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Poe para todos los gustos

Poe asusta de verdad a los niños, y el susto puede ser una especie de trauma. Recuerdo que leí por primera vez los cuentos de Poe y el Drácula de Stoker hacia los diez años de edad. El Drácula me lo sacudí fácilmente (al menos hasta vérmelas con Bela Lugosi, que murmuraba: “Jamás bebo… ¡vino!”), pero Poe me provocó desagradables y recurrentes pesadillas que perduran aún hoy.

Yo creo que Harold Bloom, autor de estas líneas, leyó de niño El gato negro y El foso y el péndulo. Entre todos los cuentos de Edgar Allan Poe, son estos los más espeluznantes, y los que más probablemente se instalen en nuestros sueños para siempre. Aquí encontramos destilada al máximo la truculencia de Poe. En comparación, sus cuentos de aparecidos, de fantasmas y de muertes repentinas, más que terror producen fascinación: son los antecesores de la literatura victoriana “gótica” (que todos conocemos aunque sea indirectamente, por las alusiones contenidas por ejemplo en Northanger Abbey, de Jane Austen); de H.P. Lovecraft; del cine clásico de terror, con sus tormentas inauditas, casas casi en ruinas (pero habitadas) llenas de telarañas, tapicerías podridas y ruidos inexplicables; y, sobre todo, de personajes que viven ya en la ultratumba. Por algo dice también Bloom que… a los incondicionales de Poe habría que pedirles que lean sus cuentos en voz alta (¡pero a solas!). La asociación entre el estilo del actor Vincent Price y los estilos de Poe no es gratuita.

(Vincent Price, para quien crea que no lo conoce, es esa voz que en la canción Thriller recita eso de: “Darkness falls across the land…” y acaba con esa risa… ¡de miedo!)

Topamos con la mitopoeia, la creación de un mundo mítico. Los ataúdes que se abren con un chirrido, los repentinos vientos gélidos, las casas que se convierten en polvo al morir el último de la familia, las mazmorras oscuras, húmedas, inacabables: todo el atrezo del terror está en los cuentos de Poe, escritos hace doscientos años. La caída de la casa de Usher no se trata (sólo) del declive de un linaje, la extinción del apellido: es una caída literal; en Berenice o en El baile de máscaras de la muerte roja, Poe crea un ambiente realmente horroroso. Lo realmente interesante de la creación de mundos míticos es, de nuevo en palabras de Bloom, que “los mitos importan porque los preferimos en nuestras propias palabras, así que la dicción de Poe apenas nos distrae de nuestra propia versión de sus extrañísimos mitos”. Aunque no releamos los cuentos, y hayamos olvidado las palabras exactas escritas por Poe, el mito queda ahí, y da igual que (nos) lo narremos a nuestra manera. O en otro idioma: Baudelaire fue quien trajo a Europa la obra de Poe, que, según algunos, gana bastante en la traducción.

Poe murió a los cuarenta años; su vida de delirios, alcohol y morfina acabó pronto, pero dejó un vasto legado de cuentos, poesía y una novela, legado que lo convierten en el gran romántico de la literatura estadounidense. Decían quienes lo conocieron que era una persona dulce y sensible… cuando estaba en su sano juicio. Se casó con una prima suya que aún no había cumplido los catorce, una muchacha enfermiza que le inspiró tal vez algunos cuentos suyos de nombre femenino, especialmente Morella o Ligeia (donde se encuentra quizá el motivo de que no consiguiera volver a casarse una vez enviudado: quien lo lea entenderá perfectamente que las candidatas lo rechazaran).

No escribió sólo terror. Aparte de crítica literaria y poesía, tiene cuentos de aventuras que recuerdan a Stevenson (en quien influyó), como El escarabajo de oro o Un descenso al Maelström; y otros satíricos que recuerdan a Swift (que influye en él), como El diablo en el campanario, burla descarnada de los holandeses que emigraron a los Estados Unidos: los protagonistas son los habitantes de un pueblo llamado Quehoraserá, obsesionados con los relojes y las coles.

Quien lea Los asesinatos de la calle Morgue, El misterio de Marie Rogêt y La carta robada, protagonizados por C. Auguste Dupin, comprobará que son los primeros relatos policíacos; enseguida reconocemos de dónde vienen la perspicacia de Sherlock Holmes, los análisis de Hércules Poirot, el ingenio del padre Brown y de todos los detectives que conocemos: beben de Edgar Allan Poe, inventor del género. En su honor, la asociación Mystery Writers of America concede cada año los Premios Edgar.

He dejado para el final el gran thriller psicológico: El corazón delator, un relato breve que seguro que leyeron Patricia Highsmith (El talento de Mr. Ripley) y Dostoievski (Crimen y castigo). Así empieza:

¡Cierto! Nervioso, muy tremendamente nervioso fui y soy; pero, ¿por qué me dicen loco? La enfermedad había afilado no destruido, ni apagado mis sentidos. El oído lo tenía especialmente fino. Oía todas las cosas en el cielo y en la tierra. Oía muchas cosas en el infierno. ¿Por eso estoy loco? ¡Atended! y observad cuán sanamente, cuán serenamente soy capaz de contar toda la historia.

 

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