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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

El trepador azul

 

De Hechos a mano (Hiperión, 2021) el último poemario de Víctor del Moral (Úbeda, 1979) me ha admirado hasta el asombro el jurado que le concedió el premio Jaén de Poesía. Habría que premiarlos a ellos. Pongo sus nombres con una reverencia: Marta López, Francisco Castaño, Manuel García y Jesús Munárriz, actuando como secretaria Inmaculada Cano. El libro es tan transparente, tan humilde, tan poco presumido, tan indiferente a los jaleos de las modas, que hay que tener un oído muy fino y una vista muy honda para concederle un premio sin los burladeros habituales.

(Será que estoy ya en plena vorágine de fallar —ay, qué dichoso verbo— el premio Adonáis, que me conmueven estas cosas).

 

*

 

Esa sencillez, por supuesto, es engañosa. Pasa en estos versos lo que el poeta ve en «Ordet»: «Cada gesto y objeto cotidiano/ desde el primer momento de la cinta,/ son como una chistera/ de la que va a salir algo sagrado».

 

*

 

Pero para conseguir eso  hay que pasar por una sencillez sacrificial. Dedica un poema a los árboles y a nuestra complicidad con ellos. Son como hermanos. Lo titula «Árboles genealógicos», y, sin embargo, renuncia a gastar la más mínima broma con su apellido, Del Moral, que daría para un pequeño chiste, una ironía o una voluta, algún guiño. Nada. Campan en el poema todo un hayedo, un pino, el nogal patriarca, un castaño al que llamaban «El Abuelo», los melocotoneros de Cieza y los olivos ascéticos en su pueblo, pero ni un moral ni una morera, nada. Ni falta que hace.

 

*

 

El título —Hechos a mano— está muy bien puesto. Se percibe esa artesanía. En otro poema dice que leyendo a Anna Ajmátova «casi podía oler/ la tinta de tus dedos,/ la misma con que mancho mis cuartillas». Se huelen ambas.

 

*

 

Hay una gran delicadeza en este poema de amor. Yo leo en él el pudor conyugal (¿me serviría para mi antología El vino bueno?), donde hay cosas que no hay que decirlas, que basta sentirlas. Se sabe tanto y tan secreto que el silencio y las migajas invisibles nos sobran:

 

MADRIGAL

 

Cuentan que algunos pueblos en oriente,

si trajinaba un pájaro

cerca de una persona,

celebraban el hecho como un signo

de inocencia y pureza.

 

Tú sabes que yo sé que eso es verdad.

Mira esta escena hoy:

en el manto de frío

del pinar de Alcorcón, entre tus pies,

valiente como un niño

con su espada de plástico

y su antifaz, un trepador azul,

atrapando migajas invisibles.

 

*

 

El premio de este libro se lo lleva el lector.

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