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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Dos hilos sueltos

De la película El premio (Mark Robson, 1963) me gustó todo y me ha gustado más ahora que la he vuelto a ver, encima con mis hijos. Las recomendaciones de Mario Crespo son infalibles. El argumento (basado en la novela de Irving Wallace) no deja un cabo suelto, casi. Porque me han encantado los dos hilos aparentemente sueltos que ponen ahí como si nada para que el espectador, cual Teseo, siga por su cuenta por el laberinto.

 

El primero es la encantadora (en todos los sentidos) actuación de Emily Stratman (interpretada por Diane Baker) sacando al disipado premio Nobel de literatura de un cabaret cual flautista de Hamelin. Naturalmente, el atractivo de Andrew Craig (Paul Newman, ni más ni menos) explica su intervención, pero teniendo en cuenta lo que pasa después y ya estaba planeado, no parecía lo más prudente. ¿Por qué lo hizo? Ella lo explica: «Fue su buena acción del día». Según la película avanza, si uno recuerda la expresión, se afianza en su prejuicio contra esa moralina de «la buena acción del día», como si el resto de las horas no tuviesen solución. Esto de que lo bueno sea excepcional tiene que ponernos a sospechar de inmediato, aunque quien lo diga sea tan atractiva como Emily Stratman, y tan apabullantemente segura de sí misma.

 

El segundo hilo todavía tiene más cometa. El premio Nobel de literatura no escribe desde hace muchísimos años, como confiesa en una escandalizadora rueda de prensa. Pasa toda la película, que acaba felizmente en buena medida gracias a su entrenamiento como escritor de libros policíacos de serie B para ganarse la vida; y en ningún momento —ni al final— se nos dice que él vaya a volver a escribir novelas magistrales. Ni falta que hace, y esto es lo bonito. Primero, porque, según nos cuentan y según atestigua el premio, ya las escribió, y eran seis, creo recordar. Segundo, porque ha encontrado el amor y qué más quiere uno entonces.

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