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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

De Alcazarén a Oxford pasando por Jerusalén

 

El viaje a Oxford (Confluencias, 2021), último libro de José Jiménez Lozano (1930-2020), está escrito a medias con su amigo Stuart Park, y además a medias escrito, a medias hablado y enteramente soñado. Versa sobre un viaje a Oxford que nunca tuvo lugar. La peregrinación a Canterbury, que también querían hacer, se quedaron sin tiempo ni siquiera para soñarla. Vidal Arranz ha reseñado el libro muy bien. Destila una alegría de vivir que es marca de la casa del Jiménez Lozano que afirmó: «Yo creo que merece la pena vivir porque hay personas, porque hay pájaros, hay cosas que están excelentemente bien». Ahora lo resume todo audazmente con una cita de Rabbí Yismael: «Cuánto más tonto se es más se sufre».

 

Lo más interesante del libro es, como suyo, el nuevo encuentro con don José Jiménez Lozano, que nos vuelve a hablar al oído o vuelve para hablarnos al oído, según se prefiera decir. Pero lo más propio de este pequeño volumen no es ni Oxford ni Canterbury ni tan siquiera las andanzas de los vendedores de Biblia que ambos autores tanto les admiran. Es la reflexión sobre el modo de narrar bíblico y cómo eso permea a los autores que se acercan a la Biblia con el ánimo bien dispuesto.

 

Yo estaba muy predispuesto a recibir estas lecciones, pues seguía profundamente impresionado por la serie Shtisel y su forma de narrar, que es una de sus claves. Viendo la serie había recordado constantemente el ensayo de Cesáreo Bandera El refugio de la mentira (Canto y cuento, 2015) donde se recurre y se glosa a Erich Auerbach y su libro Mímesis, la representación de la realidad en la literatura occidental, que también se cita y se glosa en El viaje a Oxford. Auerbach había hecho notar que en la Biblia: «Las figuras están trabajadas tan sólo en aquellos aspectos de importancia para la finalidad de la narración y el resto permanece oscuro, únicamente los puntos culminantes de la acción están acentuados, y los intervalos vacíos; el tiempo y el lugar son inciertos y hay que figurárselos; sentimientos e ideas permanecen mudos, y están sugeridos nada más que por medias palabras y por el silencio […] En los relatos bíblicos, su intención no es el encanto sensorial y, si a pesar de ellos producen vigorosos efectos plásticos, es porque los sucesos éticos, religiosos, íntimos  que les interesan se concretan en materializaciones sensibles de la vida. Pero la intención religiosa determina una exigencia absoluta de verdad histórica». Recordar esto mientras se ve Shtisel impresiona.

 

Observaciones de Jiménez Lozano y de Stuart Park redundan en esta impresión y la acrecientan. La narración bíblica es «muy escueta en contraste con el refinamiento literario de los griegos». Y no es sólo una diferencia cuantitativa, sino originaria: «la narración es un invento judaico, bíblico». Luego lo cuantitativo pesa o, mejor dicho, su falta eleva: «los geniales minimalismos expresivos que son la esencia del contar bíblico». A fin de cuentas, «el arte de los narradores consiste en decir lo suficiente, con parsimonia, e involucrar al lector con el relato». «Lo suficiente» pero «con parsimonia» para «involucrar al lector» son las mismísimas estrategias narrativas de la serie israelí.

 

La lectura de El viaje a Oxford deja, además, una melancolía inesperada, construida también con elementos mínimos, incluso con silencios. La muerte de Jiménez Lozano está presente en todo el libro, construido sobre unos borradores inconclusos y sobre un proyecto que no se realizó. Que se vean los retales y los bordes deshilachados es un memento mori y un in memoriam. Da alegría saber que incluso así, contra el tiempo y la muerte, nos llega la voz de don José con su catilenación y todo, pero ya entrecortada, como nuestra emoción. Es otra afinidad sobrevenida con Shtisel, donde los muertos no se van jamás del todo, y se les sigue teniendo presentes en las conversaciones y en los sueños.

 

 

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