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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

El caso del silencioso dedo quemado

 

Maldita sea mi suerte. Vi un trozo de carbón muy grande en una rincón apartado de la barbacoa y no se me ocurrió otra cosa que agarrarlo con la manita para echarlo al centro del fuego. Aunque no lo parecía, estaba al  rojo. Me quemé el dedo índice.

 

Nadie había visto la operación. Así que me recité de inmediato mi Gracián: «La queja trae descrédito» y callé mi dolor y achaqué la lágrima que me corría por la mejilla a los efectos del humo, qué molesto, tof, tof.

 

No me convenía confesarlo a mi mujer, por razones que todos mis lectores casados comprenderán de inmediato. No iba a ganar nada de atractivo ante sus ojos y, además, aprovecharía para reñirme un poco por esa idea de poner la mano en el fuego por cualquier otra cosa que no sea por ella. Tampoco era muy pedagógico contárselo a mis hijos, a los que tantas veces digo que se mantengan alejados del fuego, que me dejen a mí, que es muy peligroso y que no saben. El prestigio paterno es una herramienta educativa de primer orden hasta que se escacharra.

 

Disimulando busqué en el cajón de las medicinas una pomada antiquemaduras, pero ese cajón lo han ordenado tanto que ya no se encuentra nada. Tampoco hay en toda la casa, con la de libros que hay, uno de primeros auxilios. No podía pedir ayuda. Ponerme una venda era pensar lo excusado. Hubiese levantado todas las sospechas. Ya había apostado por el disimulo y cualquier descubrimiento a estas alturas sólo habría duplicado mis desgracias: «¡¿Por qué no nos lo has dicho, Dios mío, qué hombre y qué disparate?!» Y yo entonces sin poder contestar: «Pues por esto mismo».

 

La cosa no era fácil, porque había que echar sal a los filetes y a las costillas y a las setas. Qué de sal lleva todo. Aunque esta vez no se quejaron de que nada estuviese excesivamente salado. Lo de la sal en la herida, os lo digo yo, no es una frase hecha.

 

Y más metafórica, pero también sal en la herida, eran las frases de acción laica de gracias: «Qué bien la barbacoa, ¿verdad?, qué sencillo y qué limpio». «Sí, sí» asentía yo, pero aspirando las eses a la andaluza: «Jí, jí», para no mentir y poniendo al mal tiempo buena cara o, la menos, risa de conejo, jo, jo.

 

Ahora lo escribo y cada vez que he de poner una jota, una u, una hache, una ene y una y griega revivo la historia con muchísimo sentimiento.

 

Qué bien puesto el color de la ilustración.

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