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LO LEÍDO
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un blog de enrique garcía-maiquez

El baldón del éxito temprano

Hace unos meses, cuando la Feria de Ana Iris Simón pasó de ser un librito que habíamos leído cuatro despistados a un impresionante fenómeno de masas, pensé en Carmen Laforet y su Nada. 

A las dos les llegó el éxito muy pronto, siendo muy jóvenes, y a lo bestia. Y eso que los 23 años que tenía Laforet cuando ganó la primera convocatoria del premio Nadal en 1944, con su primera y más célebre novela, son una edad casi provecta en comparación con las 29 primaveras de Simón en su estreno en best seller. Una chica de 29 años hoy disfruta la juventud vestida de segunda adolescencia; una española de 23 años en 1944 podía ir ya por su segundo o tercer hijo y acumular una amplia experiencia de penurias de posguerra. Pero Laforet, con 23, seguía siendo una chica muy joven. 

Este 6 de septiembre, al cumplirse los 100 años del nacimiento de la mujer de Nada -conmemorado incluso por Google en su buscador-, seguí dando vueltas al paralelismo. Laforet no terminó de sobreponerse nunca. Lo ha contado maravillosamente (como suele) Esperanza Ruiz en este estupendo artículo . Los amigos de Leer por leer habrán leído el homenaje que Esperanza brindó aquí a la autora a principios de año, pero en su texto del Debate cuenta la dificultad que tuvo Laforet para escribir textos con la calidad que ella misma se exigía a partir de su deslumbrante primera obra. Y es que, en ocasiones, el éxito temprano actúa como un baldón de un peso insoportable para el joven escritor. 

La autora de Feria ha empezado a publicar columnas en un conocido diario de tirada nacional. El sábado sacó su primer texto, estupendo, por supuesto, en el que su familia sigue siendo el hilo conductor. ¿Podrá salir de ese marco? ¿Tendrá éxito cuando lo intente o la demanda de sus lectores quedará varada en escuchar visiones del mundo con los ojos de sus parientes manchegos? Quien sabe. 

El baldón del primer éxito ha afectado a más escritores. Hace un montón de años, disfruté mucho en unas vacaciones con la forma de contar una historia de Arundhati Roy en El dios de las pequeñas cosas. Luego he visto a su autora involucrada en muchas iniciativas de activismo de izquierdas, pero no sé de más libros suyos. 

Es bien conocido que Emily Bronte no dejó nada tras sus Cumbres Borrascosas  pero, en su caso, medió un pronto, y prematuro, fallecimiento.

El Pulitzer que acompañó a Lo que el viento se llevó,  junto a la avalancha de ventas, quizá desincentivaron a Margaret Mitchell a seguir escribiendo: el baldón de ser uno de los libros más vendidos de todos los tiempos, y su adaptación cinematográfica una de las películas más vistas (hasta que llegó la censura woke a pringarlo todo), es demasiado pesado para cualquiera.

Hagan memoria. Hay muchísimos más ejemplos, también entre los caballeros. Es bien conocido que J.D. Salinger no dejó que se publicara nada suyo tras El guardián entre el centeno. Bueno, ni Salinger ni Ludwig Wittgenstein (en vida) tras culminar su Tractatus. Podemos concluir esta nota con él, con su célebre última frase: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”… De hacerle caso, estaríamos siempre en silencio.

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