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LO LEÍDO
y lo liado
un blog de enrique garcía-maiquez

Briznas

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He podido dedicar toda la mañana a leer y escribir sin ninguna distracción. Hacía meses que no me metía ocho horas de trabajo literario entre pecho y espalda. Qué cansancio y qué paz. Y he recordado lo que cuenta mi amiga Fátima Pemán del pueblo de la Sierra de Aracena donde vive. Allí no se agobian con el tiempo: «Una vez Antonio le preguntó a uno si estaba estresado, el hombre no le entendió, y le dijo que sí, que estaba estrosado». Así estoy yo hoy, para variar, felizmente estrosao.

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Mi hermano Nicolás mantiene vivo el espíritu de mi madre en la farmacia, lo que tiene su mérito, teniendo en cuenta lo ancho y combativo que era el espíritu mi madre. La prueba (a contrario sensu) de que lo hace a la perfección es que, al ver esto en el mostrador, he pegado un respingo. ¿Lo hubiese puesto ella?

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Otro respingo. Leo Diario de un poeta reciencasado, de JRJ, en la edición de A. Sánchez Barbudo. Tengo la mejor opinión de Sánchez Barbudo, al que debemos los aforismos juanramonianos en buena medida. Pero en este libro hace unos comentarios a pie de página de lo más desahogados. Del tipo: «En esta corrección se equivocó Juan Ramón…». Uno no está acostumbrado a esas naturalidades en un libro, aunque en el blog de Ángel Ruiz o en una conversación con unos amigos las disfrutaría. También coadyuba a la extrañeza que la edición de Visor en que lo leo recuerda mucho a la canónica de Cátedra y entonces el desconcierto crece.

Para que vean ustedes que no exagero con las exageraciones de Barbudo, lean este comentario a una de esas prosas en las que JRJ critica la sociedad elegante de Nueva York: «En ellas su irritación, su desprecio son tan grandes que, a veces, mejor imaginamos su furia que vemos claramente lo que él vio. En parte esa hostilidad, creo yo, provenía de que, sin hablar inglés, debió de sentirse en esas comidas y reuniones como gallina en corral ajeno; o —con una quizás más adecuada y elegante comparación— como delicado faisán entre loros desconocidos e incomprensibles. […] Peca de snobismo y excesiva acritud. Tiene a veces su desdén algo de la arrogancia e impertinencia de un señorito andaluz, algo paleto, que se cree elegante; y mucho del descontento del esteta desplazado». No sé de JRJ, pero de mí sé decir que sé, ay, de lo que habla Barbudo.

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Que se llame Petrea volubilis añade un placer a lo mucho que ya me gusta mi planta. Es una paradoja preciosa, y encima, a diferencia de los helados que lamentaba la duquesa de Bracciano, tiene, petrea volubilis, un regustillo a ligera irreverencia.

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Que mi trabajo consista sobre todo en leer y que pueda hacerse en la hamaca… Me he visto peor.

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Me da pena que no haya funcionado bien mi barbero de Karla y otras sombras. No por mí, sino por el libro en sí, tan bonito. Con ese consejo tan necesario que nos da una protagonista, y que Luys Santa Marina predica con el ejemplo: «No despoetices, darling»,

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Tan enganchado he quedado a Luys Santa Marina que estoy leyendo su biografía de Cisneros. Si bueno el biografiado, no queda atrás el biógrafo, que le aguanta el pulso. Me ha emocionado especialmente la fundación de la Universidad Complutense, en la que Santa Marina transmite muy bien la aventura que es también la osadía intelectual. En 10 años, la nueva universidad había conseguido un prestigio internacional y de sus aulas salieron Cervantes, Lope, Quevedo, Francisco Suárez… Pensaba en mi alma mater, la Universidad de Navarra. Hasta ahora me daba pena su extrema juventud, pero gracias a Cisneros he visto que ese de los siglos no es el problema. Como decía la baronesa Blixen: «Hoy tengo 2500 años y he cenado con Sócrates», si uno es fiel a la gran tradición occidental.

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El fino bloguero Julian Bluff, ha escrito este dictamen, que a mí, tan vanidoso, me interpela: «Me llama la atención cuando un escritor bueno habla maravillas de un libro malo. No lo pillo». Si el crítico engaña, malo, fatal, yo tampoco lo pillo; pero puede ser que el escritor bueno descubra lo valioso que tiene un libro regular, y entonces no sólo es comprensible, sino loable. Ya sabemos que Plinio el Joven decía que Plinio el Viejo decía que «no hay libro que no tenga algo bueno»; y don Nicolás Gómez Dávila añadía: «El buen lector, si un libro malo tiene algo bueno o el bueno tiene algo malo, lo encuentra». No creo que sea este el caso que denuncia don Julian, pero yo me curo en salud.

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Y para acabar una nota moral. A las palmeras de mi barrio les han afeitado las barbas, esto es, le han podado las palmas secas, y ahora resultan, de golpe, muchísimo más altas. Se crece también sin crecer, quitándose la hojarasca muerta. Un ejemplo a seguir.

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