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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

El mendigo ingrato

No vengo a hablar de El mendigo ingrato de Léon Bloy, aunque en passant confieso que Bloy explicaría infinitamente mejor lo que voy a contar. Mi mendigo por excelencia es Manuel, que pide en la puerta de la iglesia de los Jesuitas. Pero a menudo, por horario y por devoción a don Diego José de Barrios y  de San Juan, allí enterrado, voy a misa a las Concepcionistas. El mendigo que pide a su puerta es un hombre joven y malencarado que insulta entre dientes a los que salimos sin pagar su impuesto revolucionario.

 

Yo, por eso mismo, me resisto. Creo que lo penúltimo es ceder a un chantaje (lo último es hacerlo). Y recuerdo siempre a don José María Pemán, que prefería que le pidiesen «por amor de Dios» y no por la misma cara, como él había comprobado que empezaba a cundir. Éste, además, está en condiciones aparentes de trabajar bastante bien, observo mientras salgo.

 

Sin embargo, ayer, cuando yo salía de la iglesia y él mirándome con rabia decía casi en voz alta: «Qué pena, qué vergüenza, qué tío…», caí en la cuenta de que me estaba pagando con la misma moneda, precisamente. ¿O acaso no pensaba yo para mí —más cobarde— que es una pena que este hombre no doble el lomo un poco o haga el intento?

 

Y quién sabe (lo digo por mí, que Léon Bloy lo tendría clarísimo) si no es mayor pena que yo no aproveche para hacer una caridad contra lo que me pide el cuerpo y mis prejuicios contrarreformistas que el hecho de que el caballero de la puerta rindiese su tributo al mercado laboral y a los convencionalismos de lo utilitario. ¿No seré yo el que está desperdiciando muy tristemente una oportunidad extraordinaria?

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