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Lupin, un antihéroe para tiempos inciertos

Es tentador pensar que Arsene Lupin debe su popularidad actual en España sólo a la serie de Netflix, protagonizada por Omar Sy, que estrenará próximamente su tercera parte. Pero, sin quitarle ningún mérito al muy atractivo y resultón Lupin televisivo, probablemente haya más razones para un éxito que siempre se le resistió en España al personaje creado por Maurice Leblanc, a diferencia de su Francia natal, donde goza del mayor aprecio.

La clave probablemente radique en el tipo de héroe o, mejor dicho, antihéroe, que Lupin es. Suele considerarse que Leblanc se inspiró en la figura de un ladrón anarquista, Alexandre Marius Jacob, que llamó la atención de la sociedad de su tiempo por sus ingeniosas tácticas de robo, y sobre el que luego volveremos. Pero también es obvia la influencia de Sherlock Holmes, el más que mítico detective creado por Arthur Conan Doyle, al que Leblanc introduce en sus historias como un personaje más bajo el nombre, bien reconocible, de Herlock Sholmes. Añadamos, además, la experiencia propia del novelista como redactor de sucesos para varios periódicos de su tiempo y su conocimiento del género literario del folletín y seguramente tengamos ya en la mano algunas de las piezas esenciales del misterio Lupin.

De Marius Jacob, Lupin toma varios elementos característicos. El primero, su desacomplejado desprecio por la propiedad de los ricos y, por tanto, la falta de sentido de culpa por sus actos. A diferencia de Jacob, que acudió a la teoría anarquista de la propiedad como robo para justificar sus delitos, Leblanc no aburre al lector con explicaciones de este tipo. Simplemente, nos presenta a Lupin como un ladrón elegante, caballeroso con las mujeres, que intenta evitar la violencia, siempre que es posible, pero que no tiene ningún reparo en robar a los poderosos porque sabe que no les causa ningún daño irreparable.

Ciertamente, presentar a Lupin como una especie de Robin Hood, como a menudo se hace, es un tanto excesivo pues, al margen de que ocasionalmente pueda tener algún gesto como benefactor, no hay un propósito sistemático de usar parte de lo robado para beneficiar a los pobres, lo que sí se da en la figura del ‘inspirador’ Marius Jacob, que destinaba parte de su botín para financiar a organizaciones anarquistas o ayudar a familias.

Del ladrón real toma también Lupin el extraordinario ingenio y creatividad que aquel desarrolló en sus delitos, del que es una buena muestra su método para entrar en los apartamentos desde el suelo, a través del piso inferior. Jacob fijaba un paraguas en el techo, lo abría, y procedía a picar con la tranquilidad de que la tela recogería los escombros y amortiguaría el ruido de tan aparatosa operación. Comparte también la habilidad para forzar cerraduras y cajas fuertes y, sobre todo, la idea de la banda que le respalda y que sirve a su líder con una fidelidad inaudita.

En el caso de Marius Jacob, la banda, a la que se atribuyen nada menos que 156 robos en sólo tres años, incluso tenía un nombre: ‘Los trabajadores de la noche’. La importancia de la banda hace que el Lupin literario sea más bien un director de orquesta que un artista/solista del delito, aunque, por descontado, es su genio personal el que diseña todas las estrategias y tretas. En cambio, su alter ego televisivo prescinde del grupo, pues apenas cuenta con un cómplice, o alguno más de forma ocasional, lo que es todo un acierto pues pone el foco en lo más atractivo del personaje: su capacidad para el engaño y el disfraz mediante todo tipo de recursos. El exceso de compinches del Lupin literario hace que el lector tenga en ocasiones la sensación de que juega con excesiva ventaja frente a quienes se le enfrentan.

Jacob, que antes de convertirse en «un rebelde que vive de sus robos» había sido marinero, pirata y anarquista violento, debió reconocerse en las aventuras de Leblanc -aunque era muy crítico con los trucos de las novelas- pues en su tumba figura el siguiente lema: «Alexandre Marius Jacob pudo ser Arsene Lupin».

Del británico Arthur Conan Doyle, en cambio, toma Leblanc el interés por plantear una serie de misterios irresolubles y resolverlos aplicando la lógica, si bien, en algunos casos, él se desmarca de la lógica deductiva de Sherlock Holmes (a partir de los hechos se establecen las hipótesis) para apostar por un método inductivo: primero se formulan hipótesis más o menos razonables que se van sometiendo al contraste con la realidad.

Hay que dejar claro que la presencia de Sholmes en las historias de Leblanc tiene un doble propósito. Por un lado, el autor de Lupin reconoce el magisterio de Conan Doyle y la magnitud mítica de la fama del personaje y, por otro, la usa para ensalzar a su propia criatura. Sholmes es el principal enemigo de Lupin, y Lupin el rival al que nunca logra derrotar del todo Herlock, de modo que, inteligentemente, Leblanc conduce las historias que los enfrentan hacia un final en tablas que satisface a todos.

En cualquier caso, la pasión por crear intrigas imposibles que al fin se explican, forma parte del ADN de Lupin, lo que no deja de resultar sorprendente dado que se trata de un ladrón, no de un detective. Sin embargo, Leblanc recurre a todo tipo de ardides literarios para que en sus novelas vibre con pasión esta pulsión detectivesca. En algunos casos, por ejemplo en Lupin contra Herlock Sholmes, es el investigador el que lleva, en gran medida, el peso del relato, frente a un «caballero ladrón» que se dedica, fundamentalmente, a entorpecer su labor. Pero es que, en La aguja hueca, no duda en inventar un personaje, Beautrelet, que hace las funciones de detective durante casi la mitad de la historia, hasta que entra en escena el verdadero protagonista. Y en otros relatos cortos vemos a Lupin, disfrazado con diversas identidades, explicar sus propios robos a propios y extraños, con la impunidad que le brindan su máscara y su arrogante audacia.

Leblanc acuñó para Lupin el término que en castellano se tradujo como «ladrón de guante blanco» y no hay duda de que ésta es una de las claves de su atractivo. Pero frente a la elegante pulcritud y contención narrativa de un Conan Doyle que nunca permite que el relato se le vaya de las manos, las novelas de Lupin se caracterizan por el ímpetu y la desmesura. Leblanc encadena sorpresa tras sorpresa; juega con los engaños de las identidades y disfraces; se aprovecha, en exceso, de la capacidad de Lupin para estar en todas partes gracias a una banda que, por momentos, parece ser ilimitada; y, sobre todo, asienta buena parte de sus espectaculares robos en la tecnología y en recursos de ingeniería que el ladrón conoce y los demás no.

Si las novelas de Sherlock Holmes nos presentan un mundo más o menos estable, donde el delito irrumpe para desordenarlo momentáneamente y en el que la misión del detective es recomponer la estabilidad, el mundo de Lupin es un juego de espejos y de seducciones falsas, un gigantesco trampantojo en el que nada, ni nadie, es lo que parece, un barroco «trompe de oil» que engaña a nuestro ojo de lector a cada página de su historia.

En el mundo de Conan Doyle, el engaño es ocasional. El propio detective se disfraza a veces, pero sólo brevemente y para lograr un propósito. En el mundo de Leblanc el engaño es permanente, ninguna identidad es segura y cualquiera puede ser un impostor. Es habitual que Lupin, las mujeres a las que ama, y sus anónimos compinches se hagan pasar por lo que no son. La simulación y la suplantación son constantes, así como las falsas pistas y los fingimientos cuyo único objeto es distraer y despistar.

Como consecuencia, la solidez de la realidad se relativiza en un mundo que nos fascina por esa constante mutabilidad, al tiempo que, en ocasiones, nos agota, pues nos vemos incapaces de seguirle el ritmo a Leblanc, tantos son los giros de guion de sus saltarinas historias. Rasgos todos ellos que, sin duda, habrán influido en la buena acogida que las novelas tienen entre los lectores de hoy, en un momento social marcado por tantas incertidumbres y desafíos, así como por una creciente desconfianza en las instituciones que rigen nuestro destino.

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