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Las metamorfosis de Jhumpa Lahiri

Todos los lectores conocemos esa sensación tan especial y tan grata, el descubrimiento de un nuevo filón. He llegado con retraso, pero he llegado, a Jhumpa Lahiri, que en los Estados Unidos lleva más de dos décadas de merecidísimo éxito, y que ofrece recompensas insospechadas a quien quiera leerla. Yo la he conocido primero en su último avatar: el de escritora en lengua italiana.

En Ricardo II de Shakespeare, Thomas Mowbray, al oír de labios del rey su condena al destierro de por vida, pronuncia un hermosísimo lamento: «La lengua que he aprendido estos cuarenta años, mi inglés materno, he de abandonar, y ya no me será de más provecho que una viola o un arpa sin cuerdas… En mi boca encarceláis mi lengua con la doble reja de dientes y labios, y la torpe ignorancia, yerma e insensible, será la carcelera que me guarde…».

La vida en Roma y la lengua italiana

Nada más lejos de la verdad para Jhumpa Lahiri, que, en 2012, con varios libros e importantísimos premios en su haber, decidió trasladarse con su familia a Roma y sumergirse en la lengua italiana con todas las consecuencias. Esa mudanza marca en su obra un antes y un después. Lo hizo, dice, porque necesitaba hacerlo: porque una nueva lengua nos permite experimentar con la debilidad, comunicarnos con la inseguridad, descubrir como un niño, que observa y reacciona y es vulnerable. Nos permite cuestionar todo lo que decimos. Dice también que «Algunas cosas significan más para mí en italiano que en inglés. Cuando se estaba muriendo mi madre y yo hablaba de ello con mis amigos italianos, en italiano, todo parecía más verdad que cuando lo hablaba el inglés. Esto es muy potente».

Jhumpa Lahiri, según ella misma, no pertenece a ninguna parte. Su lengua materna, la que habló en su primera infancia, es el bengalí, pero apenas lo lee ni sabe escribirlo. Habló inglés cuando empezó a ir al colegio en Rhode Island, pero en casa le inculcaron que era la lengua de los otros, y ella desde muy pronto, desde siempre, vivió interpretando, conciliando dos mundos, o más bien tres: el de su familia nuclear inmigrante y el de la América donde creció, y también el de la Calcuta que visitaba regularmente.

Escribir para entender el mundo

Toda su obra hasta 2015 es el reflejo de ese universo suyo, y su primer libro, una colección de relatos que ganó el Pulitzer, se titula precisamente El intérprete del dolor. Cuando le concedieron el premio ya estaba trabajando en una novela, El buen nombre, y luego llegaría otra colección de relatos, Tierra desacostumbrada, y una segunda novela, La hondonada.

Jhumpa Lahiri necesita escribir igual que necesita leer, para entender el mundo. En estos libros explica y se explica su infancia, con padres que son de un país remotísimo en todos los sentidos (distinta lengua, distinta comida, distinta ropa, distinta manera de ver la vida), con una familia extensa en aquel país que visita con frecuencia, con un círculo de amigos indios que suplen a esa familia extensa en América; su adolescencia, rebelde no sólo contra los padres, sino contra toda una cultura; su juventud en el mundo universitario de la Costa Este de los Estados Unidos, y la nueva aceptación de cosas que antes rechazó. Todo es ficción, y todo nace de un impulso irrefrenable, de una necesidad. Y cuando siente otra necesidad, la de exiliarse en Roma, obedece a ese impulso y se va: siente la llamada de la lengua italiana, que se convierte definitivamente (de momento) en la lengua de su expresión creativa. Escribe en italiano porque es lo que necesita hacer; cita a Antonio Tabucchi: «…necesitaba una lengua diferente, que fuese un lugar de afecto y reflexión». La identificación de lengua y lugar es algo definitivo. La creación de Jhumpa Lahiri, desde 2015, ha sido en italiano.

Cuando le preguntan si su caso se parece al de Kundera, o Conrad, o Nabokov, que aprendieron a ser escritores en un idioma que no era el suyo, Lahiri prefiere el caso de Beckett, nacido y criado en Irlanda, que estudia francés e italiano y se traslada a París, y siente el impulso de adoptar el francés como lengua para la creación; o el de Tabucchi, enamorado de la literatura portuguesa hasta tal punto que escribe Réquiem en ese idioma.

Tener otra lengua es poseer otra alma

El primer producto del exilio de Jhumpa Lahiri, necesario más que voluntario, fue En otras palabras, libro que cuenta y a la vez es ese doloroso proceso, la adquisición de una nueva lengua, una nueva alma. Es un libro titubeante y encantador, como lo es el aprendizaje. La edición para la lengua inglesa es bilingüe, y Jhumpa Lahiri explica que no quiso traducirla ella «para proteger mi italiano. Volver al inglés me desorientaba, me frustraba, me desanimaba. Me mostraba lo limitado que era mi dominio del italiano, en comparación con el inglés. Me hacía cuestionar el valor del experimento que había emprendido». Se ve que ese dominio tan tenue de la lengua se ha fortalecido, pues luego escribió en italiano Donde me encuentro, y la traducción al inglés es suya. Posteriores son El atuendo de los libros, interesantísimos y sorprendentes ensayos sobre las portadas; Il quaderno di Nerina;y Cuentos romanos, que pronto saldrá en español.

Traducción e interpretación, antiguamente, eran una sola cosa, y así las ha vivido ella. Alguna vez ha contado el primer escollo que se encontró en este sentido, en el jardín de infancia, a la hora de hacer una felicitación por el día de la madre (su madre no hablaba inglés); también que, en un taller en la universidad, decidió traducir unos relatos bengalíes, grabados en cinta por su madre porque ella no leía el idioma. La traducción, señala Jhumpa Lahiri (y cualquier traductor estará de acuerdo), es la forma más íntima de leer, y la mejor manera de aprender a escribir. En inglés, su última obra es una colección de artículos, Translating Myself and Others (Traduciéndome yo y traduciendo a otros); es la traductora al inglés de Ataduras, de su amigo Domenico Starnone; actualmente está ocupada en otro proyecto, la traducción de las Metamorfosis (¡precisamente!) de Ovidio al inglés… pero, inmersa como está en la lengua italiana, las notas que toma para el trabajo las toma en italiano.

Cuando, en distintas entrevistas, le preguntan por sus influencias, Lahiri no cita siempre a los mismos autores. Por ejemplo, al hablar del fondo de sus relatos, dice que recorre tanto los Cuentos romanos como los primeros, los de El intérprete del dolor, un fil rouge que son los mismos temas que trata Alberto Moravia: la alienación, el malestar, el desplazamiento, el no encajar. Habla de Dante, «que absorbe la literatura latina y las tradiciones poéticas francesa y árabe y crea el italiano, crea la Commedia, crea su poesía haciendo algo nuevo». Habla de Lalla Romano, de Cesare Pavese; de Agota Kristov (húngara, que escribió en francés pero tuvo una relación amarga con el idioma adoptado), cuya lectura, dice, le cambió la vida. Habla de Hawthorne, de leer a los novelistas rusos con quince años, de Hardy, de Fitzgerald. Pero trasluce además una viva curiosidad por los temas más diversos, entre ellos el de la influencia de la arquitectura renacentista italiana en Inglaterra y, luego, en los Estados Unidos.

Acérquese el lector a la excelente prosa de Jhumpa Lahiri. Lea primero los relatos de El intérprete del dolor, y la novela El buen nombre (que tiene película). Aviso que Lahiri engancha, y le aseguro que seguirá luego con el resto de sus obras, esperando con impaciencia la siguiente.

Antes de entrar en la sala, Ashima se detuvo en el pasillo. Oyó a su madre: «Le gusta cocinar, y teje muy bien. En menos de una semana hizo esta chaqueta que llevo». Ashima sonrió, divertida por cómo la vendía: había tardado casi un año en terminar la chaqueta, y todavía su madre tuvo que hacer las mangas. Mirando al suelo donde los visitantes solían descalzarse, vio, entre dos pares de sandalias, unos zapatos de hombre que no se parecían a ninguno que hubiera visto en las calles y tranvías y autobuses de Calcuta, ni siquiera en los escaparates de Bata. Eran zapatos marrones, con tacones negros y cordones y pespuntes color marfil. Cada zapato tenía a cada lado una fila de agujeros, tamaño lenteja, y en la punta, un bonito dibujo grabado en la piel como con aguja… Y mientras su madre seguía cantando sus alabanzas, Ashima, abrumada por un impulso repentino, metió los pies en aquellos zapatos. El rastro de sudor que habían dejado los pies del dueño se mezcló con el suyo, acelerándole el corazón; era lo más parecido que hubiera experimentado nunca al roce de un hombre.

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