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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Capitán general

En mi casa estamos muy divertidos con esta recuperación que ha hecho el Diario de Cádiz del acto celebrado en Madrid en enero de 1925.

 

 

Entiendo que para ustedes no tiene por qué ser tan gracioso, ya que, en su inmensa mayoría, no son de aquí ni tampoco son padres de los tataranietos del protagonista de los hechos. Pero aún así es un sucedido sabroso con la sal de la tierra y la pimienta de una moraleja.

 

¿No resulta ejemplar el prurito de defender los honores de la corporación que se representa? Incluso frente al Rey y dando un pequeño espectáculo de cabezonería que me enternece porque me recuerda tantísimo (quien lo hereda no lo hurta) a su bisnieta.

 

 

Hasta ahí lo serio y modélico. Luego, después de haberse puesto tan protocolario, resulta que el alcalde retrasa él solo el discurrir de la solemne comitiva porque se pone a saludar a los paisanos efusivos. Esa actitud me la conozco bien. Tienen hasta que llamarle la atención.

 

 

Pero lo importante son los honores ganados con el sudor de la frente. Mientras a las demás ciudades les tocan sus pachangas, a Cádiz, ojo, silencio y la Marcha de los Infantes. Muy bien. Es tanta la emoción acumulada —recapitulemos: la tensa discusión en el Palacio Real, los saludos, los vítores, la música, la solemnidad— que Agustín Blázquez no puede más y se carga la severidad tan peleada con un vedado «¡Viva Cádiz!»

 

 

¿Se la carga? Bueno, bueno, le explico a sus tataranietos: «Un acto de amor nunca es ridículo», que decía Léon Bloy, y además lo importante es que se concediese a Cádiz su privilegio legítimo. Luego, demostrar que tampoco somos unos envarados —previo ceremonioso sombrerazo— no estaba mal. Seguro que Victoria Eugenia, tan british, sonreiría muy divertida. De la carcajada borbónica no hay duda.

 

Ahora nos cruzamos por el pasillo y, ante la emoción del momento, en vez de «buenos días» nos decimos: «Viva Cádiz».

 

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