Cuál es la diferencia básica entre la literatura utópica y la literatura distópica?

A nivel general, la utopía nace de la esperanza en el futuro y retrata una sociedad imaginaria deseable, mientras que la distopía nace del miedo al futuro y retrata una sociedad imaginaria indeseable. Mientras que las utopías quieren que los lectores deseen un mundo mejor, las distopías quieren que eviten un mundo peor. Pero las cosas no son siempre tan nítidas. Al fin y al cabo, lo deseable para el autor puede ser indeseable para el lector. Sucede también, aunque con menor frecuencia, que la distopía en cuestión le parezca una utopía a alguien. Además de estas fluctuaciones, existen utopías que incluyen rasgos distópicos (caso de la saga de “La Cultura”, de Iain Banks) y distopías que incluyen rasgos utópicos (caso de La parábola del sembrador, de Octavia Butler).

¿Cuáles fueron las primeras utopías y distopías que leíste?

De adolescente leí lo típico, las distopías de Zamiatin, Huxley, Orwell y Bradbury. Luego seguí con títulos menos conocidos. Me gustaban, y lo siguen haciendo. Nada que ver con mis primeros tanteos con la utopía. Cuando leía una, me aburría. Esto se debe a que la utopía clásica carece de conflictos que generen interés: todo es horrorosamente bello, estático y armónico, nada chirría. El relato se reduce a un tour soporífero por la sociedad supuestamente ideal aderezado con sermones puritanos.

Leyendo tu respuesta nadie diría que estás a favor de la utopía 

Yo critico el utopismo desde una perspectiva utópica. En lugar de proclamar la muerte de la utopía a la luz de sus defectos, defiendo la necesidad de construir utopías mejores. Sin utopías, las sociedades se ven privadas de ideales nuevos y corren el riesgo de estancarse o involucionar. Solemos olvidar que los derechos hoy consolidados fueron utopías en su día. Alguien los tuvo que imaginar primero para que se reclamaran después. Responsabilizar a la utopía del totalitarismo de Stalin o reducirla a un cúmulo de fantasías quijotescas no es solo un acto que falsea la historia y la naturaleza de la utopía. Es una trampa ideológica que pretende desacreditar el deseo de cambio social.  

En tus libros defiendes la creación de utopías abiertas y dinámicas, inmunes a cualquier fanatismo y pretensión de pureza. ¿Existen novelas utópicas así?

Existen varias. El título que sentó cátedra al respecto fue Los desposeídos, de Úrsula K. Le Guin. Trata sobre una sociedad anarquista preferible a la actual en puntos cruciales, pero expuesta a infinidad de contradicciones e injusticias. Los desposeídos supuso un antes y un después. Las pocas utopías literarias publicadas desde entonces (1974) ya no imaginan civilizaciones perfectas y felices que han resuelto todos los problemas humanos. Afortunadamente, la utopía dejó de hacer eso (y dejó de aburrir al instante).

¿Qué te llevó a escribir Contra la distopía?

La necesidad de desvelar las contraindicaciones e inconsistencias de un discurso muy popular que nunca había sido cuestionado de forma sistemática. La opinión, hoy tan extendida, de que las distopías son progresistas cae por su propio peso cuando se la contrasta con la rica tradición de obras antifeministas, antiecologistas y antisocialistas que recorre el género distópico; o cuando sale a luz el conglomerado de supuestos conservadores que articula hasta a los títulos más comprometidos; o cuando se detalla cómo las distopías tienden a la difundir la desmovilización o el activismo defensivo.

Tus reproches a la distopía son, por lo tanto, de carácter político

Principalmente, pero se basan en el examen detallado de las novelas, series y películas. Hay seguidores de la ciencia ficción a los que no les gusta que haya politizado tanto el asunto. No veo dónde está el problema. ¿Acaso no es la distopía un género político que hilvana tesis políticas sin parar? Además, mi libro da tortazos a derecha e izquierda, y ni siquiera aboga por el fin de la distopía o cosas así. Más bien, ofrece herramientas con las que crear distopías más subversivas y justificar la vuelta de la utopía.

¿Qué relación hay entre la crisis de la utopía y el éxito de la distopía?

Ambos fenómenos se hicieron visibles en la esfera literaria tras la Segunda Guerra Mundial. Lo realmente rupturista del éxito actual de la distopía es que tiene lugar, por primera vez, en un contexto sin utopías, o para ser más exacto: sin utopías que imaginen alternativas al capitalismo. El déficit de utopías y el superávit de distopías son las dos caras de esta parálisis de la imaginación y del miedo colectivo hacia el futuro que la acompaña. No obstante, últimamente surgen signos opuestos.

¿A qué te refieres?

A que se está dando, dentro de determinados círculos, una toma de conciencia de que es preciso revitalizar la utopía. De hecho, el número de novelas, exposiciones, congresos y ensayos de carácter utópico crece de manera significativa desde hace más o menos un lustro. Es imposible saber todavía si tal ajetreo tiene fundamento o si es el preámbulo de otra moda cultureta.

¿Podrías recomendar obras ligadas al revival utópico que comentas?

A nivel literario, tenemos, por ejemplo, Walkaway, de Cory Doctorow, la saga “Terra Ignota” de Ada Palmer y El Ministerio del Futuro, de Kim Stanley Robinson. En literatura española, Newropía, de Sofía Rei, Lugar seguro, de Isaac Rosa, y el recopilatorio Tiempo de utopías, entre otros. En cuanto a ensayo, me encantan Cuatro futuros, de Peter Frase, y Un paraíso en el infierno, de Rebecca Solnit.

¿Qué utopías y distopías literarias desearías que dieran el salto a la televisión?

Distopías ninguna. Hay demasiadas pululando por las plataformas televisivas, y algunas excelentes (El cuento de la criada, Severance, Westworld). De la bancada utópica, elegiría la trilogía compuesta por Marte rojo, Marte verde y Marte azul, de Stanley Robinson. Saldrían tres temporadas espectaculares. No estaría tampoco nada mal una miniserie que adaptara Mujer al borde del tiempo, de Marge Piercy.

De distopías cinematográficas, ¿cuáles recomendarías?

Recomendaré dos, una muy conocida y otra desconocida. La conocida es Hijos de los hombres, distopía cargada de impulsos utópicos que insta a los activistas de mediana edad a abandonar el decadentismo dominante y a comprometerse con las causas perdidas justo cuando el futuro declina. La desconocida es Carré Blanc, distopía de autor enmarcada en uno de los porvenires capitalistas más inhumanos que conozco.

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